XIV - Asamblea Nacional de Delegados
Formación de los catequistas en el contexto de nueva evangelización
Manuel José Jiménez R., Pbro.
Nadie duda acerca de la importancia de la formación de los catequistas. Con mayor razón hoy día, cuando la labor de la catequesis se hace más compleja, que no quiere decir imposible. Significa, más bien, comprenderla como un proceso al interior del proceso global de evangelización, en la dinamicidad y articulación de cada una de sus etapas. Por lo que la formación de los catequistas, digámoslo desde el inicio, es mucho más que formarlos o capacitarlos en la metodología o pasos a seguir en el encuentro catequístico. Ella tiene como objetivo primordial formarlos en el sentido auténtico y propio de la catequesis, de cara a que esta acción educativa, propia de la etapa de acción catecumenal, esté al servicio de la iniciación cristiana integral y se realice además de modo coordinado y articulado con las otras dos etapas del proceso global de evangelización, tanto con la misionera que la precede, como con la pastoral que es su consecuencia.
El Magisterio de la Iglesia, tanto local como universal, se ha expresado de modo recurrente al respecto. Hasta el punto de reconocer en el actual Directorio General para la Catequesis, en un contexto como el de hoy día que exige una seria renovación y revisión de nuestra actual práctica catequística, que cualquier actividad pastoral que no cuente para su realización con personas verdaderamente formadas y preparadas, pone en peligro su calidad (DGC 234). Por lo que hay que darle prioridad a la formación de los catequistas, por encima de la renovación de los textos y de los instrumentos.
Si bien todo esto es cierto y validado por todos, hemos de reconocer también, de acuerdo con el mismo documento, que se trata formar catequistas para las necesidades evangelizadoras de este momento histórico, con sus valores, desafíos y sus sombras Formación, que por otra parte, ha de tener presente el concepto de catequesis que hoy propugna la Iglesia. De modo tal que los catequistas estén en capacidad de desarrollar tareas de iniciación, educación y de enseñanza (DGC 237).
De ahí que en este estudio, tomando como referente algo de lo mucho que se ha escrito últimamente sobre los catequistas y su formación, intentaremos explorar, a partir del concepto de catequesis que hoy propugna la Iglesia y en el que deben ser formados los catequistas, que tipo de formación es la más conveniente para las necesidades evangelizadoras del momento. Pero no sólo eso. Desde una mirada prospectiva, hemos de intentar también adelantarnos al futuro en la medida de lo posible. En otras palabras, tratar de describir el tipo de catequista y su formación del momento y del futuro, de cara a proyectar un tipo de persona y de acción que nos permita salir, hasta donde humanamente pueda ser pensado y realizado, de la encrucijada actual de la catequesis. La cual, no obstante sus aspectos positivos, se encuentra en una situación, no lo decimos nosotros, sino palabras del actual Papa Benedicto XVI hace muchos años, de absoluto fracaso. De este modo, pensando no solo en el catequista que necesitamos para el momento presente, sino también el del futuro, creemos ponernos en sintonía con un documento muy poco estudiado y conocido entre nosotros, porque podemos pensar que es para otro contexto y otras circunstancias, menos para la de nuestros países latinoamericanos, que aunque jóvenes en el fe en Cristo, no son de misión ad gentes, como otros.
Este documento es la Guía para los catequistas, elaborado por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, en donde encontramos elementos de identidad y de formación del catequista. Decimos que nos ponemos en sintonía con él, pues en allí se aborda, tal como lo dice el mismo en la introducción, se tratan de manera sistemática y existencial, los aspectos principales de la vocación, la identidad, la espiritualidad, la elección, la formación, las tareas misioneras y pastorales y la responsabilidad del pueblo de Dios hacia los catequistas, en la situación actual y en perspectiva de futuro. Futuro que, hemos de reconocerlo, tendrá cada vez más un talante misionero. Futuro que exigirá de nosotros una seria y auténtica conversión pastoral, que nos permita actuar de modo más acorde con el nuevo paradigma de la evangelización, que por lo demás no es tan nuevo, lo que pasa es que lo olvidamos, que es el de la misión ad gentes, en la que toda la catequesis (pre y posbautismal) ha de asumir el modelo del catecumenado antiguo en toda su riqueza (DGC 59).
1. Identidad de la catequesis.
Los catequistas, lo pide el Directorio, han de ser formados en el concepto de catequesis que hoy propugna la Iglesia. Concepto que no sólo determina la identidad misma de la catequesis, sino la del catequista que hemos de formar. De ahí, la importancia de ahondar en primera instancia en dicha concepción de catequesis contenida y enseñada por el actual Directorio para la Catequesis. Más aún, si comprendemos que, precisamente, el mayor problema de la catequesis hoy día es el relacionado con la concepción de la catequesis que como escuela de fe, como aprendizaje y entrenamiento de toda la vida cristiana, concepción que no ha penetrado plenamente en la conciencia de los catequistas (DGC 30). Tan importante es el concepto, como lo afirma de nuevo el Directorio, que únicamente si desde el principio se entiende con rectitud la naturaleza y los fines de la catequesis, podrán evitarse defectos y errores en materia catequética (DGC 9).
El documento en cuestión dedica toda su primera parte al estudio cuidadoso de la naturaleza, identidad, finalidad y tareas de la catequesis. Luego de un rápido repaso de los conceptos Revelación y Evangelización, apoyado en el Magisterio reciente de la Iglesia al respecto, nos va a decir que lo propio y específico de la catequesis, es decir aquello que corresponde a su naturaleza y que le da su identidad, es de servir de itinerario educativo integral al proceso de iniciación cristiana. De hecho, afirma: La catequesis es elemento fundamental de la iniciación cristiana y está estrechamente vinculada a los sacramentos de iniciación, especialmente al bautismo (DGC 66).
