La Figura de María
La Madre de Jesús ha sido en la historia de la espiritualidad cristiana referencia entrañable e inspiradora en su seguimiento de Cristo. Para que siga cumpliendo esta misión entrañable dentro de la Iglesia, es necesario actualizar su significado a fin de vivir una existencia según el espíritu.
Nuestra reflexión avanzará por los cauces marcados por el Concilio: cuando dice encarecidamente a los teólogos y predicadores que se abstengan con cuidado tanto de toda falsa exageración cuanto de una excesiva mezquindad de alma, al tratar de la singular dignidad de la Madre de Dios; expliquen rectamente los oficios y privilegios de la Santísima Virgen que siempre tienen por fin a Cristo, origen de toda verdad santidad y piedad; en las expresiones o palabras eviten cuidadosamente todo aquello pueda inducir a error a los hermanos separados o cualesquiera otras personas acerca de la doctrina de la Iglesia.
María es ejemplo vivo de que Dios nos salva en Cristo mediante nuestra libre colaboración; es Madre del Salvador singularmente implicada en la obra de su Hijo; la totalmente redimida. Y esta nueva orientación quedó ya reflejada en un párrafo que, como apretada síntesis aparece en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, primer documento del Concilio 1963: La santa Iglesia venera con amor especial a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con lazo indisoluble a la obra salvífica de su Hijo; en ella la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la redención y la contempla gozosamente como una purísima imagen de lo que ella misma toda entera ansía y espera ser.
El Vaticano II ha dejado constancia de los tres rasgos generales que, según los evangelios podemos reconocer en la historia de María.
Es alguien de nuestra raza humana y sometida también a los condicionamientos de la misma: «Hija de Adán, unida a la estirpe de Adán con todos los hombres que necesitan salvación».
Esta mujer recibió el favor de Dios de modo especial: Enriquecida desde el primer instante de su concepción con el esplendor de una santidad enteramente singular, la Virgen nazarena por orden de Dios, es saludada por el ángel de la anunciación, como la llena de gracias.
Como miembro de la Iglesia, la Virgen «avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con el Hijo hasta la cruz. Podríamos analizar detenida y separadamente cada uno de estos tres puntos, pero quizá sea más conveniente ver como en la historia de María se concreta el dinamismo de la vida espiritual cristiana.
La espiritualidad cristiana es fruto del amor de Dios que gratuitamente se nos ofrece y transforma para que entremos íntimamente en un diálogo interpersonal. En el caso de María esta inclinación amante de Dios se manifiesta de modo especial; y así lo dan a entender los evangelios con varias expresiones: «Llena de gracia» (Lucas 1, 28); alguien cercano que interviene en nuestra historia «Mi espíritu se alegra en Dios mi salvador» (Lucas 1, 47).
Celebrada como «Reina de cielos y tierra», María es la mujer sencilla de Nazaret. «Llena de gracia» es la creyente que se fía totalmente de Dios. Las palabras del ángel: «el Espíritu Santo descenderá sobre ti», tienen su reverso en la entrega incondicional de María: «Hágase en mí según tu Palabra». La Madre de Jesús avanzó «en la peregrinación de la fe», y así vivió el encuentro interpersonal de amor con Dios, que llamamos gracia.
La devoción a María en el pueblo cristiano a servido como alimento para la fe, esperanza y amor. La continuidad con esa tradición viva en nuestro contexto exige reflexionar con serenidad y actuar creativamente. Esa devoción del pueblo sencillo es cordial y simbólica; se festeja y se celebra; no se reduce a fríos esquemas sino que se da gracias a un espíritu, el cual debe animar toda las practicas vocacionales que van dirigidas a la Virgen.
En el Vaticano II se sigue defendiendo esta devoción: «la Iglesia venera con amor especial a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María». El Concilio «amonesta a todos los hijos de la Iglesia para que fomenten con generosidad el culto a la Santísima Virgen». Esa devoción tiene su naturaleza y finalidad propia: no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio ni una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa hacia un amor filial hacia nuestra Madre y la imitación de sus virtudes.
María es celebrada de modo especial sencillamente porque ha sido favorecida por Dios y porque ha vivido como discípula primera de Jesús. Por la cercanía de Dios en ella y por su sintonía con el Hijo, la Virgen merece un culto privilegiado; entre todos los santos «ocupa en la Santa Iglesia el lugar
más alto», es miembro excelentísimo de la Iglesia. Unido con lapso indisoluble a la obra salvífica de su Hijo, en María la presencia e intervención de Dios en favor nuestro tiene alcance universal.
Dos sugerencias avalan y explicitan un poco más el significado de esta devoción mariana: siguiendo la conducta de Jesús, los cristianos debemos aceptar la voluntad o querer del Padre. Si creemos que María es «la favorecida de Dios», en ella el Señor ha manifestado su amor de modo especial. La Virgen viene a ser como la tierra santa de Dios. Otra sugerencia, ya desde la confesión católica. Dios podría salvarnos sin la encarnación, o haber creado una humanidad sin la mediación de la mujer pero quiso que la Palabra se hiciera carne y naciera de una mujer llamada María. Esta forma de proceder, remite a una economía general: Dios quiere salvar al hombre por el hombre, contando con su libertad y responsabilidad.
María es ejemplo practico de esa economía o forma de proceder. Su calidad de creyente que dice «Sí» manifiesta ya la sacramentalidad de la Iglesia y el significado teológico de sus mediaciones en la comunidad cristiana. Por ello no podemos amar a la Iglesia sin amar a la Virgen, y la negación de María incluye también la negación de la Iglesia. Por lo tanto, le corresponde a nuestra época el gozo del descubrir la presencia de María en la historia de la salvación y de responder a ello con una actitud de admiración, alabanza y comunión en continuidad con la Palabra de Dios y con la Tradición eclesial. Es tarea de las comunidades eclesiales de hoy no abolir o silenciar el culto a María, sino insertarlo más orgánicamente en el único culto cristiano, renovar sus formas sujetas al desgaste de los tiempos, purificarlo de contaminaciones y darle un nuevo vigor creador. Como todas las relaciones vitales, la relación con María va evolucionando con el ritmo de la historia, en constante fidelidad a la Palabra de Dios y a la exigencia de nuestro tiempo, y sigue manifestando una notable eficacia en orden a la vida espiritual, ofreciendo una «ayuda poderosa para el hombre en camino hacia la conquista de la plenitud».
En el camino del cristiano, la relación con María se impone como un imperativo de la fe, pero también como un elemento de santificación y como estímulo para el compromiso y la esperanza. En efecto, esa relación promueve los objetivos de toda auténtica acción pastoral: liberar del pecado, ayudar a la asimilación de las actitudes evangélicas, sostener el crecimiento en la amistad con Dios.
La vida de comunión con María, exige en primer lugar la superación del propio egoísmo: «Ella, la libre de pecado, conduce a sus hijos a vencer con enérgica determinación el pecado; la historia de las conversiones documenta esta fuerza liberadora de la figura de María.
La llena de gracia, a la que Dios dirigió su mirada amorosa, alienta a los cristianos a «honrar en sí mismos el estado de gracia, esto es, la amistad con Dios, la comunión con él» (MC 57), ha dejarse invadir por la fuerza transformadora de este espíritu para ser artífices, junto con Cristo, hombre nuevo, de la nueva humanidad.
Víctor Sánchez, Manual de Liturgia Celam 2000
