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Ponencias

La Encarnación de Cristo, una experiencia de Dios entre los hombres, el hombre de hoy inserto en Cristo

Monseñor Octavio Ruíz Arenas, Obispo Auxiliar de Bogotá

Introducción

Para cumplir el Misterio de Cristo, tenemos que acercarnos con profunda humildad y sencillez para descubrir esa personalidad que irradia permanentemente amor y misericordia, mostrándonos así la verdadera imagen de Dios nuestro Padre.

Como catequistas compartimos la misma fe de la Iglesia y por encargo de ella somos colaboradores de la tarea de enseñar y hacer comprender el Evangelio. Nuestra misión además está íntimamente ligada a la necesidad de dar un verdadero testimonio de nuestra aceptación del Señor. Para cumplir el encargo que hemos recibido el día de nuestra consagración como catequistas de la ESPAC, se requiere profundizar constantemente, en el Misterio de Cristo, bajo cuya luz se esclarece todo el misterio del hombre (1).

Nuestra actividad frente a este misterio debe ser similar a la que se nos presenta en el pesebre, que en las figuras del buey y del asno se encuentran representados el reconocimiento que todos debemos tener del Señor. En efecto, aunque tales figuras fueron puestas en la cueva del Greccio por disposición de San Francisco, sin embargo, el buey y el asno no son simples fantasías piadosas, sino que tienen un trasfondo profético, que encontramos en Isaías 1 ,3: "conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento". Los padres de la Iglesia precisamente vieron allí la imagen del nuevo pueblo de Dios que congregaba a los judíos y a los paganos, porque ante Dios todos los hombres eran como seres sin razón, ni conocimiento, pero el niño Jesús en el pesebre les ha abierto los ojos, para que pudieran reconocer la voz de su Dueño y Señor. De igual manera nosotros somos también como bueyes y asnos que necesitamos que el Señor nos abra los ojos para reconocerlo en el misterio de su Encarnación (2).

Estas reflexiones sobre la persona de Jesucristo se encuadran también dentro de los propósitos que nos ha puesto el Santo Padre, como preparación para el jubileo, al invitarnos para que durante este año 1997 hagamos una reflexión sobre Cristo, Verbo del Padre, hecho Hombre por obra del Espíritu Santo, con el fin de destacar el carácter claramente cristológico del lubileo, que celebrará. la Encarnación y la venida al mundo del Hijo de Dios, Misterio de Salvación para todo el género humano (3).

El misterio de la encarnación esclarece el misterio del hombre

Si queremos contemplar a Cristo, el "hombre nuevo" , es necesarío que nos adentremos primero en lo referente al misterio de la Encarnación.

Como bien sabemos, este Misterio es el dato central de nuestra fe cristiana (4) y de todo el testimonio bíblico, por cuya proclamación y defensa fueron capaces de morir los 'primeros mártires de la Iglesia. La Encarnación constituye el vértice insuperable y el cumplimiento absoluto de la historia de la salvación, y es, al mismo tiempo, la expresión más grande de la autocomunicación divina y de la dádiva del Espíritu Santo (5). Así mismo, por medio del Hijo de Dios que se hizo hombre y nació de la Virgen María, inicio histórico del acto redentor, la, historia del hombre ha alcanzado su cumbre en el designio del amor de Dios. En efecto, a través de la Encarnación, "Dios ha entrado en la historia de la humanidad y en cuanto hombre se ha convertido en sujeto suyo, uno de los millones y millones, y al mismo tiempo único". (6)

Realidad de la Encarnación: "y la Palabra de Dios se hizo carne"

A través de la respuesta de María a la llamada que le hacía Dios mismo para que fuera la Madre de su Hijo, se logró que por la acción del Espíritu Santo, Ella concibiese virginalmente un hombre, que es el Hijo de Dios.

Mediante ese "humanarse" el Verbo de Dios, la autocomunicación divina alcanzó su plenitud definitiva en la historia de la creación y de la salvación.

Esto es precisamente lo que San Juan quiere expresar cuando en el prólogo de su evangelio nos dice que "la Palabra se hizo carne" (Jn 1, 14). Por esta razón el Catecismo de la Iglesia Católica, al explicarnos en qué consiste la Encarnación, nos dice que es el "hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación" (7), lo cual no quiere decir que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano, sino que El se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. (8). He aquí el misterio de la Encarnación, que debemos tratar de comprender en toda su amplitud.