Por otra parte, y de cara a ahondar en lo específico de este concepto, y a partir de una comprensión global y dinámica del proceso evangelizador, nos va decir que la catequesis es tanto una etapa de ese proceso como una función del ministerio de la palabra, pero que siempre ha de estar en coordinación tanto con las otras etapas como con las otras funciones. Y lo propio y específico de la catequesis en estas etapas y en esas funciones es la estar al servicio de la iniciación cristiana integral. Y ello lo dice a partir de la comprensión de la catequesis como momento esencial del proceso evangelizador. Lo que significa, que hay acciones que preparan a la catequesis y acciones que emanan de la catequesis.
De hecho, recordémoslo, el proceso evangelizador está estructurado en las siguientes etapas o momentos: a) la acción misionera para los no creyentes y para los que viven en la indiferencia religiosa; b) la acción catequético iniciatoria para los que optan por el Evangelio y para los que necesitan completar o reestructurar su iniciación; c) y la etapa pastoral para los fieles cristianos ya maduros, en el seno de la comunidad cristiana. Como se nota, el momento de la catequesis, distinto y complementario con los otros dos que le preceden y emanan de ella, es el que corresponde al período en que se estructura la conversión a Jesucristo, dando una fundamentación a esa primera adhesión. Hasta el punto que los convertidos, mediante una enseñanza y aprendizaje convenientemente prolongado de toda la vida cristiana, son iniciados en el misterio de la salvación y en el estilo de vida propio del Evangelio. Se trata en efecto, de iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana (DGC 63). La catequesis de iniciación es, así, el eslabón necesario entre la acción misionera, que llama a la fe, y la acción pastoral, que alimenta constantemente a la comunidad cristiana. Sin ella la acción misionera no tendría continuidad y sería infecunda. Sin ella la acción pastoral no tendría raíces y sería superficial y confusa (DGC 64).
El hecho de ser momento esencial del proceso evangelizador, al servicio de la iniciación cristiana, confiere a la catequesis las siguientes características: a) es una formación orgánica y sistemática de la fe; b) es más que una enseñanza, es un aprendizaje de toda la vida cristiana, una iniciación cristiana integral; y c) es una formación básica y esencial, centrada en lo nuclear de la experiencia cristiana, en las certezas básicas de la fe y en los valores evangélicos fundamentales. De este modo la catequesis pone los cimientos del edificio espiritual del cristiano, alimenta las raíces de su vida de fe, capacitándole para recibir el posterior alimento sólido en la vida ordinaria de la vida cristiana (DGC 67). La catequesis de iniciación, por ser orgánica y sistemática, no se reduce a lo meramente circunstancial y ocasional. Por ser iniciación, incorpora a la comunidad que vive, celebra y testimonia la fe.
Hasta aquí lo dicho por el Directorio acerca de la catequesis como momento u etapa, la segunda del proceso evangelizador, al servicio de la iniciación cristiana integral. Si nos detenemos ahora a considerar la catequesis como una función o forma del ministerio de la palabra nos daremos cuenta que su naturaleza e identidad es la misma: realizar la función de iniciación. En efecto, las principales formas o funciones del ministerio de la palabra son las siguientes: a) convocatoria y llamado a la fe por medio del primer anuncio; b) función de iniciación; c) la educación permanente en la fe; d) función litúrgica; e) función teológica. La función de iniciación, la Iglesia la realiza fundamentalmente por medio de la catequesis, en íntima conexión con los sacramentos de iniciación, tanto si van a ser recibidos como si ya se han recibido. Formas importantes suyas son: la catequesis de adultos bautizados que desean volver a la fe, o de los que necesitan completar su iniciación; la catequesis de niños y jóvenes, que tiene de por sí un carácter iniciatorio.
Características específicas de la catequesis de iniciación, y que le confieren igualmente su naturaleza e identidad, son: a) es una formación orgánica y sistemática de la fe. Por eso no se reduce a lo meramente circunstancial u ocasional. Por el contrario, ha de pensarse como un itinerario o proceso formativo intensivo, integral, gradual y por etapas bien definidas, a modo de un verdadero catecumenado. Es decir, toda catequesis ha de ser vista como una verdadera escuela preparatoria de toda la vida cristiana; b) Es un aprendizaje de toda la vida cristiana, una iniciación cristiana integral. De modo tal que las tareas de la catequesis corresponden a la educación de las diferentes dimensiones de la fe. Fe, que en virtud de su misma dinámica interna, pide ser conocida, celebrada, vivida, hecha oración, vivida en comunidad y anunciada en la misión. De modo tal, que tareas de la catequesis son propiciar el conocimiento de la fe, la educación litúrgica y sacramental, la formación moral y de la conciencia, enseñar a orar, iniciación, educación y vivencia de la vida comunitaria, e iniciación para la misión. Así, la catequesis educa la fe en su doble dimensión, de fides qua (como adhesión a Dios que se revela, la fe como acto de entrega a la palabra y acto de confianza), y de fides quae (como contenido de la revelación y del mensaje evangélico, la fe como empeño por conocer cada vez mejor el sentido profundo de esa palabra).
2. Repercusiones para la formación de los catequistas.
Salta a la vista un primer principio, que servirá de base de todo lo demás. Y es este: el catequista ha de configurarse e identificarse con el carácter o la naturaleza propia de la catequesis descrita en el numeral anterior. En otras palabras, su identidad como catequista depende de su identificación con la identidad de la catequesis. De modo tal que ser catequista es distinto de ser misionero del primer anuncio entre los no creyentes. Tampoco hay que confundirlo con el animador permanente de una comunidad cristiana. Ser catequista no es lo mismo que ser profesor de religión en colegio o dirigente de un grupo apostólico. La tarea del catequista en la Iglesia tiene su propia especificidad (
). Por ser la catequesis una iniciación a la vida cristiana, el catequista se caracteriza por desarrollar un proceso de fundamentación básica de la fe (
) La tarea propia del catequista consiste en poner los fundamentos de la fe en todo aquel que se ha visto cautivado por el evangelio (
) El catequista, es por tanto, un formador de base que facilita la educación de los fundamentos de la fe (
) El catequista se centra, en la transmisión de aquellas certezas sencillas pro sólidas de la fe, en la educación de los valores evangélicos más fundamentales (
) El catequista, en consecuencia, no es un especialista en un determinado aspecto del cristianismo, sino un iniciador en todas las dimensiones o aspectos de la fe (
) Aquí reside toda la grandeza del catequista. Otros agentes educativos vendrán después a construir sobre su labor.
