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XIV - Asamblea Nacional de Delegados

Ubicación del proceso de iniciación cristiana al interior del proceso de evangelización

Manuel José Jiménez R., Pbro.

1. Presupuestos.

El magisterio reciente de la Iglesia insiste en que la tarea propia de la Iglesia es la evangelización (EN 14), esto es, “llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad” (EN 18). El Directorio General para la catequesis no sólo retoma este concepto de evangelización, sino que además subraya la necesidad de que los agentes de la evangelización operemos desde una “visión global” de la misma, identificándola necesariamente con el conjunto de la misión de la Iglesia (DGC 46).

Según esto, señala el Directorio, "hemos de concebir la evangelización como el proceso, por el que la Iglesia, movida por el Espíritu Santo, anuncia y difunde el Evangelio en todo el mundo, de tal modo que ella:

  1. impulsada por la caridad, impregna y transforma todo el orden temporal, asumiendo y renovando las culturas;
  2. da testimonio entre los pueblos de la nueva manera de ser y de vivir que caracteriza a los cristianos;
  3. proclama explícitamente el Evangelio, mediante el primer anuncio, llamando a la conversión;
  4. inicia en la fe y vida cristiana, mediante la catequesis y los sacramentos de iniciación, a los que se convierten a Jesucristo, o a los que reemprenden el camino de su seguimiento, incorporando a unos y reconduciendo a otros a la comunidad cristiana;
  5. alimenta constantemente el don de la comunión en los fieles mediante la educación permanente en la fe (homilía, otras formas del ministerio de la palabra), los sacramentos y el ejercicio de la caridad;
  6. suscita continuamente la misión, al enviar a todos los discípulos de Cristo a anunciar el Evangelio, con palabras y obras, por todo el mundo" (DGC 48).

El Directorio retoma así la dinámica del proceso de evangelización señalado en su momento por el Decreto del Concilio Vaticano II "Ad gentes", en los siguientes términos:

  1. testimonio cristiano;
  2. diálogo y presencia de la caridad;
  3. anuncio del Evangelio y llamada a la conversión;
  4. catecumenado e iniciación cristiana,
  5. formación de la comunidad cristiana, por medio de los sacramentos con sus ministerios. (AG 12-18).

Ad gentes distingue de este modo tres momentos o etapas en el proceso evangelizador: situaciones iniciales, desarrollos graduales y camino hacia la perfección. A cada una de ellas le corresponde una acción educativa propia, pues se orientan a dar el alimento adecuado al crecimiento de la fe en su situación concreta y a acompañar el proceso permanente de conversión. De modo tal que al momento de situaciones iniciales le corresponde la acción de primer anuncio; al de desarrollo gradual la acción catecumenal de iniciación cristiana; y a la de madurez las diversas acciones de educación permanente en la fe.

Nosotros estamos acostumbramos a ver la evangelización como algo estático. Solemos fácilmente perder de vista que es una actividad global y compleja. Hemos de entenderla como un proceso que está al servicio de la conversión permanente y del crecimiento continuo en la fe, tanto de las personas como de las comunidades, ya sea para suscitarla, fundamentarla o alimentarla. Y ello porque la fe es un don destinado a crecer y madurar en el creyente. A este respecto leamos lo que afirma un documento de la Conferencia Episcopal Española: “Los elementos de la evangelización tienen una concanetación dinámica, que viene pedida por el nacimiento y crecimiento de la fe. La fe cristiana, en efecto, es una realidad dinámica, que va madurando. La gradualidad de la acción evangelizadora corresponde a las etapas de este nacimiento, crecimiento y maduración en la fe. La gradualidad de la evangelización es signo del respeto de la Iglesia al crecimiento personal del creyente. Su amor maternal desea dar a cada uno el alimento más adecuado a su situación. En modo alguno significa camuflar o silenciar exigencias de la evangelización, sino saber respetar las posibilidades graduales del destinatario, adaptándose al momento en que se encuentra” (Catequesis de adultos, 37).

2. Etapas del proceso de evangelización.

El proceso de evangelización que es único e idéntico en todas partes y en todas las condiciones, aunque no se realice del mismo modo según las circunstancias, se despliega, de acuerdo con lo señalado, con una dinámica particular, estructurada por etapas o momentos esenciales, a saber: a) la acción misionera para los no creyentes y para los que viven en la indiferencia religiosa; b) la acción catequética o catecumenal, de iniciación para los que optan por el Evangelio y para los que necesitan completar o reestructurar su iniciación; c) la acción pastoral para los fieles cristianos ya maduros, en el seno de la comunidad (DGC 49).

Para el caso que nos ocupa, vamos a acercarnos a cada una de estas etapas, no desde la globalidad de las mismas y de todas sus acciones, sino únicamente desde lo propio de cada ellas en el ministerio de la palabra. Razón por la cual, el énfasis nuestro esta puesto en las acciones propias de dicho ministerio, tanto más si entendemos que la catequesis es una etapa de la evangelización y una forma del ministerio de la palabra, siempre en coordinación y articulación con las demás etapas y funciones, entendida ella como el proceso educativo que está al servicio de la iniciación cristiana integral.