La Encarnación del hijo de Dios significa entonces "asumir la unidad con Dios no sólo de la naturaleza humana sino asumir también en ella, en cierto modo todo lo que es "carne" toda la humanidad, todo el mundo visible y material "El Primogénito de toda la creación", al encarnarse en la humanidad individual de Cristo, se une en cierto modo a toda la realidad del hombre, el cual es también "carne", y en ella toda "carne" y a toda la creación" (9). Esta dimensión cósmica de la Encarnación sin embargo encuentra su raíz en la identificación de Cristo, a través de ella con todos los hombres (10). Con este hecho Dios mismo ha querido superar todos los espacios de la infinita "distancia" que separa al creador de la criatura, permaneciendo no obstante, inefable e inescrutable (11)

La reflexión patrística y la teología bíblica han visto en este hecho un gesto de infinito amor del Padre hacia toda la humanidad. Más aún, a la luz del himno de la carta a los Filipenses (2, 58) se ha considerado la Encarnación como un momento esencial de la "Kenosis", es decir del proceso de abajamiento y de humillación que llega hasta el anonadamiento de la muerte de Cristo en la cyuz. Ciertamente que Encarnación y Redención son dos realidades que van estrechamente ligadas, pues se trata de un único y gran acontecimiento salvífico, el de la Encarnación del Hijo de Dios, que comienza con el nacimiento de Jesús en Belén, y termina en su pasión, muerte y resurrección, en Jerusalén. Por esta razón se les mira también unidas bajo el prisma del despojamiento del Hijo de Dios, que lo lleva a vivir plenamente la condición humana y a obedecer hasta el final el designio del Padre (12).

La Encarnación, misterio del "hombre perfecto"

Cuando se analiza este misterio bajo la óptica del abajamiento se trata de mostrar que existe una cierta contraposición entre los términos de la Encarnación: "Y la Palabra que se hizo carne", es decir la Palabra, que está ¡unto a Dios y que es Dios, de acuerdo también con lo que nos expresa el Apóstol San Juan (1,1), llega a hacerse por tanto verdadero hombre, nacido de mujer (Gal. 4,4) y, por consiguiente, es un ser que se sitúa en el espacio y en el tiempo, y, que igualmente es visible, palpable y mortal. Esta contraposición, siendo cierta, sin embargo no permite captar en toda su grandeza el amor de Dios y lo que El ha realizado por medio de la Encarnación. En efecto, para nosotros que somos vulnerables, frágiles y pecadores puede resultar incompatible que Dios se haga uno de nosotros, ya que El es Todopoderoso e impasible. Sin embargo, no podemos contraponer de manera tan radical nuestra humanidad con la divinidad, ya que hay que mirar la naturaleza humana, más bien, a la luz del "hombre perfecto", es decir del mismo Je'sús, en quien encontramos el fundamento de nuestra dignidad. (13)

No podemos olvidar que eI hombre y la mujer han sido creados a imagen y semejanza de Dios (Gen 1,2). Más aún Dios creó y planeó el mundo en Jesucristo, su propia Imagen increada (Col. 1, 15-17) y creó al hombre para que participara en su comunidad divina de amor al Padre con el Hijo unigénito.en el Espíritu Santo' (Ef. 1, 36) (14). Como bien recordaba el Papa Pablo VI, este es uno de los contenidos esenciales de la Evangelización, la cual debe "Testimoniar que (Dios) ha amado el mundo en su Hijo; que en su Verbo Encarnado ha dado a todas las cosas el ser, y ha llamado a los hombres a la vida eterna". (15).

Esta concepción del Verbo creador; ha sido una rica tradición de la Iglesia oriental en la que se subraya su presencia en el mundo antes de la Encarnación, es un punto clave para poder acortar la contraposición a la que hemos hecho referencia. El ser humano, desde el comienzo, ha sido llamado no sólo a participar de la comunión del amor divino, sino también a ser la imagen creada del Verbo que, a su vez, es' la imagen increada. De esa manera el ser humano es presentado en su inimaginable grandeza y en su perenne vocación, ya que ha sido "eternamente ideado y eternamente elegido" (16).

Existe al respecto una rica explicación por parte de San Irineo, el cual dice que Dios al crear al ser humano lo plasmó dándole la forma del verbo Encarnado y resucitado, a la manera como el escultor realiza su escultura. De ese modo, en el momento de la creación el futuro cuerpo glorioso del Verbo fue el paradigma para la creación del hombre.