Evitando la confusión de planos en el proceso evangelizador, hemos dicho, siguiendo al Directorio General para la Catequesis, que la catequesis es iniciación, y ahora destacamos, como lo hacen hoy día muchos, que el catequista es un iniciador, un formador o educador integral de base, de lo común. Y esta forma de entender, ha de incidir naturalmente en su formación. Sin entrar en la distinción lógica y valida que hace el Directorio acerca de las tres dimensiones que ha de abarcar la formación de los catequistas, ser, saber y saber hacer, pero si teniéndolas como telón de fondo, el esfuerzo que sigue consiste en desentrañar del mismo Directorio y de otros documentos del magisterio, así como de estudios sobre la catequesis, algunas consecuencias ha tener en consideración cuando se piense en la formación de los catequistas para el presente y el futuro.
2.1. Se necesitan catequistas de una clara identidad cristiana y eclesial.
Varios hechos queremos destacar con esta primera afirmación, que también ha de ser entendida como un objetivo educativo de todo proceso formativo. En primer lugar, tal como lo señalan algunos, el catequista debe encarnar y hacer visible el nuevo modelo de creyente adulto en una Iglesia adulta. Tarea esta, que corresponde a la formación del ser del catequista, que en palabras del Directorio, ha de ayudar al catequista a madurar como persona, como creyente y como apóstol (DGC 239). Lo que plantea que la formación de los catequistas se oriente, apoyada en la formación de base recibida por este en su propio proceso de iniciación cristiana, la formación de la fe adulta del catequista. De modo tal que, al mismo tiempo, el catequista de hoy recupere la figura propia del catequista de catecúmenos, en la que el catequista era el cristiano adulto encargado de acompañarlos en su proceso de iniciación cristiana.
En segundo lugar, busca señalar que el catequista ha de ser un creyente conveniente y auténticamente iniciado. Es decir, que educativamente haya alcanzado la finalidad de la catequesis: una fe viva, explícita y operante. Y es que no puede ser de otro modo, pues si la tarea del catequista es la de ser iniciador de otros, el ha de haber vivido un verdadero proceso de iniciación integral al interior de un catecumenado en su propia comunidad. Ahora bien, si esta iniciación no se ha dado convenientemente como es el caso más común entre nosotros hoy día, es necesario que quienes deseen ser catequistas, algo que de por sí suena paradójico si entendemos que el ser catequista es una vocación propia de la etapa de acción pastoral y de madurez, , es aconsejable que participen en un proceso de tipo catecumenal para jóvenes y adultos. Puede ser el proceso ordinario de la propia comunidad o uno creado expresamente para ellos (DGC 246). Proceso que ha de llevarse antes o previamente a la formación para catequista propiamente dicha.
En tercer lugar, señala una exigencia educativa del momento, caracterizado por la situación de pluralismo y complejidad. Situación que atenta contra la identidad cristiana debilitándola y/o amenazándola. Pues de hecho, frente a la actual situación de creyentes poco maduros, o creyentes sin personalidad, creyentes de una religiosidad a la carta, la catequesis hoy día ha de tener como objetivo educar a los creyentes en el sentido de su identidad como bautizados, de creyentes y miembros de la Iglesia, abiertos y en diálogo con el mundo (DGC 194). Objetivo que ha de aplicarse también a la formación de los catequistas en su dimensión del ser. Evitando, claro está, que esta formación en una clara y madura identidad, no conduzca a nuevas formas de fanatismo, fundamentalismo e intolerancia. Por el contrario, se ha de formar una identidad plena de convicciones, pero al mismo tiempo flexible, es decir, abierta a la riqueza de la diferencia. En otros términos, se ha de educar a una identidad radical pero abierta y flexible. Pues de este modo el catequista podrá vivir y cumplir su tarea educativa en medio del actual contexto de pluralismo y de interculturalidad, abierto al diálogo intrarreligioso, interreligioso y ecuménico.
2.2. Se necesitan catequistas que piensen de modo complejo.
Para el buen funcionamiento de la pastoral de los catequistas, señala el Directorio, que se ha de coordinar a los catequistas con los demás agentes de pastoral en las comunidades cristianas, a fin de que la acción evangelizadora global sea coherente y el grupo de catequistas no quede aislado de la vida de la comunidad (DGC 233). Tan importante es esto, que cuando habla de las tareas del presbítero en la catequesis, más en concreto del párroco, subraya que una de ellas consiste en integrar la acción catequética en el proyecto evangelizador de la comunidad y cuidar, en particular, el vínculo entre catequesis, sacramentos y liturgia y garantizar la vinculación de la catequesis de su comunidad con los planes pastorales diocesanos, ayudando a los catequistas a ser cooperadores activos de un proyecto diocesano común (DGC 225).
El Directorio subraya esto porque considera que la necesaria coordinación de la catequesis, tanto en su mismo interior como con las otras formas del ministerio de la palabra y las otras etapas del proceso evangelizador, no es un asunto meramente estratégico, en orden a una mayor eficacia de la acción evangelizadora, sino porque es, ante todo, una cuestión teológica (DGC 272). Cuestión en la que esta a la base el concepto pleno, global e integral de evangelización en el que han de ser formado los catequistas, y todos los agentes de pastoral en general (DGC 46). Lo que implica, no reducir la evangelización a uno de sus componentes o una de sus etapas. Por el contrario, se ha de considerar siempre su riqueza, dinámica y complejidad. Y esto lo que queremos decir con la afirmación se necesitan catequistas con pensamiento compeljo, es decir, catequistas que han sido formados en la rica complejidad del proceso evangelizador, catequistas que identifican lo propio de cada una de sus etapas (misionera, catecumenal y pastoral), los medios educativos que les corresponden a cada una de ellas, sus destinatarios, sus propósitos y el modo como se implican y relacionan mutuamente. En otras palabras, han de comprender cuáles son las acciones que preparan a la catequesis (en el ministerio de la palabra es la acción de primer anuncio) y cuales las acciones que emanan de ella (en el ministerio de la palabra todas las formas posibles de educación permanente en la fe, en la que destaca la homilía). Pero particularmente, han de conocer lo propio y especifico del proceso de iniciación cristiana, y la tarea de la catequesis al interior del mismo, así como el vínculo de esta con los sacramentos de iniciación. Así como han de ser formados en la concepción de que la catequesis de iniciación es el eslabón necesario entre la acción misionera, que llama a la fe, y la acción pastoral, que alimenta constantemente a la comunidad cristiana (DGC 64). En últimas, de acuerdo con lo dicho acerca de que han de ser formados en el concepto de catequesis que hoy propugna la Iglesia, los catequistas han de comprender la catequesis como un proceso al servicio del proceso de iniciación cristiana, dentro de un proceso, el evangelizador en sus tres etapas: misionera, catecumenal y pastoral.