2.1. Primera etapa: etapa de acción misionera.

El Ministerio de la Palabra es elemento fundamental de la evangelización y se ejerce de forma múltiple. En la etapa de acción misionera este ministerio se ejerce a través de la acción de convocatoria y llamada a la fe. Esta es la función que más inmediatamente se desprende del mandato misionero de Jesús. Se realiza mediante "el primer anuncio", dirigido a los no creyentes, a aquellos que han hecho una opción de increencia, a los bautizados que viven al margen de la vida cristiana, a los indiferentes, a los alejados, a los que pertenecen a otras religiones. El despertar religioso de los niños, en las familias cristianas, es también una forma eminente de esta función (DGC 51).

El primer anuncio tiene la función de anunciar el evangelio y llamar a la conversión. El interés por el Evangelio y la conversión, que brotan como consecuencia del primer anuncio, necesitan de un tiempo de búsqueda, para llegar a ser una opción firme. Esta conversión, así sea inicial, lleva consigo la adhesión a Jesucristo y la voluntad de caminar en su seguimiento. Como "sobre esta opción fundamental descansa todo el edificio de la vida cristiana", todo el proceso de crecimiento personal y comunitario, la catequesis de iniciación en la segunda etapa y la acción pastoral en la tercera etapa, han de apoyarse en ella. Pues como lo señala con repetidamente el Directorio General para la Catequesis "sólo a partir de la conversión y contando con la actitud interior de "el que crea", la catequesis propiamente dicha podrá desarrollar su tarea específica de educación en la fe" (DGC 62).

No podemos dar por supuesta la acción de primer anuncio. Por el contrario, en el actual contexto de nueva evangelización la vinculación entre el anuncio misionero, que trata de suscitar la fe, y la catequesis de iniciación, que busca fundamentarla, es decisiva en la evangelización. Hoy la catequesis debe ser vista, ante todo, como la consecuencia de un anuncio misionero eficaz.

La acción de primer anuncio es una etapa insustituible en el proceso de evangelización. Si en contextos anteriores la dimos por supuesta o no la saltamos, actualmente ha de recobrar su vitalidad e importancia. Ha de ser entendida como el primer paso pedagógico necesario en la educación en la fe. Tan importante es, que así como existen procesos institucionalizados de catequesis y de acción pastoral, han de construirse procesos institucionalizados de acción misionera. Y ello exige de parte nuestra dejar de ver la acción misionera como una acción marginal o exclusiva de algún grupo. Ha de ser entendida como la acción más directa del mandato misionero de Jesús.

2.2. Segunda etapa: etapa de acción catecumenal e iniciatoria.

El proceso evangelizador está estructurado en etapas o momentos esenciales: la acción misionera para los no creyentes y para los que viven en la indiferencia religiosa; la acción catecumenal iniciatoria para los que optan por el Evangelio y para los que necesitan completar o reestructurar su iniciación; y la acción pastoral para los fieles cristianos ya maduros, en el seno de la comunidad cristiana. Momentos que, sin embargo, no son etapas cerradas: se repiten siempre que sea necesario, ya que tratan de dar el alimento evangélico más adecuado al crecimiento espiritual de cada persona o de la misma comunidad (DGC 49).

La etapa iniciatoria o catecumenal, es aquella acción por la que quien se ha convertido y aceptado la fe es introducido a la Iglesia por medio de la catequesis, por la participación en los sacramentos, por los comportamientos morales y testimonio que brotan de su incorporación. Es el momento de la iniciación cristiana, que comprende la iniciación en todo lo que la Iglesia es para adherirse plenamente a ella: la palabra, el servicio, la celebración, la vida comunitaria y la misión.

En esta etapa, la Iglesia ejerce la función de iniciación. Ella realiza esta función, fundamentalmente, por medio de la catequesis, en íntima conexión con los sacramentos de la iniciación, tanto si van a ser recibidos como si ya se han recibido. Formas importantes de esta función son: la catequesis de adultos y jóvenes no bautizados, en el catecumenado; la catequesis de adultos bautizados que desean volver a la fe, o de los que necesitan completar su iniciación cristiana; la catequesis de los niños y de los jóvenes, que tiene de por sí un carácter iniciatorio. (DGC 51). En este sentido, toda Iglesia particular, en orden ante todo a una adecuada iniciación cristiana, debe ofrecer varios servicios articulados entre sí: a) un proceso de iniciación cristiana, unitario y coherente, para niños, adolescentes y jóvenes en íntima conexión con los sacramentos de la iniciación ya recibidos o por recibir; y b) un proceso de catequesis para adultos, ofrecido a aquellos que necesitan ser iniciados mediante el catecumenado de adultos; c) un proceso de reiniciación, especialmente para adultos; d) un servicio para completar o terminar en otros la iniciación. (DGC 274).