En otras palabras, el primer Adán fue plasmado a imagen del segundo, y precisamente este segundo Adán al encarnarse toma la forma que debía tener el hombre.

Para San Irineo, por consiguiente, la Encarnación del Verbo en los planes de Dios era algo antecedente a la formación del ser humano y, de este modo, el verdadero hombre que ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios es el hombre carnal que tiene como modelo la "carne" del Verbo de Dios. Por esta razón el Verbo recapitula toda la creación porque siempre ha sido el ejemplar el que todo ha sido diseñado e ideado; en El lo que era invisible se hace visible, lo que era Verbo se hace Hombre y lo que era Humano se hace Divino.

La humanidad de Jesús no contradice en modo alguno su divinidad, por el contrario, su humanidad es el lugar donde se manifiesta su divinidad, donde se deja ver y donde invita al hombre a beber de ella. Ciertamente la humanidad de Jesús no ensombrece su divinidad, más bien es su " Epifanía", su manifestación luminosa. (17)

En la Encarnación Dios viene hasta, el hombre pecador

Si volvemos a retomar lo que decíamos anteriormente sobre la "kenosis", entonces es necesario hacer algunas precisiones, ya que el abajamiento de que nos hablan algunos textos paulinos no pueden referirse directamente a la Encarnación en cuanto tal, es deQir al hecho de que Dios se haya hecho hombre, sino a algunas particulares circunstancias' en las que él se ha realizado. En efecto uno de los textos clásicos es el de 2 Cor 8, 9: "Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para que vosotros os enriquecierais con su pobreza". El Verbo "se hizo" no puede interpretarse como una simulación sino que se trata de un hecho real, en el que se deja un estado para llegar a otro; esto, sin embargo no es lo que ocurre en la Encarnación, en la que el Verbo al hacerse Hombre no deja de ser Dios, pues Dios y hombre no se excluyen mutuamente. En realidad Dios no pierde nada de sí mismo para hacerse hombre. Sólo que El ha asumido una humanidad no en la carne espiritual ", es decir, en su condición de resucitado 'y glorificado, sino en la "carne de pecado ", compartiendo así toda nuestra situación menos la realidad misma del pecado.

A la luz de todo lo anterior algunos autores hacen una interesante interpretación del mencionado himno que encontramos en Fil. 2, 68, mirando las alusiones que se hacen al Adán del paraíso que se contraponen al Verbo Encarnado. Mientras que el primero por orgullo quiso "ser igual a Dios", Jesus que era de condición divina, no quiso retener a toda costa el ser como Dios. Sin embargo, la condición divina " de la que hace referencia el texto podría no referirse directamente a su realidad ontológica de ser Hijo de Dios sino más bien al hecho de que él no es " a imagen de Dios "como Adán, sino que es" la imagen" misma de Dios. La contraposición no estaría, por consiguiente entre la condición divina preexistente y la condición humana en cuanto tal, sino más bien referida al hecho de que asume una realidad humana envuelta en el pecado. Así, pues, el hombre tiene una imagen divina y ha querido empeñarse en ser como Dios, con lo cual ha desdibujado esa imagen. Jesús tenía derecho a esa igualdad con Dios por ser la verdadera imagen, se despoja de ella asumiendo una determinada manera de ser hombre. (18)

Todo lo anterior nos muestra que Dios es quien a través de la Encarnación viene en persona a hablar de si al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo (19); viene, pues, a buscar al ser humano, hecho a su imagen y semejanza, porque lo ama eternamente en Cristo y en El lo quiere elevar a la dignidad de hijo adoptivo (20). No podemos olvidar, como nos recuerda el Concilio, que el hombre y la mujer son las únicas criaturas que Dios ha querido por sí mismas (21) y sobre las cuales tiene su proyecto, es decir, la participación en la salvación eterna. Por consiguiente, a través de la Encarnación se ilumina aun más la grandeza del hombre, el cual ha sido llamado a participar de la naturaleza divina (2 Pe 1,4). Como bien expresaron los padres conciliares, "En realidad., el misterio del hombre no se aclara de verdad sin el misterio del Verbo Encarnado, el cual manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación" (22).

En efecto, se puede afirmar que el ser humano ha sido predispuesto para su "divinización,' según su condición histórica, de suerte que Dios, después del pecado del hombre, quiso restablecer con gran precio el designio eterno de su amor mediante la "humanización" del Hijo (23).