A partir de esta comprensión y de la formación en este modo de pensar más complejo y dinámico, los catequistas adquirirán la capacidad de llevar a cabo lo pide el Directorio acerca de la coordinación de la catequesis en su interior y de la catequesis con las demás etapas de la evangelización, en la que el vinculo con la acción misionera es decisiva hoy día, en los términos que tendremos ocasión de decirlo más adelante. Todo ello nos permitirá superar un mirada simple de la catequesis y adquirir una mirada compleja, no complicada, de la misma. Simple, en el sentido que no percibe las relaciones y vínculos de ella con las etapas del proceso evangelizador y formas del ministerio de la palabra. Simple, porque no ha sido capaz de superar la desarticulación en la que se encuentran hoy día las catequesis presacramentales de los sacramentos de iniciación. Tan simple, que llega a pensar que la renovación de la catequesis es simplemente intentar salvar cada catequesis presacramental de modo aislado y desarticulado, olvidando que lo que necesitamos replantearnos es todo el proceso de hacernos cristianos, proceso que esta en crisis.
3. Concepto amplio de catequesis.
Lo propio de la catequesis es estar al servicio de la iniciación cristiana. A la comprensión de este concepto y a la descripción de algunas de sus repercusiones en la formación de los catequistas nos dedicamos en los aparatados anteriores, a partir de un principio señalado por el mismo Directorio General para la Catequesis: Los catequistas han de ser formados en el concepto de catequesis que hoy propugna la Iglesia.
Ahora damos un paso más adelante. Y tomamos como punto de partida la otra exigencia marcada por el Directorio para la formación de los catequistas: formar catequistas para las necesidades evangelizadoras del momento. En la que una primera necesidad es la renovación de los procesos de iniciación cristiana, pues es un hecho que están en crisis y grave. Entendiendo por renovación no la simple renovación de cada catequesis presacramental de modo aislado, sino la necesaria renovación y replanteamiento de todo el proceso de hacer cristianos. Lo que pide también que los catequistas, además de conocer los elementos que componen la iniciación cristiana, sean formados igualmente en la comprensión de los factores sociales, culturales, religiosos y teológicos que han llevado a tomar hoy día conciencia renovada de la iniciación cristiana. De cara a que ellos comprendan por qué es un problema y qué tipo de problema es la iniciación cristiana. Pues de este modo, se les ayudará los catequistas a tomar conciencia y a adquirir la competencia, frente a la necesaria renovación de la catequesis en el actual contexto de nueva evangelización.
Por otra parte, los catequistas han de ser formados en los conceptos amplios de la catequesis que son consecuencia y necesidad de este mismo contexto. Decimos que son conceptos amplios, porque no son propios de la catequesis. Son conceptos que surgen por el contexto, que pide que la catequesis cumpla y/o supla tareas de la acción misionera y de la etapa de la acción pastoral. Es decir, contexto que pide que la catequesis se amplié hacia atrás y hacia delante, realizando tareas más amplias que estar al servicio de la iniciación cristiana. Resumiendo estos conceptos, son dos: catequesis misionera y catequesis como educación permanente.
3.1. Catequesis misionera.
Para el Directorio la relación entre primer anuncio y catequesis es una relación de distinción en la complementariedad. El primero se dirige a los no creyentes y a los que, de hecho, viven en la diferencia religiosa. Asume la función de anunciar el evangelio y llamar a la conversión. La catequesis, distinta del primer anuncio, promueve y hace madurar esta conversión inicial, educando en la fe al convertido e incorporándolo a la comunidad cristiana (DGC 61). En la práctica pastoral, sin embargo, las fronteras entre ambas acciones no son fácilmente delimitables. Frecuentemente, las personas que acceden a la catequesis necesitan, de hecho, una verdadera conversión. Por eso, la Iglesia desea que, ordinariamente, una primera etapa del proceso catequizador esté dedicada a asegurar la conversión (DGC 62). Y esto es lo que se conoce como catequesis de talante misionero o catequesis misionera, diferente a la acción de primer anuncio y no la ha de suplantar. Pues de hecho, la constatación de que la acción misionera y la acción catequética caminen juntas en muchas ocasiones no significa que deban confundirse en sí, perdiendo de esta manera la singularidad específica.
Se ha definido la catequesis misionera como aquella forma de catequesis que se dirige a los cristianos bautizados que, aunque vinculados a la Iglesia mediante cerca práctica religiosa, están necesitados de conversión inicial. Se distingue de la catequesis en sentido propio, así como del primer anuncio, en sentido estricto, pues éste se dirige a los que se sienten desvinculados de la Iglesia o han perdido la fe.