La catequesis de iniciación es el eslabón necesario entre la acción misionera, que llama a la fe, y la acción pastoral, que alimenta constantemente a la comunidad cristiana. No es, por tanto, una acción facultativa, sino una acción básica y fundamental en la construcción tanto de la personalidad del discípulo como de la comunidad. Sin ella la acción misionera no tendría continuidad y sería infecunda. Sin ella la acción pastoral no tendría raíces y sería superficial y confusa: cualquier tormenta desmoronaría todo el edificio. En este sentido, la catequesis debe ser considerada momento prioritario en la evangelización (DGC 64). Esto explica también porque la opción por la renovación de los procesos de iniciación cristiana es una opción por la renovación de todo nuestra sistema educativo, pues toca tanto lo que antecede (acción misionera), a ella misma en su interior (acción catecumenal), como lo que es su consecuencia (acción pastoral)

En la actualidad la iniciación cristiana tiene una importancia primordial, tanto del punto de vista teológico como pastoral. Y no sólo por las dificultades por las que atraviesa o por los problemas que encontramos en su aplicación concreta. Si no, y por sobre todo, porque es ella el momento en que se estructura la personalidad del creyente, es la etapa en que se fundamenta la vida cristiana. Además, dada la necesidad de no saltarnos y de no dar por supuesta la acción misionera, así como de llevar a cabo la acción de primer anuncio de modo institucionalizado, la iniciación cristiana y la catequesis que la acompaña, se presenta como su consecuencia y continuidad necesaria. Unida de este modo tan estrecho y en necesaria coordinación con la acción misionera previa, la catequesis será asumida por nosotros como acción de iniciación, superando de este modo la mentalidad tan común que la reduce a su tarea presacramental.

2.3. Tercera etapa: etapa de acción pastoral.

El término acción pastoral lo entendemos en sentido estricto, del mismo modo como lo comprende el actual Directorio General para la Catequesis. Significa la tercera etapa de la evangelización dirigida a los fieles de la comunidad cristiana ya iniciados en la fe. No se le considera, entonces, en sentido amplio: como sinónimo de la acción evangelizadora de la Iglesia.

La etapa de acción pastoral se dirige a los cristianos ya iniciados en los elementos básicos, que necesitan alimentar y madurar constantemente su fe a lo largo toda la vida. Es posterior a su educación básica (etapa catequético - iniciatoria) y la supone. Como etapa de educación permanente en la fe, tiene el carácter de ser alimento constante que todo organismo adulto necesita para vivir (DGC 57). Se dirige no sólo a cada cristiano, para acompañarle en el camino hacia la santidad, sino también a toda la comunidad cristiana como tal, para que vaya madurando tanto en su vida interna de amor a Dios y de amor fraterno, cuanto en su apertura al mundo como comunidad misionera (DGC 70).

La meta de todo el proceso de evangelización consiste en que "el bautizado, impulsado siempre por el Espíritu Santo, alimentado por los sacramentos, la oración y el ejercicio de la caridad, y ayudado por las múltiples formas de educación permanente en la fe, busca hacer suyo el deseo de Cristo: Vosotros sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto. Es la llamada a la plenitud que se dirige a todo bautizado" (DGC 57). En otras palabras, la meta de todo el proceso de evangelización, y de modo particular de la iniciación cristiana es la profesión madura de la fe, con todo lo que ello implica en el orden personal y comunitario.

Tarea de la educación permanente en la fe, en la etapa de la acción pastoral, consiste en ayudar a madurar esa profesión de fe continuamente, a proclamarla en la Eucaristía y a renovar los compromisos que implica. Para favorecer tal proceso, se necesita de una comunidad cristiana que acoja a los iniciados para fortalecerlos y sostenerlos en la fe, de una comunidad en la que ellos puedan celebrar, anunciar, vivir y compartir la fe. De modo tal que el acompañamiento que, de modo afectivo y efectivo.

Por la acción pastoral la Iglesia actualiza la acción salvadora de Cristo, de cara a la implementación del Reino. Esta amplia tarea implica diversas acciones, denominadas por algunas funciones o mediaciones eclesiales, es decir, ministerios de la Iglesia en diferentes ámbitos de realización. A lo largo de la historia, la Iglesia ha dividido estas funciones de diversos modos, de acuerdo a una determinada interpretación bíblica, visión cristologica, comprensión de la eclesiologia, función de la jerarquía, corresponsabilidad de los laicos y análisis de la sociedad y el mundo.

La trilogía profeta, sacerdote y rey ha servido con frecuencia para explicar la misión de Cristo, de sus discípulos y de la Iglesia. De este modo las acciones eclesiales son enunciadas así: a) el ministerio profético o ministerio de la palabra o pastoral de la palabra, como comunicación de la Palabra en todas sus etapas (misionera y kerigmática; catequética; y de educación permanente); b) el ministerio litúrgico o pastoral litúrgica, como celebración de los misterios cristianos; y c) el ministerio real (pastoral social), como servicio cristiano en la organización eclesial, fuera de ella y todo lo relacionado con la promoción humana.

Esta división tripartita ha permanecido en la Iglesia hasta el Vaticano II, incluso hasta después del. Pero las actuales perspectivas de la teología pastoral, alimentada por el magisterio reciente de la Iglesia, hace que las mediaciones se piensen y organicen en torno a cuatro ámbitos: martyria (palabra), diaconia (servicio), koinonia (comunión y comunidad) y leiturgia (liturgia).