Cuanto se ha dicho en relación con la Encarnación nos muestra consiguientemente el valor incomparable de cada persona humana (24).

En verdad, tanto vale ante Dios que, como se canta la noche de la vigilia pascual, podemos continuamente exclamar: iQue valor debe tener el hombre ante los ojos del Creador, si "ha merecido tener tan gran redentor", Precisamente por ello, la dignidad humana encuentra su fundamento en el misterio de la Encarnación, ya que no se puede pretender mayor solidaridad con nosótros por parte de Dios, que la que encontramos a través de de la Encarnación de su Hijo Jesucristo (25); en realidad, a partir de allí surgen y toman pleno sentido los demás actos con los' cuales el Señor ha querido mostrar su amor por la humanidad (26).

El se hace solidario con todo ser humano, lo vivífica y lo integra a su misterio; le revela que es lo que hace más humano al hombre y que es Jo que lo deshumaniza (27). Por ello es necesario que con todo su ser el hombre se apropie de estos misterios para encontrarse a sí mismo e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo.(28).

Jesucristo "el hombre nuevo"

Una de las más ricas expresiones de la teología paulina es precisamente la de llamar a Jesucristo "hombre nuevo". Se trata de una reflexión que quiere sintetizar en Cristo lo' más novedoso de la antropología cristiana. El es el "Nuevo Adán" que inicia la historia nueva en el que los seres humanos, por el don de Espíritu, han sido hechos hijos de Dios (29).

Esta filiación divina, que recibimos por medio de Cristo, el Hijo de Dios, constituye el culmen de la "imagen divina" en el hombre y en la mujer, pues dicha imagen no se puede entender en sus últimas consecuencias sin la llamada a la filiación divina (30).

Teniendo en cuenta todo lo que hemos dicho acerca del misterio de la Encarnación hagamos ahora una reflexión sobre la "novedad" que hay que encuadrar en el contexto de la esperanza mesiánica del Antiguo testamento.

La dolorosa experiencia del pecado original

Como bien sabemos el pueblo de Israel fue tomando conciencia de la promesa de salvación que se vislumbraba desde el relato del génesis sobre el pecado original. Allí, en lo que se llama "protoevangelio" brilló la promesa de salvación (Gn. 3, 15). El pecado original había causado una ruptura en las relaciones de amistad que Dios había instaurado con el ser humano en el momento de la creación, ya que hubo una oposición de la voluntad del hombre a la voluntad de Dios, produciendo de esta manera un alejamiento de la verdad contenida en la palabra de Dios que creó el mundo

El hombre y la mujer habían recibido como don especial no sólo la racionalidad y la libertad como propiedades constitutivas de naturaleza humana, sino además, la capacidad de una relación y diálogo personal con Dios. La dimensión originaria del pecado fue la "desobediencia", que significa rechazo del don recibido y del amor, dar la espalda a Dios y cerrar la libertad humana ante el, despreciario en cuanto fuente única y definitiva del orden moral en el mundo creado por él, a causa de la pretensión del hombre de llegar a ser fuente autónoma y exclusiva del decidir sobre el bien y el mal. los primeros padres habían llegado a esta situación instigados por el demonio, que hábilmente falseó la verdad del hombre, precisamente al falsear también la verdad sobre Dios; en efecto, colocó al cre' ador en estado de sospecha, más aún en estado de acusación ante la conciencia de la criatura "es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él (del arbol de la ciencia 'del bien y del mal), se os abrirían los ojos y seréis como dioses" (Gen 3, 5). Se injertó consecuentemente en el hombre el germen de la oposición a aquel que, por lo tanto debía ser considerado como enemigo del hombre y no corno Padre. De esta manera el ser humano se convirtió en el adversario de Dios (31).