Su necesidad surge del hecho de que en nuestra actual práctica pastoral no educamos la conversión o la damos por supuesta. Es decir, es un hecho que nuestra catequesis no es consecuencia del anuncio misionero. No se han tenido suficientemente en cuenta los caminos hacia la fe y en la fe; el que va de la no fe hacia la fe madura o el que va de la fe religiosa a la fe cristiana confesada y testimoniada o el que va de la fe-hábito-recibida en el bautismo hacia la fe personalizada como acto libre y decisión fundada. Se ha olvidado que todo ello pasa por el umbral de la conversión. Y cuando falla la conversión, es decir cuando no se da o no se ha dado y, sin embargo se da por supuesta o se le sigue suponiendo, las consecuencias son lamentables. De ahí la pregunta que acompañó el esfuerzo de reflexión del CELAM desde su departamento de catequesis y sobre la cual giraron los encuentros regionales del año pasado: ¿cuáles son las consecuencias de la ausencia o vacío del anuncio misionero sobre la pastoral y la catequesis? De ahí también, que hemos de reconocer que la finalidad de la catequesis misionera es la conversión. El término de esta catequesis es el encuentro con Cristo y la decisión global por El y por su causa y la adhesión personal a El, sin la que una persona es imposible que se pueda considerar verdaderamente cristiana.
3.2. Evangelizar la posmodernidad.
Lo dicho, implica serias y novedosas consecuencias para la formación de los catequistas. Todas ellas brotan de un principio recordado y subrayado ampliamente por el Directorio General para la Catequesis: La situación actual de la evangelización postula que las dos acciones, el anuncio misionero y la catequesis de iniciación, se conciban coordinadamente y se ofrezcan, en la Iglesia particular, mediante un proyecto evangelizador misionero y catecumenal unitario. Hoy la catequesis debe ser vista, ante todo, como la consecuencia de un anuncio misionero eficaz (DGC 277).
Esta situación actual a la que hace referencia el Directorio, es a la situación de nueva evangelización. Situación, a la que además, han de ser formados los catequistas, si recordamos lo dicho por el mismo documento como uno de los criterios de formación de los catequistas hoy: Se trata de formar a los catequistas para las necesidades evangelizadoras de este momento histórico, con sus valores, sus desafíos y sus sombras (DGC 237). De ahí, primera consecuencia de todo esto, la necesidad de que los catequistas sean formados en el conocimiento y discernimiento de este momento histórico, evitando toda mirada de añoranza al pasado o de regreso al mismo, sino favoreciendo, más bien, una mirada desde la fe de la situación actual. En términos de algunos estudiosos de la posmodernidad como desafío evangelizador para América Latina, habrían de ser formados en y desde las siguientes actitudes: a) actitud evangelizadora, es decir, que vaya con intención de salvar, de liberar, no de discutir, ni de rechazar de plano, tampoco de anatematizar al hombre posmoderno; b) actitud no temerosa o acomplejada ante lo posmoderno, lo que llevaría a condenarlo, a huir y a callar, al no sentirse capaz de dialogar con el hombre posmoderno; c) actitud abierta a los espacios de la posmodernidad; d) actitud de confianza y de esperanza en el hombre posmoderno, especialmente en la juventud para hacer una Iglesia nueva y auténtica; e) actitud no amenazadora con anatemas sino por el contrario comprensiva, con la intención de transformar la sensación común de una Iglesia intolerante e intolerable, intransigente e inhumana, de hoy; f) actitud comprensiva o de conciencia amplia ante el hombre posmoderno, a quien de entrada no debe juzgar; y g) actitud conocedora y amante de la cultura posmoderna latinoamericana, porque la estudia y la comprende, particularmente aquella sabiduría popular de nuestro pueblo.
3.3. Comprensión adecuada de lo que significa nueva evangelización.
Afirma Emilio Alberich en un pequeño escrito suyo: La nueva evangelización está de moda. Ha llegado ha ser el objetivo pastoral prioritario en campañas eclesiales y programaciones de todo tipo, y por todas partes se proclama su urgencia, su actualidad. Es el imperativo pastoral del momento, la tarea eclesial que parece imponerse en los albores del segundo milenio de nuestra era. Pero no todos conciben la nueva evangelización de la misma manera, ni comparten siempre de igual modo el entusiasmo ante la anunciada cruzada. Quizá, entre otras razones, porque la expresión nueva evangelización puede ser entendida en algunos sentidos discutibles.
De hecho, valdría la pena preguntarnos, en primera instancia que entendemos nosotros y los dedicados a la formación de los catequistas y a la promoción de sus vocaciones, por nueva evangelización. No sea que estemos dándole un nombre a algo que en verdad no lo es. No sea que por una mala comprensión de la misma o limitada, lleguemos al extremo inapropiado de no estar formando catequistas para las necesidades evangelizadoras del momento, sino para un contexto que no existe más y que no volverá jamás. Razón por la cual la catequesis nada que se renueva, nada que cambia, en últimas, nada de nada.
Preguntémonos: ¿Dónde esta lo específico de la nueva evangelización? ¿De dónde proviene su novedad? La respuesta para muchos es clara: de la cultura de hoy, del actual contexto en el que se ha de desarrollar la tarea evangelizadora. Lo que significa que en el contexto de hoy, que algunos llaman de secularización, totalmente diferente al contexto superado de cristiandad, la transmisión de la fe no sólo se ha hecho más difícil, sino que además ha de asumir una lógica nueva. Gevaert expresa lo anterior magníficamente en los siguientes términos: Ante la profunda crisis de transmisión de la fe a una generación nueva de cristianos, es necesario plantear la evangelización de un modo diverso o nuevo (nueva evangelización). En el mundo occidental no se puede continuar evangelizando como si todavía estuviésemos en una sociedad cristiana, usando procedimientos de transmisión de la fe que eran válidos sobre todo en aquella sociedad. El contexto social y cultural de la transmisión de la fe en el mundo occidental ha cambiado profundamente (mundo secularizado, pluralista, descristianizado, indiferente
). Se trata de un contexto misionero sustancialmente nuevo para la evangelización; en el curso de la historia de la Iglesia no se había presentado todavía en estas proporciones. Está caracterizado por restos de cristianismo, que pueden ser un punto de enganche y que a veces son obstáculo- para la nueva evangelización. Se requerirá un esfuerzo colectivo de reflexión para descubrir cómo se puede evangelizar a estos nuevos paganos.