3. Principios teológicos pastorales para la iniciación cristiana.

Hemos señalado la importancia teológica y pastoral que se le da hoy día a la iniciación cristiana, indicando también los motivos de su renovación. Algunos pueden llegar a pensar que la opción por la iniciación cristiana implica simplemente, a primera vista, un esfuerzo por mejorar los procesos de catequesis que preceden a la celebración de los sacramentos de iniciación, Bautismo, Confirmación y Eucaristía. La renovación que se nos pide implica esta necesidad, pero es mucho más. Pues dicha opción nos lleva a mirar y a trabajar desde el fundamento de nuestra vida cristiana personal y comunitaria, o sea, el fundamento de nuestra identidad: nuestra participación en el misterio pascual de Cristo.

Esto exige que analicemos algunos principios teológicos pastorales que iluminen nuestra lectura de la realidad, nuestras decisiones y nuestras acciones. El estudio de estos principios se orienta a la comprensión de la naturaleza, distintos aspectos, exigencias, fases y articulaciones de la iniciación cristiana

3.1. Naturaleza de la iniciación cristiana.

La iniciación cristiana es un don de Dios que recibe la persona por la mediación de la Iglesia. Supone y exige también la libre decisión de la persona de convertirse a Dios y la opción de seguir a Cristo en su Iglesia. Veamos las implicaciones de esta afirmación para la comprensión de la iniciación cristiana y para nuestra práctica pastoral.

3.1.1. La iniciación cristiana don de Dios.

La iniciación cristiana, de acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica es, ante todo, don de Dios mediante la gracia de Jesucristo y por mediación de la Iglesia. Es inserción de la persona en el misterio de Cristo, muerto y resucitado. Este nuevo nacimiento, esta nueva vida en la que el ser humano es engendrado, esta participación en el Misterio Pascual de Cristo y de participación en la naturaleza divina, es el núcleo y el corazón mismo de la iniciación cristiana. De ahí la importancia de trabajar para que todas nuestras actividades pastorales, con mayor razón las relacionadas con los sacramentos de iniciación, se orienten al descubrimiento y comprensión de esta realidad en toda su profundidad, tal como es señalado en concreto en cada uno de los documentos que analizan la pastoral y la catequesis de los distintos sacramentos de la iniciación cristiana.

3.1.2. La conversión: respuesta al don de Dios.

La iniciación cristiana es a la vez acción de Dios y respuesta del ser humano. Mediante la iniciación cristiana Dios sale a nuestro encuentro, se nos acerca, nos llama a vivir en comunión con El. El ser humano, por su parte, acepta y acoge libremente ese don de Dios y se entrega confiadamente a El. Por eso la iniciación cristiana es un don de Dios que requiere, ciertamente, nuestra respuesta al don, por medio de la conversión.

Para el Directorio General para la Catequesis, la fe cristiana es ante todo conversión a Cristo, adhesión plena y sincera a su persona y decisión de caminar en su seguimiento. Es un encuentro personal con Jesucristo, es hacerse discípulo suyo. Exige el compromiso permanente de pensar como El, de juzgar como El y de vivir como El lo hizo. Así, el creyente se une a la comunidad de los discípulos de Jesús y hace suya la fe de la Iglesia. La conversión lleva consigo un cambio de vida, una transformación profunda de la mente y del corazón, que se manifiesta en todos los niveles de la existencia. La fe es, además, un don destinado a crecer en el corazón de los creyentes, lo que da origen a un proceso de conversión permanente que dura toda la vida (DGC 53-56).

Toda la educación en la fe, desde aquella que se hace con los niños que reciben su bautismo desde pequeños, hasta la realizada con los jóvenes y adultos, se orienta a la toma de conciencia de ese don, a madurar en la respuesta libre y generosa al don de Dios. De modo especial, señala el Directorio General para la Catequesis, el Ministerio de la Palabra está al servicio de este proceso de conversión plena y de crecimiento permanente en la fe, con las características que señalaremos más adelante cuando hablemos de la iniciación cristiana al interior del proceso de evangelización. Por ahora, bástenos recordar lo que al respecto afirma el Directorio: "El primer anuncio tiene el carácter de llamar a la fe; la catequesis el de fundamentar la conversión, estructurando básicamente toda la vida cristiana, y la educación permanente en la fe, en la que destaca la homilía, el carácter de ser alimento constante que todo organismo adulto necesita para vivir" (DGC 57).

Pos eso, desde esta afirmación, podemos también señalar que sin lugar a dudas la educación en la fe, en sus distintas etapas (misionera, catecumenal y pastoral), es elemento integrante (y muy importante) de la iniciación cristiana, pues sin ella el don otorgado no podría ser acogido, madurado y vivido.

De todas las anteriores reflexiones aparece claro que a la función de iniciación, propia del momento catequístico o catecumenal, anteceden unas acciones y surgen como consecuencia otras acciones. Se trata de tomar conciencia de dos cosas. Primero, que si bien es verdad que la iniciación cristiana es elemento fundamental y prioritario de toda acción evangelizadora, no debe ser confundida con la totalidad del proyecto evangelizador. Y segundo, de cara a un proyecto unitario, coherente y global de iniciación cristiana, entender que no es suficiente que estructuremos de modo armónico sus elementos litúrgicos y catequéticos, sino que además tengamos presente lo que precede (acción misionera - primer anuncio) a la iniciación cristiana y lo que sigue como consecuencia o resultado del proceso (acción pastoral). O como lo hemos señalado con ocasión de las catequesis y pastoral para cada uno de los sacramentos de iniciación considerar tanto el "antes" como el "durante" y el "después".

