XIV - Asamblea Nacional de Delegados
Discurso de bienvenida de Monseñor Carlos Sánchez Torres, Director General de la ESPAC
Concluido el año de la Eucaristía que tanto reavivó la fe de la Iglesia en lo referente al:
- mayor conocimiento del Sacrificio que perpetúa el de Cristo en la cruz;
- la reiteración consciente y activa del Memorial de la muerte y resurrección del Señor y a la
- participación en el Banquete sagrado del Cuerpo y la Sangre del Señor.
Llenos, por lo mismo, como nunca de aquel espíritu de comunión que congregó a los Apóstoles junto a María en espera de una nueva moción del Espíritu Santo, nos encontramos, como solemos hacerlo todos los años, ahora en esta querida Diócesis de Girardota, en trance de iniciar las labores de la XIV-Asamblea Nacional de Delegados Diocesanos para la ESPAC.
Para todos mi fraternal saludo. En primer lugar, para el Padre Juan Guillermo Gómez de la Diócesis de Girardota y para la Hermana Sandra Puetate, de la Diócesis de Santa Rosa de Osos, anfitriones generosos de este Encuentro. En ellos saludo también a los queridos catequistas ESPAC de estas dos diócesis y a todas las personas que con ellos han preparado este evento. Mil gracias por su acogida generosa. Saludo muy cordial, en nombre mío y en el de mis inmediatas colaboradoras en la ESPAC, a cada uno y a cada una de los Delegados de las Diócesis aquí representadas. Sé de su esfuerzo por acudir a la cita y admiro y agradezco su dedicación a la causa que nos congrega.
Junto con el gozo de estar aquí y de experimentar una vez más nuestra cercanía, hay sentimientos de preocupación que se entrecruzan en mi mente y que quiero compartir con ustedes. Quizás ningún momento anterior a este fue tan apremiante para la ESPAC como el que ahora vivimos. Estamos pasando por una encrucijada de la que saldremos airosos, de ello estoy seguro; pero no por esto podemos estar tranquilos. De no lograrlo la ESPAC dejaría un vacío difícil de superar en la pastoral en muchas de las Diócesis que siguen nuestro Programa. Me refiero a dos hechos preocupante.
En primer lugar, el ritmo de nuestra marcha denota cierto cansancio dañoso en muchos. No obstante haber sido estudiado y aprobado en las Asambleas de Delegados en Barranquilla, Sincelejo y Pereira, años 2002, 2003 y 2004, se percibe falta de decisión, en algunos debido al hecho de haber pasado de lo que en la Asamblea de Pereira llamábamos el paradigma A, al paradigma B; es decir, de lo que fue la ESPAC desde su origen hasta el momento de adoptar la reestructuración en que estamos empeñados y que vamos recorriendo en este nuevo camino. A tiempo que el paradigma A suscitó tanta simpatía y la adopción de la ESPAC en tantas diócesis, hasta completar la cifra estadística de 11.600 alumnos en 2002, el paradigma B no despega en todas partes con el ritmo proyectado y esperado. Es cierto que todo cambio supone reajustes que aminoran el ritmo en la marcha. Espero que los informes de ustedes despejen mis temores. Por ello, invito a todos a evaluar concienzudamente esta apreciación.
La Dirección General con la Dirección Académica estamos próximas a terminar la redacción de los Módulos de las cuatro etapas. Diríamos que con el Manual del Catequista, al que dedicaremos buena parte de este Encuentro, todo el contenido del Programa estará concluido en los próximos seis meses. Pero está en manos de los Delegados diocesanos hacer que esta semilla germine y produzca frutos.
No podemos perder de vista que la catequesis sigue siendo un gran reto para la Iglesia. Sobre su acción y actualización no puede haber tregua. Nuestro pueblo, en medio de sus angustias, experimenta cada día más la necesidad de una espiritualidad. Y, desafortunadamente la está bebiendo en moldes religiosos no cristianos y totalmente ajenos a nuestra cultura. Por ello, oigo que Cristo nos repite: me da lástima de toda esta gente porque no tiene qué comer. Pienso que hoy más que nunca está en juego la vida de la Iglesia de Colombia: o los fieles son diligentemente acompañados en el proceso de su fe o seguirán siendo presa fácil de quienes continúan anunciando, quizás con mayor diligencia que nosotros, un Cristo sin la Eucaristía y sin la Iglesia.
No pretendo detenerme en las graves implicaciones de esta expresión: sin la Eucaristía y sin la Iglesia; ustedes bien las conocen y el Sínodo de los Obispos que acaba de terminar necesariamente se habrá ocupado de esto; lo veremos cuando dentro de seis meses aparezca publicada la Exhortación Apostólica al respecto. Pero es un hecho doloroso y fácilmente comprobable en nuestros campos de trabajo que nuestro pueblo ya se acostumbró a un cristianismo sin la Eucaristía y sin la Iglesia. ¿Será que no tenemos todavía conciencia del desafío de las sectas ni del influjo demoledor de una sociedad cada vez más secularizada y alejada de los valores del Evangelio?