En últimas, sin entrar en detalles sobre los elementos que caracterizan este nuevo contexto, la realidad ha hecho que hoy sea casi imposible (y diríamos hasta inútil) hacer la diferenciación entre comunidades que se encuentran en un contexto misionero y otras que no lo están. Tanto así, que para el caso que nos ocupa del Continente Latinoamericano, no faltan las reflexiones en torno al contexto de nuevo evangelización entre nosotros, como el caso de la Conferencia de Santo Domingo centrada en este tema. En otras palabras, si bien con connotaciones particulares, hemos de reconocer que el nuestro es también un contexto misionero, y los catequistas han de ser formados en lo que significa ese nuevo contexto, así como en las dificultades y posibilidades que trae consigo para la evangelización, la catequesis y para la renovación de los procesos de iniciación cristiana. Es más, es en este nuevo contexto donde de un modo inusitado ha surgido de nuevo la pregunta sobre la iniciación cristiana, pues en otros contextos como el de cristiandad, dicha pregunta no se hacía o no era relevante. Digamos entonces que el catequista ha de ser formado en la comprensión adecuada porque en este contexto es un problema y qué clase de problema es la iniciación cristiana. No sea que piense él que es suficiente con intentar salvar las catequesis presacramentales de modo aislado y desarticulado, sin percibir que el problema de fondo tiene que ver la renovación y replanteamiento de todo el proceso de iniciación cristiana.
3.4. La catequesis en este contexto.
A este respecto el Directorio es bien claro y explícito: Hoy la catequesis debe ser vista, ante todo, como la consecuencia de un anuncio misionero eficaz (DGC 277). Pues, como dice en otro momento, sólo a partir de la conversión, y contando con la actitud interior de el que crea, la catequesis propiamente dicha podrá desarrollar su tarea específica de educación de la fe (DGC 62).
Lo anterior exige de parte nuestra un cambio de paradigma tanto en la catequesis como en la formación de los catequistas. Pues hemos de empezar a ver, comprender y hacer la catequesis más unida a la acción misionera que a la etapa de la acción pastoral. Si no hacemos este cambio, la catequesis a lo mucho seguirá cumpliendo tareas de instrucción y de preparación presacramental. Pero no su tarea propia de acompañar los procesos de iniciación cristiana. El problema es que este cambio de paradigma no es tarea fácil. Estamos tan acostumbrados a ver la catequesis como parte de la acción pastoral (tercera etapa del proceso evangelizador), que nos es difícil comprender aún que ella va más de la mano de la etapa de acción misionera. Por eso decíamos desde el inicio de nuestras reflexiones que deberíamos de ahora en adelante acudir más al documento elaborado por la Congregación para la evangelización de los pueblos acerca de la formación y promoción de los catequistas en tierras de misión, y apropiárnoslo más a nuestras realidades. Pero lastimosamente hemos de constatar que es un documento poco conocido, citado y estudiado. Como si tuviera que ver con otros contextos. Como si aún mantuviéramos la distinción entre comunidades en tierras de misión y comunidades en tierras de cristiandad.
En dicho documento se nos dicen varias cosas. Primero, que en los contextos misioneros la vocación del catequista es específica. Es decir, aunque suene como repetitivo, la vocación del catequista esta reservada para la catequesis, para la iniciación cristiana. Pero, al mismo tiempo, luego de que ha reconocido está especificidad de la catequesis y del catequista, señala que su acción la desarrolla en relación y coordinación con la acción misionera, a modo de cómo se hacía en el antiguo catecumenado. Tan importante es esto, que incluso afirma: teniendo en cuenta el nuevo impulso dado a la misión ad gentes, el futuro del catequista en las iglesias jóvenes se caracterizará, ciertamente, por el celo misionero. El catequista, por tanto, se deberá calificar cada vez más como un apóstol laico de frontera. En el futuro deberá seguir distinguiéndose, como en el pasado, por su eficacia insustituible en la actividad misionera ad gentes. En otras palabras, la acción del catequista en el actual contexto se complejisa, que no es lo mismo que se complica. Pues ha de estar en capacidad de cumplir con la tarea de ser iniciador de otros, pero también ha de estar en capacidad de realizar tareas de animación misionera.
3.5. Formar catequistas con una seria sensibilidad misionera.
Consecuencia de lo que venimos diciendo es la necesidad de formar catequistas con una amplia sensibilidad misionera. Catequistas que no dan por supuesto el anuncio misionero. Catequistas igualmente preocupados por la conversión al Señor de muchos bautizados. Sensibilidad que obedece, de acuerdo con lo señalado, al contexto actual de nueva evangelización: En este sentido, la vinculación entre el anuncio misionero, que trata de suscitar la fe, y la catequesis de iniciación, que busca fundamentarla es decisiva en la evangelización. De algún modo, esta coordinación es más clara en la situación de la misión ad gentes. Los adultos convertidos por el primer anuncio ingresan en el catecumenado, donde son catequizados. En la situación que requiere la nueva evangelización, la coordinación se hace más compleja, puesto que, a veces, se pretende impartir una catequesis ordinaria a jóvenes y adultos que necesitan, antes, un tiempo de anuncio en orden a despertar su adhesión a Jesucristo. Problemas similares se presentan en relación a la catequesis de niños y la formación de los padres (DGC 276).
Hablar de sensibilidad misionera en los catequistas significa que ellos conocen y han sido formados en los problemas relacionados con la iniciación cristiana, en donde problema de base para el adecuado desarrollo de estos procesos iniciatorios, es la ausencia o vacío del primer anuncio. De ahí que la formación ha de orientarse, como lo señala el documento acerca de los catequistas en territorios de misión, a que ellos tengan un marcado espíritu misionero, para que se hagan mismos animadores misioneros de sus respectivas comunidades y estén dispuestos, a anunciar el evangelio y construir nuevas comunidades eclesiales. De ahí que han de ser iniciados no sólo en la enseñanza de la catequesis, sino también en todas aquellas actividades que forman parte del primer anuncio y de la vida de la comunidad eclesial.