De este modo estaríamos acogiendo las siguientes indicaciones del Directorio General para la Catequesis: "Al definir la catequesis como momento del proceso total de la evangelización, se plantea necesariamente el problema de la coordinación de la acción catequética con la acción misionera que la precede, y con la acción pastoral que la continúa. Hay, en efecto, elementos que preparan a la catequesis o emanan de ella". (DGC 276).

Y ello, en razón de que nuestra situación de nueva evangelización, exige que las tres acciones o etapas de la evangelización, se conciban coordinadamente y se ofrezcan mediante un proyecto evangelizador misionero, catecumenal y comunitario unitario (DGC 277). Para el caso concreto de la catequesis de iniciación, esta coordinación se hace más necesaria ya que ella es el eslabón necesario entre la acción misionera que llama a la fe y la acción pastoral que alimenta constantemente la comunidad cristiana. Como afirma el Directorio: "sin ella la acción misionera no tendría continuidad y sería infecunda. Sin ella la acción pastoral no tendría raíces y sería superficial y confusa" (DGC 64).

Y es que la relación entre las tres etapas es básica para la marcha de los procesos de evangelización. La acción misionera, la acción iniciatoria y la acción comunitaria forman una unidad tan fuerte que cualquier acentuación unilateral o cualquier descuido en una de ellas, perjudica todo el conjunto. De modo tal que es posible afirmar: sin una buena acción misionera es imposible una buena iniciación cristiana; sin la existencia de comunidades cristianas vivas la iniciación cristiana será, igualmente, superficial; y sin una adecuada pastoral comunitaria en la etapa de acción pastoral, la acción misionera y la acción iniciatoria carecerían de meta y de referente animador.

3.1.3. La iniciación cristiana mediación de la Iglesia.

La inserción en el misterio de Cristo y en la Iglesia y la transformación radical de la persona humana se realiza mediante la Iglesia y en la Iglesia, es decir, se lleva a cabo al interior del ámbito de la comunidad de fe: en ella se es engendrado a la vida divina y en ella y desde ella debe darse la acogida y la respuesta libre al don de Dios. Hasta el punto que sólo en la Iglesia la persona puede captar el significado de la radicalidad de la existencia cristiana y en ella puede madurar y desarrollar su fe, de forma que de un modo maduro, la viva en el servicio a la persona y a la sociedad.

La iniciación es un encuentro de la Iglesia con el iniciado y de éste con la Iglesia. La comunidad de fe ha de ser siempre el origen, el lugar y la meta de la iniciación cristiana. Lo que significa que la comunidad es la forma esencial de ser cristiano. Se pertenece a Cristo perteneciendo a la Iglesia y se pertenece a la Iglesia de Cristo perteneciendo a una comunidad eclesial cristiana. Por eso, la mejor prueba del ser cristiano es la pertenencia efectiva y afectiva a la comunidad cristiana.

La comunidad es entonces un elemento clave de nuestra identidad cristiana. Pero esto que teológica y pastoralmente se comprende, en la realidad no siempre es así. De hecho, hoy día es posible encontrar creyentes sin sentido comunitario, sin pertenencia efectiva y afectiva a la comunidad cristiana. Por eso se comprende que la opción por la renovación de los procesos de iniciación cristiana es también una opción por la comunidad de fe y por la educación en el sentido comunitario de la vida cristiana, pues como lo señala con gran acierto el Directorio General para la Catequesis "la vida cristiana en comunidad no se improvisa, hay que educarla con cuidado" (DGC 86).

Se trata también de no perder de vista que la finalidad de todo el proceso de iniciación cristiana es la común profesión de fe de la Iglesia en el único Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. "Esta es la fe de la Iglesia, que nos gloriamos de confesar en Cristo Jesús Señor Nuestro", es la exclamación que se hace en la ceremonia del Bautismo hecha la profesión de fe. Ella expresa la unión que debe producirse entre "el si creo" de cada creyente y "el creemos" de toda la Iglesia. Expresa también que la catequesis que acompaña los procesos de iniciación tiene su origen en la confesión de fe y conduce a la confesión de fe, profesada, celebrada, anunciada y vivida por toda la Iglesia. Es en esta común profesión de fe donde el creyente y la comunidad encuentran su identidad. Es ella misma, conscientemente asumida, la que determina la presencia del cristiano y de la Iglesia en la sociedad como "sal de la tierra y luz del mundo".

3.2. Elementos de la iniciación cristiana.

La iniciación cristiana es el proceso de inserción en el misterio de Cristo muerto y resucitado, y en la Iglesia por medio de la fe y de los sacramentos. Como lo afirma el Directorio General para la Catequesis, se lleva a cabo mediante la catequesis y la liturgia íntimamente unidas entre sí: "La catequesis es el elemento fundamental de la iniciación cristiana y está estrechamente vinculada a los sacramentos, especialmente al Bautismo, sacramento de la fe" (DGC 66).

