En la epístola a los Romanos leemos estas palabras del Apóstol: Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual (Rm 12, 1). Pero estas palabras, irremediablemente, nos recuerdan a las pronunciadas por Jesús en la última cena: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros». Por ello, cuando san Pablo nos exhorta a ofrecer nuestros cuerpos en sacrificio, es como si dijera: haced también vosotros lo mismo que hizo Jesucristo; haceos también vosotros eucaristía para Dios. Él se ofreció a Dios como sacrificio de suave perfume; ofreceos también vosotros como sacrificio vivo y agradable a Dios.
Pero no sólo es el apóstol Pablo quien nos exhorta a obrar así, sino el mismo Jesús. Cuando Jesucristo, al instituir la eucaristía, dio el mandato: Haced esto en memoria mía (Lc 22, 19), no sólo quería decir: haced exactamente los gestos que yo he hecho, repetid el rito que he realizado; sino que con aquellas palabras quería expresar también lo más importante: hace la esencia de lo que yo he realizado; ofreced vuestro cuerpo en sacrificio como habéis visto que yo he hecho. Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros (Jn 13, 15). Aún más, hay algo todavía más urgente y doloroso en aquel mandato de Jesús. Nosotros somos «su» cuerpo, «sus» miembros (cfr. 1 Co 12, 12ss.); por ello es como si Jesús nos dijera: Permitidme ofrecer al Padre mi propio cuerpo que sois vosotros; no me impidáis ofrecerme a mí mismo al Padre; yo no puedo ofrecerme totalmente al Padre hasta que no haya ni un solo miembro de mi cuerpo que se resista a ser ofrecido conmigo. Completad, pues, lo que le falta a mi ofrenda; haced plena mi alegría.
Miremos, pues, con nuevos ojos el momento de la consagración eucarística, porque ahora sabemos -como decía san Agustín que «sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos». He dicho que para celebrar de verdad la eucaristía es necesario «hacer» también nosotros lo mismo que hizo Jesús. ¿Qué hizo Jesús aquella noche?. Ante todo, realizó un gesto: partió el pan; todos los relatos de la institución resaltan este gesto, tanto es así, que la eucaristía tomó, bien pronto, el nombre de «fracción del pan» (fractio panis). Pero el significado de aquel gesto, quizás, no lo hemos comprendido todavía plenamente. ¿Por qué Jesús partió el pan? ¿Sólo para darle un trozo a cada uno de sus discípulos, es decir, sólo por consideración hacia ellos? Es evidente que no.
Aquel gesto, ante todo, tenía un significado sacrificial que se consumaba entre Jesús y el Padre; no indicaba solamente repartición, sino también inmolación. El pan es el propio Jesús; al partir el pan, se «partía» a sí mismo, en el sentido con el que Isaías había hablado del Siervo de Yahvé: ha sido molido (attritus) por nuestras culpas (cfr. Is 53, 5). Una criatura humana -que, sin embargo, es el mismo Hijo eterno de Dios- se parte a sí mismo ante Dios, es decir, «obedece hasta la muerte» para reafirmar los derechos de Dios violados por el pecado; para proclamar que Dios es Dios y basta. Es imposible explicar con palabras la esencia del acto interior que acompaña a este gesto de partir el pan. A nosotros nos parece un acto duro, cruel, y, en cambio, es el acto supremo de amor y de ternura que nunca antes se había realizado o que pueda llegar a realizarse alguna vez en la tierra. Cuando, en la consagración sostengo entre las manos la frágil hostia, y repito las palabras: «partió el pan...», me parece intuir algo de los sentimientos que, en aquel momento, albergaba el corazón de Jesús: cómo su voluntad humana se entregaba por entero al Padre, venciendo toda resistencia, y repetía para sí las bien conocidas palabras de la Escritura: Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron, pero me has preparado un cuerpo; he aquí que te ofrezco este cuerpo que me has dado: vengo a hacer, oh Dios. tu voluntad (cfr. Hb 10, 5-9). Lo que Jesús da de comer a sus discípulos es el pan de su obediencia y de su amor por el Padre.
Entonces comprendo que para «hacer» también yo lo que hizo Jesús aquella noche, debo ante todo «partirme» a mí mismo, es decir, deponer todo tipo de resistencia ante Dios, toda rebelión hacia él o hacia los hermanos; debo someter mi orgullo, doblegarme y decir «sí» hasta el final, sí a todo aquello que Dios me pide; debo repetir también yo aquellas palabras: ¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad! Tú no quieres muchas cosas de mí; me quieres a mí y yo te digo «sí». Ser eucaristía como Jesús significa estar totalmente abandonado a la voluntad del Padre.
El servicio de los pobres
Pero ha llegado el momento de abordar el punto más importante a propósito del servicio, el que concierne a todos, sacerdotes y laicos, en la Iglesia: el servicio de los pobres. El mismo evangelista Juan, escribe en su primera carta: Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por lo hermanos. Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad (1 Jn 3, 16-18). San Agustín dice que, con estas palabras, «el misterio de esta cena lo expuso con toda claridad el bienaventurado apóstol Juan». Es decir, se trata de algo que, en el pensamiento de san Juan, constituye un aspecto esencial del Missio eucarístico.
Podemos comprender el por qué profundo de todo esto con un simple razonamiento teológico. Jesucristo, cuyo cuerpo y sangre es consagrado, que recibimos y adoramos presente en el Santísimo Sacramento del altar, es, según el dogma de la Iglesia católica, «verdadero Dios y verdadero hombre». Ahora nosotros reconocemos y proclamamos a Jesús «verdadero Dios» mediante la adoración eucarística, de la que ya hemos hablado. Pero, ¿de qué forma y con qué gesto proclamaremos concretamente nuestra fe en Jesús como «verdadero hombre»? Precisamente con el servicio a los pobres y a los que sufren. La adoración expresa, pues, un aspecto esencial del misterio eucarístico, pero no basta por sí solo; es necesario que la adoración vaya unida con el compartir. Aquel que dijo sobre el pan: Esto es mi cuerpo, pronunció estas mismas palabras también de los pobres. Lo hizo cuando hablando de lo que se ha hecho por el hambriento, por el sediento, por el prisionero o por el desnudo, declaró solemnemente: A mí me lo hicisteis; cuando, identificándose completamente con ellos, dijo: Yo tuve hambre, yo tuve sed, yo era forastero, yo estaba desnudo, enfermo encarcelado. (cfr. Mt 25, 35ss).