Como decíamos antes al hablar del contexto de nueva evangelización, esta nueva situación requiere no sólo la renovación de los procesos de iniciación cristiana en su globalidad, sino que además, y por sobre todo, que pongamos ahora el centro de gravedad en lo que se considera el quicio de la evangelización: la predicación del Evangelio en vistas a la fe en Jesucristo, lo que se conoce como primera evangelización o primer anuncio. Cambio que no nos pide que abandonemos la catequesis, sino que la pensamos de modo distinto, como consecuencia de un anuncio misionero eficaz. Lo que explica, a su vez, la urgencia de formación de los catequistas con sensibilidad misionera, con conocimiento de la dinámica propia de la primera etapa del proceso evangelizador, llamado etapa de acción misionera.
En este sentido, varios aspectos han de ser destacados. Primero, los catequistas han de identificar el modo de comprender la misión en un contexto como el de hoy, donde por razones diversas, especialmente culturales, dicha tarea es menospreciada y hasta considerada sin sentido, particularmente al interior del debate de la relación del cristianismo con las otras religiones, argumentos pensados por el magisterio de la Iglesia en documentos claves como Redemtoris missio y Domine Iesus. Consecuencia de ello, es también la necesaria formación al sentido ecuménico y al sentido del dialogo interreligioso. Diálogo que de acuerdo con la enseñanza del magisterio, no dispensa ni sustituye para nada el anuncio. Dialogo y anuncio deben más bien conjugarse y complementarse. Íntimamente ligados no deben identificarse, ni son intercambiables. Son momentos internos de la misma realidad: la evangelización. Por consiguiente, siguiendo las indicaciones del documento acerca de la formación del catequista en tierras de misión, la actividad de formación deberá ayudar al catequista a afinar su sensibilidad misionera, y capacitarlo a descubrir y aprovechar todas las situaciones favorables del primer anuncio. Recordando el pensamiento ya citado de Juan Pablo II, cuando los catequistas se forman bien en el espíritu misionero se hacen animadores misioneros de su propia comunidad e impulsan fuertemente la evangelización de los no cristianos.
En segundo lugar, han de conocer la dinámica interna de esa acción de la etapa misionera llamada primer anuncio que es diferente y complementaria de la catequesis. Pues las lógicas de cada una de estas funciones, la de convocatoria y llamado (primer anuncio) y la de iniciación son diferentes, lo que las hace también diferentes en sus métodos y lenguajes. Y que al confundirlas, podemos vernos abocados al fracaso, tal como lo señala con certeza de nuevo Gevaert: Para la transmisión de la fe, es hoy muy importante reconocer las finalidades propias y la lógica diversa de esta forma de evangelización que se topa con el no cristiano y le allana el camino para que pueda entrar en la fe cristiana. El problema de fondo de la evangelización misionera o de la primera evangelización consiste precisamente en la apertura a la fe, en el descubrimiento, en la elección de la fe cristiana. La lógica que regula la primera evangelización es diversa de la que rige la formación catequística de quienes ya están adheridos a la fe y a Jesucristo. Transferir los métodos y procedimientos catequísticos, practicados durante siglos en el contacto con personas que ya son cristianas, y querer aplicarlos a personas que no conocen o que están lejos de él, o que no tienen fe, significa exponerlos al fracaso. En esta situación se encuentran muchos catequistas y enseñantes de religión.
Y, en tercer lugar, han de ser formados en la comprensión y en la dinámica propia de lo que se conoce como catequesis misionera, que aunque supla vacíos de la acción misionera, no la suprime ni la elimina. Por el contrario, como lo afirma el Directorio, el hecho de que la catequesis, en un primer momento, asuma estas tareas misioneras, no dispensa a una Iglesia particular de promover una intervención institucionalizada del primer anuncio, como la actuación más directa del mandato misionero de Jesús (DGC 62).
3.6. Catequesis como educación permanente en la fe.
La catequesis es una etapa del proceso de evangelizador y una función del ministerio de la palabra, orienta a acompañar los procesos de iniciación cristiana. Es, por lo mismo, un proceso dentro de un proceso. De este modo, es el eslabón necesario entre la acción misionera, que llama a la fe, y la acción pastoral, que alimenta constantemente la comunidad cristiana. Sin ella la acción misionera no tendría continuidad y sería infecunda. Sin ella la acción pastoral no tendría raíces y sería superficial y confusa: cualquier tormenta desmoronaría todo el edificio (DGC 64).
Y esto es precisamente lo que sucede hoy entre nosotros: no solo el vacío de la acción misionera, sino además confusión y superficialidad en la acción pastoral. Con la suma de una catequesis centrada de modo exclusivo en lo sacramental, y poco o nada vinculad a serios procesos de iniciación cristiana. Lo que explica a su vez el círculo vicioso en el que nos encontramos: creyentes sin identidad, bautizados no convertidos, comunidades poco significativas, creyentes sin pertenencia comunitaria. Y lo que as u vez explica la necesidad de trabajar hoy día con un concepto amplio de catequesis, donde esta, además de su función propia de iniciación, cumpla tareas de la etapa de acción misionera y de la etapa de acción pastoral. Sobre la primera ya hablamos en los numerales anteriores al tratar lo relacionado a la catequesis de carácter misionero y al analizar lo relacionado con la urgencia de la formación de catequistas con hondo sentido misionero. Ahora hablaremos el segundo concepto amplio de catequesis: catequesis como educación permanente en la fe.
Digamos en primera instancia, así como lo dijimos en su momento acerca de la catequesis misionera, que esta forma de referirse a la catequesis es un modo amplio de hacerlo, debido a la situación actual de nueva evangelización. En segundo lugar señalemos, que si bien la catequesis cumple estas funciones, no se confunde con toda la etapa de acción pastoral. Por el contrario, hemos de prestar mucha atención a lo que nos dice el Directorio al respecto: la educación permanente en la fe es posterior a su educación básica y la supone. Amabas actualizan dos funciones del ministerio de la palabra, distintas y complementarias, al servicio del proceso permanente de conversión. La catequesis de iniciación pone las bases de la vida cristiana en los seguidores de Jesús. El proceso permanente de conversión va más allá de lo que proporciona la catequesis de base o fundante. Para favorecer tal proceso, se necesita una comunidad cristiana que acoja a los iniciados para sostenerlos y formarlos en la fe. El acompañamiento que ejerce la comunidad a favor del que se inicia, se transforma en plena integración del mismo en la comunidad (DGC 69).