Palabra (itinerario catequético) y sacramento son los aspectos irrenunciables de la iniciación cristiana. Mediante los sacramentos de iniciación el ser humano es vinculado a Cristo y asimilado a El en el ser y en el obrar, introduciéndole en la comunión trinitaria y en la Iglesia. Mediante el itinerario catequético, que precede, acompaña o sigue a la celebración de los sacramentos, el catequizando descubre a Dios y se entrega a El, crece en el conocimiento del misterio de Cristo y avanza en el aprendizaje global de la vida cristiana.

3.2.1. Los sacramentos de iniciación cristiana.

La iniciación cristiana comprende esencialmente la celebración de los sacramentos que consagran los comienzos de la vida cristiana en analogía con las etapas de la existencia humana, y que por eso se llaman sacramentos de iniciación. Los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía son la fuente y la cima de la iniciación. En el caso de los niños que fueron bautizados de pequeños entra también el sacramento de la penitencia.

El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía guardan entre sí una íntima unidad. Es preciso que esta unidad y ordenación mutua de los sacramentos de iniciación cristiana se ponga de manifiesto tanto en la catequesis como en la pastoral. Dicha unidad proviene del Misterio Pascual. Como tenemos ocasión de recordarlo y señalarlo en los documentos sobre la pastoral y la catequesis de cada uno de estos sacramentos el anuncio del Misterio Pascual de Cristo y nuestra participación en El debe ser el anuncio central y fundamental, pues es el anuncio que funda nuestra identidad como creyentes en la Iglesia. Por ello debe ser el tema central en nuestras catequesis, debe ser un anuncio repetitivo y reiterativo a lo largo de todo el proceso de iniciación.

Pero no nos llamemos a engaños. Cuando hablamos de renovar los procesos catequísticos de cada uno de estos de sacramentos, no hablamos únicamente de "salvar" el proceso formativo de cada sacramento de modo aislado y desarticulado de todo el proceso de iniciación cristiana. Un principio ha quedado claro entre nosotros: la renovación de la pastoral de cada uno de los sacramentos de iniciación separada de los otros, y separada de la catequesis familiar, de la catequesis parroquial, de la formación de los adultos responsables, de la educación religiosa en la escuela, no tiene sentido. Sería como echar "vino nuevo en odres viejos". Es necesario, y así lo hemos asumido, que busquemos desde la parroquia elaborar un proceso unitario, articulado y coherente de iniciación cristiana. Recordémoslo una vez más: si bien es necesario mejorar nuestras catequesis presacramentales, lo que necesitamos es replantearnos todo el proceso de hacerse cristiano.

De cara a la renovación de los procesos de iniciación se hace necesario optar por un proceso de iniciación unitario y coherente, en sus distintas dimensiones. Pero como sobre este punto hablaremos después, bástenos por ahora señalar que la fundamentación de esta unidad, articulación y coherencia, no es sólo de carácter pedagógico o estratégico sino, ante todo, teológica, de acuerdo con el siguiente criterio señalado por el Directorio General para la catequesis: “La coordinación de la catequesis no es un asunto meramente estratégico, en orden a una mayor eficacia de la acción evangelizadora, sino que tiene una dimensión teológica de fondo. La acción evangelizadora debe estar bien coordinada porque toda ella apunta a la unidad de la fe que sostiene todas las acciones de la Iglesia” (DGC 272).

3.2.2. Lo propio de la catequesis en el proceso de evangelización y de iniciación.

La catequesis, de acuerdo con lo enseñado por el actual Directorio Para la Catequesis, tiene como fin la iniciación cristiana integral. Es cierto que una parte de la catequesis está destinada a la preparación inmediata de los sacramentos que se van a recibir, pero ella no es su finalidad única y última, sino la plena incorporación con el Misterio de Cristo y de la Iglesia, tal como lo afirma el Directorio: "El fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo" (DGC 80).

Lo propio de la catequesis es la iniciación global y sistemática en la fe de la Iglesia. Es un periodo intensivo y suficientemente prolongado de formación cristiana integral y fundamental. Por ser global, la catequesis está abierta a todos los aspectos de la vida cristiana y tiene que ser iniciación en todos ellos. La catequesis, afirma el Directorio, ha de iniciar en la totalidad de la fe de la Iglesia: "La finalidad de la catequesis se realiza a través de diversas tareas, mutuamente implicadas (...). Las tareas de la catequesis corresponden a la educación de las diferentes dimensiones de la fe, ya que la catequesis es una formación cristiana integral, abierta a todas las esferas de la vida cristiana. En virtud de su misma dinámica interna, la fe pide ser conocida, celebrada, vivida y hecha oración. La catequesis debe cultivar cada una de estas dimensiones. Pero la fe se vive en comunidad cristiana y se anuncia en la misión: es una fe compartida y anunciada. Y estas dimensiones deben ser, también, cultivadas por la catequesis" (DGC 84).