En segundo lugar, resulta preocupante el ritmo, aún más perezoso, con que marcha el SIRAC. Es cierto que se ha venido superando la dificultad de la carencia de computador y de su conexión a la Internet en muchas Delegaciones. Pero nos queda aún mucho camino por recorrer para que lleguemos a la meta que nos propusimos cuando asumimos esta modalidad de control académico. En esto no podemos retrasarnos a riesgo de tener serias dificultades en el próximo futuro; a riesgo de perder una muy cuantiosa inversión económica y de quedar condenados al sistema que pretendíamos superar de archivos llevados en hojas sueltas y expuestos a desaparecer cuando hay cambio de Delegado.
La ESPAC quiere seguir siendo un apoyo permanentemente actualizado para servir de la mejor manera al primer deber de nuestros Obispos y de sus Presbiterios. Pero, cuánta lucha experimentamos por superar, en el campo de la pastoral, esquemas que hace cuarenta y cuatro años la Iglesia consideró obsoletos. Cuánta lucha por lograr que aquello que el Papa Juan XXIII llamó agiornamento llegue a hacerse realidad. Superar la cultura de cristiandad que ha acompañado a la Iglesia durante 1.500 años y pasar a la pastoral del Vaticano II, es una batalla aún no ganada.
Año 2006. Se cumplirán cuarenta y cuatro años de iniciado el Concilio Vaticano II y todavía no lo hemos asumido en su plenitud. El año 2006 es año de un gran reto para las Iglesias Particulares que han adoptado planes de pastoral ceñidos al proceso de iniciación cristiana y para la ESPAC que acompaña estos procesos. La verdad que para responder adecuadamente a este reto nos hemos venido preparando durante dieciocho años. Pero es necesario que hacia el futuro todos nosotros hablemos el mismo lenguaje, tengamos los mismos criterios y muy vivo nuestro ideal. De aquí la necesidad y la importancia de esta Asamblea.
Nos proponemos dar una mirada retrospectiva a nuestra acción en el año que termina por ver nuestro rendimiento y, a caso, aquello en que hayamos podido fallar para continuar proyectando unánimes nuestra acción ajustados a las orientaciones del Directorio General para la Catequesis.
Por los informes que escucharemos de cada uno de ustedes apreciaremos nuestras fortalezas y nuestras debilidades. Una vez ponderadas y adoptados los criterios para proseguir nuestro camino, propongo tres aspectos a los que debemos atender prioritariamente:
Primero: daremos prioridad al saber hacer en la catequesis, es decir a lo que en adelante llamaremos Manual del Catequista y especialmente frente a los diferentes Planes Diocesanos de Pastoral, sabiendo claramente para dónde vamos y cómo debemos apoyarlos;
Segundo: Nos ocuparemos con suma diligencia del ser humano y espiritual de los coordinadores y de los catequistas en proceso de formación;
Tercero: nos esforzamos por adquirir un conocimiento mayor de nuestro Programa visto a la luz del RICA y del Directorio General para la Catequesis;
Porque después de un largo viaja y a estas horas de la tarde hay cansancio y más temas por tratar, concluyo expresando de nuevo mis agradecimientos para quienes nos han acogido, mis mejores deseos para que cada uno y cada una se sientan a gusto y obtengan el mayor provecho. Que el Espíritu Santo nos conceda prudencia y rectitud y que la Virgen María nos acompañe y nos cubra con su manto maternal.
Himno
Quiero entregarme a los demás cada mañana
llevando siempre la bandera del amor
ser catequista consagrado
pues estarás siempre a mi lado
y tu Palabra me calienta como el sol.
Yo sólo espero en ti Jesús mi roca viva
aclamaré tu nombre por toda la nación
recordaré siempre en mi mente
tu sacrificio, vida y muerte.
y tú promesa de la gran resurrección.
Soy artesano de la Iglesia
de diálogo y de comunión
llevaré siempre tu Palabra donde vaya
de vida eterna y salvación (2)
Hoy que por fin mis ojos pueden ver tu luz
te abro las puertas de mi pobre corazón
lléname siempre de tu aliento
pues solo tú eres alimento
toda mi historia te la ofrezco a ti Señor.
Guíame siempre con tu Espíritu Señor
lenguas de fuego que calientan mi interior
soy tu soldado fiel sirviente
pues me escogiste entre la gente
pon tus palabras en mis labios Redentor.