Decimos que es un concepto amplio de catequesis, porque lo propio de ella es estar al servicio de la iniciación cristiana integral. De modo tal que hemos de evitar relativizar su carácter prioritario, fundante y estructurante. Tanto, que el término catequesis permanente ha de indicar solo un segundo grado de catequesis, posterior a la catequesis de iniciación, y no como la totalidad de la acción catequizadora (DGC nota a pie de página número 51). Segundo grado, que a modo de la catequesis misionera, que se orientaba a suplir los vacíos de la ausencia del primer anuncio, se orienta a suplir los vacíos de la catequesis de iniciación. Pero no sólo esto. Han de también ser formados para ser animadores de sus comunidades cristianas.
Lo anterior exige, para el caso de la formación de los catequistas, que además de su formación con sentido misionero, se formen también para realizar acciones de formación continua de las comunidades en la etapa de acción pastoral, tal como lo señala de nuevo, el documento de formación de los catequistas en tierras de misión: Por eso hay que iniciar al catequista en su tarea: anuncio del Evangelio, catequesis, ayuda a los hermanos para que vivan su fe y den culto a Dios, y presten los servicios pastorales a la comunidad. Es decir, que el catequista debe ser también formado para estar en capacidad de ser animador de su comunidad. En este caso sus tareas son múltiples, afirma de nuevo dicho documento: desde el anuncio a los no cristianos y la catequesis a los catecúmenos y a los bautizados, hasta la animación de la oración comunitaria, especialmente de la liturgia dominical cuando falta el sacerdote; desde la asistencia espiritual a los enfermos hasta la celebración de funerales; desde la formación de otros catequistas en los centros y a dirección de los catequistas voluntarios, hasta el control de iniciativas pastorales; desde la promoción humana y la justicia, hasta la ayuda a los pobres, las actividades organizativas. Para lograr esto, el catequista deberá tener en cuenta todos los componentes de la comunidad eclesial en la que está insertado, y actuar en unión con ellos. Se recomienda, especialmente, la colaboración con otros laicos comprometidos en la pastoral, sobre todo en las Iglesias donde están más desarrollados los servicios laicales distintos al catequista.
4. A modo de conclusión.
Formar catequistas para las necesidades evangelizadoras del momento de acuerdo al concepto de catequesis que hoy propugna la Iglesia, es la línea de análisis que orientó estas breves y rápidas reflexiones. Desde ellas, hemos visto no sólo la complejidad de la catequesis misma al interior del proceso de evangelización, como la complejidad de lo que significa ser catequista, como la complejidad de su formación: ha de ser animador misionero, animador de los procesos de iniciación cristiana, animador de comunidades. Casi, como si la acción del catequista tuviera presencia, de uno u otro modo, en las distintas etapas de la evangelización. Sin embargo, siendo esto cierto por la complejidad del actual contexto de nueva evangelización, plural y secularizado, no hemos de olvidar que lo propio de la catequesis y del catequista es la iniciación cristiana. Lo otro, son ampliaciones que exige el contexto, pero que son igualmente necesarias que sean pensadas y tenidas en consideración. Ampliaciones que exigen al momento de pensar la formación de los catequistas se vea conveniente iniciarlos no sólo en la enseñanza de la catequesis, sino también en todas aquellas actividades que forman parte del primer anuncio y de la vida de una comunidad eclesial.
Con esto, como decíamos en su momento, queremos pensar no sólo en la formación de los catequistas para el presente, sino también para el futuro. En la que la perspectiva de fondo, tanto para el hoy como para el mañana, ya que de ello depende la renovación de la catequesis, es la atención especial no sólo a la dimensión misionera de la catequesis, sino a la acción misionera propiamente dicha. Pues recordémoslo, hoy la catequesis debe ser vista, ante todo, como la consecuencia de un anuncio misionero eficaz (DGC 277). Por lo que la renovación de la catequesis debe cimentarse sobre esta evangelización misionera previa (DGC 62). De ahí, que la formación de los catequistas no ha de descuidar, para nada, la atención especial a la dimensión misionera, tanto en la formación como en la actividad del catequista.
Lo que pide, citando de nuevo a Gevaert, tomar adecuada conciencia del problema evangelizador hoy. Que en palabras suyas significa, que el problema no es, por tanto, organizar un esfuerzo cuantitativo de evangelización (usando los esquemas tradicionales de la transmisión en la fe en una sociedad cristiana). Es, más bien, el problema de un planteamiento distinto en función de la particular situación misionera con que se tropieza: la línea entera de la transmisión de la fe, concediendo incluso mayor espacio e importancia a la primera evangelización. El débil eslabón en el sistema tradicional de transmisión de la fe no es la catequesis, sino la primera evangelización: la predicación del mensaje evangélico en vistas a la conversión a Dios y de la adhesión al Evangelio de Jesucristo. En otros términos el núcleo del problema no es la formación de personas que pertenecen ya sustancialmente a la fe y a la Iglesia, sino el encuentro con Jesucristo y con el Evangelio, del que puede brotar la opción personal de la fe. El problema actual no es primariamente un problema de catequesis o de métodos catequéticos, sino de primera evangelización.
Concluyendo, además de este problema es que ni la catequesis ni la formación de los catequistas parece haber tomado conciencia de este problema y de los cambios propios del contexto. Seguimos catequizando y formando catequistas para otro momento histórico, ni para el presente, ni mucho menos para el futuro. De ahí que la catequesis nuestra no parece avanzar ni mostrar signos verdadera renovación. Lo que muestra a las claras que los criterios del Directorio acerca de la necesidad de formar catequistas para las necesidades evangelizadoras del momento y de acuerdo con el concepto de catequesis que hoy propugna la Iglesia esta bien lejos de cumplirse y de asumirse. Esperamos que estos encuentros del CELAM, nos muestren el camino.