En este sentido, las tareas de la catequesis son: propiciar el conocimiento de la fe, la educación litúrgica, la formación moral, enseñar a orar, la educación para la vida comunitaria y la iniciación a la misión. Todas estas dimensiones en las que educa la catequesis deben ser tenidas en cuenta al momento de la programación de la acción. Como lo señala el Directorio: "todas las tareas son necesarias. Así como para la vitalidad de un organismo humano es necesario que funcionen todos sus órganos, para la maduración de la vida cristiana hay que cultivar todas sus dimensiones (...). Si la catequesis descuidara alguna de ellas, la fe cristiana no alcanzaría todo su crecimiento" (DGC 87).

Lo más característico de la catequesis en el conjunto de las acciones eclesiales, es su carácter de explicitación y de profundización, con relación a la conversión inicial y su opción de base gracias a la acción de primer anuncio, y de iniciación o introducción o fundamentación, en relación con las diversas manifestaciones de la vida cristiana en la Iglesia: la diaconía, la koinonia, la liturgia y la palabra. En este sentido se pronuncia el Directorio de Catequesis: "El momento de la catequesis es el que corresponde al período en que se estructura la conversión a Jesucristo, dando una fundamentación a esa primera adhesión. Los convertidos, mediante una enseñanza y un aprendizaje convenientemente prolongado de toda la vida cristiana, son iniciados en el misterio de la salvación y en el estilo de vida propio del Evangelio. Se trata, en efecto, de iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana" (DGC 63).

Para el actual Directorio de Catequesis, las características propias de la catequesis de iniciación, como momento esencial del proceso de evangelización, que la hacen distinta a las otras formas de educación en la fe, son: a) es una formación orgánica y sistemática de la fe, por lo que no se reduce a lo meramente circunstancial y ocasional; b) esta formación orgánica es más que una enseñanza: es un aprendizaje de toda la vida cristiana, una iniciación cristiana integral; c) es una formación básica, esencial, centrada en lo nuclear de la experiencia cristiana.

3.2.3. El catecumenado modelo de la catequesis

En efecto, el concepto de catequesis como iniciación cristiana integral o como noviciado de la vida cristiana obedece a la inspiración catecumenal de la misma, retomando así el concepto de catequesis de la Iglesia antigua, razón por la cual el Directorio de catequesis insistirá que toda catequesis posbautismal se inspire en esta practica de la Iglesia de los orígenes (DGC 33.59. 88-91). La catequesis es una acción gradual que debe inspirarse en el catecumenado bautismal, hasta el punto que toda catequesis postbautismal (como es el caso de la catequesis de primera comunión) debe inspirarse en el catecumenado bautismal, es decir, debe dejarse fecundar por sus principales elementos configuradores (intensidad e integralidad en la formación, gradualidad en etapas bien definidas, responsabilidad de la comunidad cristiana, su vinculación a ritos. símbolos y signos). Sin embargo, hay que decir que entre la catequesis postbautismal y la catequesis prebautismal, hay una diferencia fundamental. Esta diferencia proviene de los sacramentos de iniciación recibidos por los primeros.

El catecumenado bautismal o catecumenado antiguo puede ser entendido como una institución eclesial de tipo pastoral orientada a la iniciación cristiana integral en el seno de una comunidad. Se trata de un auténtico camino de conversión, de iluminación y de maduración en la fe, de lucha y crecimiento espiritual, de una progresiva inserción en Cristo y en la Iglesia. No se trata simplemente de transmitir conocimientos o de brindar una preparación previa a la recepción de algún sacramento, sino de llevar al catecúmeno a vivir una vida nueva, la vida Cristo. Por eso no es un proceso reducido ni solo informativo. Es un proceso prolongado, intensivo e integral, pues se orienta a la educación de la personalidad del creyente, a la educación de la mentalidad de fe, y esto no se logra de la noche a la mañana. Es un proceso que incluye formación, transformación e información. Y así de ser también nuestra catequesis actual. El reto nuestro en Colombia es hacer de la catequesis un auténtico proceso catecumenal que fundamente y estructura la personalidad de fe y de vida cristiana tanto de los creyentes como de las comunidades.

3.2.4. La catequesis: una función o forma del Ministerio de la Palabra

De hablar de evangelización como llevar el primer anuncio del evangelio a los que no lo conocían, por medio, ante todo, del ministerio de la palabra, la evangelización ha llegado a comprenderse como el proceso global de la vida de la Iglesia. De este modo, se habla de etapas de la evangelización en el camino hacia la plenitud creyente (acción misionera, acción catequística y acción pastoral) y se contemplan las distintas acciones que la evangelización abarca (ministerio de la palabra, ministerio del servicio, ministerio de la comunión y ministerio de la liturgia). Por la acción pastoral la Iglesia actualiza la acción salvadora de Cristo, de cara a la implantación del Reino. Esta amplia tarea implica diversas acciones, denominadas funciones o mediaciones eclesiales, es decir, ministerios de la Iglesia en diferentes ámbitos de realización. Entre nosotros reciben el nombre de pastoral profética, pastoral social, pastoral litúrgica y pastoral de la comunión.

El Ministerio de la Palabra (pastoral profética), en coordinación y articulación con el ministerio del servicio (pastoral social), el ministerio de la liturgia (pastoral litúrgica) y el ministerio de la comunión (pastoral de la comunión), es uno de los elementos fundamentales de la evangelización en su etapa de acción pastoral, entendida como la etapa dirigida a los fieles de la comunidad cristiana con el propósito de alimentar continuamente su fe, el don de la comunión y la misión.

Las principales funciones del ministerio de la palabra son las siguientes: convocatoria y llamada a la fe, mediante el primer anuncio; la función de iniciación, por medio de la catequesis en íntima conexión con los sacramentos de iniciación cristiana; y la función de educación permanente en la fe, llamada también por algunos catequesis permanente. Esta última se realiza a través de formas muy variadas, en las cuales sobresalen, entre otras, la litúrgica en la homilía, el estudio y profundización de la Sagrada Escritura, la lectura cristiana de los acontecimientos y de la sociedad, la profundización sistemática del mensaje cristiano, distintas formas de catequesis ocasional y el estudio de la teología. La educación religiosa escolar, dependiendo de quien participa en ella, puede ser entendida en algunos casos como momento de la acción misionera, cuando quien toma parte en ella es un no creyente, un indiferente o un bautizado alejado; o también como acción de iniciación o de educación permanente, cuando quien participa es un creyente en proceso de iniciación o de maduración (DGC 75).

Es posible distinguir entonces, entre dos tipos complementarios de formación del cristiano: la formación inicial o catecumenal que es la catequesis (con las características reseñadas más arriba: orgánica, sistemática, esencial, fundamental, integral) y la formación permanente o continua. La primera es la formación unida al proceso catecumenal, la que va desde la primera conversión hasta la integración plena en la vida de la comunidad. La segunda, basada en la anterior, continúa el desarrollo de la vida cristiana durante la etapa pastoral de la evangelización. Hacemos esta distinción en orden a una mayor y mejor claridad conceptual de lo que se entiende por catequesis, en orden también, naturalmente, a una renovación de nuestra práctica catequética para hacer de ella un instrumento serio al servicio de los procesos de iniciación cristiana. Y lo hacemos asumiendo lo enseñado por el actual Directorio General para la Catequesis, que señala lo siguiente: la expresión catequesis permanente es legítima siempre y cuando que no se relativice el carácter prioritario, fundante, estructurante y específico de la catequesis en cuanto iniciación básica. Este término, el de catequesis permanente, ha de ser entendido, principalmente, como un segundo grado de catequesis, posterior a la catequesis de iniciación, y no como la totalidad de la acción catequizadora (nota 64 al pie de página del número 51 del DGC).

Pensar así nos permite una acción catequística que supera tanto su reducción conceptual, como si se tratara de una acción meramente presacramental, y la confusión de la catequesis con las demás acciones propias de la etapa de la acción pastoral. Nos permite, en últimas, recobrar para la catequesis, lo que ella verdaderamente está llamada a ser y hacer: ponerse al servicio de la iniciación cristiana integral. Favorece, además, el tomar mayor conciencia de dos problemas que aún no son tan claros entre nosotros. Ante todo, el notar los graves problemas educativos que produce la ausencia de acciones de primer anuncio. Y segundo, todos aquellos relacionados con los deficientes procesos de iniciación cristiana.

4. Algunas conclusiones

De lo dicho aparece claro que la evangelización es un proceso que esta al servicio del proceso de conversión permanente y a la creación de comunidades maduras y adultas en la fe, constituidas y nutridas a su vez por creyentes y comunidades maduras. El fin de la evangelización consiste en que los creyentes pasen de ser evangelizados a ser evangelizadores, sin dejar de ser evangelizados, es decir, sin dejar de crecer en la fe.

Hay que evitar ver las acciones de evangelización en el mismo plano, pero también evitar el peligro de desarticularlas. Conviene comprender la relación que existe entre la acción misionera y la acción catecumenal con la pastoral misionera y pastoral catequética. La acción misionera comprende acciones como el testimonio, los compromisos de transformación, el anuncio (primer anuncio y kerigma) y la conversión. La acción catecumenal abarca las acciones propias de la iniciación cristiana (catequesis, liturgia, sacramentos, comunidad). La pastoral misionera y catequética (llamada también ministerio de la catequesis) se realiza desde la comunidad cristiana adulta, es decir, desde la Iglesia diocesana y sus comunidades, en la etapa de acción pastoral y abarca todas las acciones que la Iglesia diocesana pone en práctica para realizar la acción misionera y la acción catecumenal. La pastoral misionera y catequética tiene como tareas velar para que la catequesis asegure previamente la acción misionera. Esta pastoral, institucionalizada como debe ser, requiere de una adecuada organización. Organismos propios de ella son los secretariados diocesanos de catequesis (o delegaciones de catequesis), organización que puede y debe abarcar también el nivel nacional (Conferencias Episcopales) y mundial (servicio de la santa sede) (DGC 265 – 257).

Ubicación del proceso de iniciación cristiana al interior del proceso de evangelización

Etapas del proceso de evangelización
Principios teológicos pastorales para la iniciación cristiana
Algunas conclusiones

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