En Jesucristo se cumple la promesa

A lo largo del Antiguo Testamento la promesa de salvación siempre estuvo orientada hacia el futuro. Cada vez con mayor claridad se reconocía que el objeto de aquella estaba más allá de cualquier realización lograda en la historia. Efectivamente, su cumplimiento se inició con la llamada de Abraham para que formara un pueblo, el nacimiento de Isaac y la posesión de la tierra. Luego con la liberación de la esclavitud y con' el retorno al exilio. Sin embargo permanecía latente la necesidad de la unión de Dios con su pueblo. Igual sucedió con la alianza, en la que Dios siempre tomaba la iniciativa, como ofrecimiento de una gracia que provenía de la elección (cf. Dt, 7,6). El pueblo no se cansaba de quebrantar esos pactos, como Dios de ofrecer nuevas posibilidades, hasta prometer una nueva alianza en la que se esQribiría la ley en el Corazón de los hombres (Jer 31, 31-34). De la misma manera el reino tuvo que pasar por distintas etapas en las que aparecía que Dios proseguía su plan con una continuidad misteriosa, revelando en el fracaso mismo una dimensión nueva de la economía de la salvación, hasta llegar el anuncio de un nuevo reino vivido en el corazón del hombre (Jer, 11, 35; Ez. 11,19-20).

Sintetizando todas estas expectativas el profeta Isaías (43,16.18-9) había claramente anunciado: "Así dice el Señor (...): no recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo lo nuevo".

Todas estas expresiones de la promesa divina, como también la espera del Mesías, se concretaron y se realizaron de manera sorprendentemente admirable en Jesucristo. La Encarnación del Hijo de Dios 'superó totalmente cualquier cálculo humano pues se trataba de un don gratuitd de Dios que venía a dar plenitud.a la promesa divina. La Encarnación, por consiguiente, constituye la gran novedad del cristianismo, a través de la cual Jesucristo se presenta como la realización plena de la Promesa, como la Nueva Alianza eterna y definitiva, como la presencia del Reino de Dios entre los hombres y es, al mismo tiempo, el Mesías y único Salvador de toda la humanidad (32).

La novedad del Verbo Encarnado

Precisamente por el misterio de la Encarnación, que está estrechamente ligado al de la Redención, podemos afirmar que Cristo es el "hombre nuevo", es decir el hombre perfecto que ha restaurado en la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada desde el primer pecado. El, que vivía permanentemente en contacto de diálogo amoroso con Dios su Padre, por virtud de su sangre derramada en la cruz, nos arrancó de la esclavitud del pecado, reconciliándonos con Dios y abriéndonos un camino que, si nosotros lo seguimos, nos permite descubrir el nuevo sentido de la vida y de la muerte que, a su vez, han quedado santificadas (33). Cristo es el "hombre nuevo" en contraposición la "hombre viejo", sometido a la ley del pecado (cf. Ef. 4,22).

En efecto, el hombre viejo fue crucificado con Cristo, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado (Rom 6,6), y pudiéramos llevar una existencia en la que continuamente haya una victoria del espíritu sobre la carne ('Gal. 1625; Rom. 8, 5-13).

La novedad de Cristo, por consiguiente, no se refiere a algo reciente y joven, sino a la novedad en su naturaleza, por tanto cualitativamente mejor. Así, pues, la gran obra de renovación es la salvación traída por Cristo:

El es el presente de la salvación prometida a toda la humanidad. Al respecto nos dice San Ireneo: "Cristo trajo toda la novedad trayéndos'e a sí mismo.

Jesucristo, por consiguiente, ha venido a restablecer la imagen y la semejanza que había plasmado en el hombre y en la mujer en el momento de la creación, según el modelo de su húmanidad resucitada y gloriosa, de tal modo que en el resucitado se forma la "nueva humanidad". Ahora bien, la presencia de Jesús sobre la tierra ha indicado el camino por el cual el hombre encuentra la verdad y la plenitud de su ser: la íntima unión con Dios. En efecto, en Cristo la unión perfecta de Dios y el hombre en una Persona ha suscitado el modelo definitivo de la perfección humana. Jesucristo es al mismo tiempo el volverse de Dios al hombre y la respuesta de este último a la acción divina.

Hay que tener en cuenta que si la "desobediencia" era la dimensión originaria de la condición pecadora, la "obediencia" constituye el rasgo tundamental de Cristo (cf. 1 Co. 15, 45-47). Por la obediencia al plan divino se enaltece nuestra libertad humana, a través de la cual damos una respuesta a Dios, que significa ponerse a disposición suya de manera continúa y sin límites para amar a aquél que desde siempre nos ha amado La obediencia de Jesús, su disponibilidad para Dios y para los demás, es el modo concreto de existencia de la salvación en la historia, En efecto, una característica decisiva de la figura de Jesús consiste en que su esencia no está en existir como "hipóstasis", es decir, subsistir en sí mismo (expresión griega que significa suprema perfección), sino que su esencia es más bien el "existir para los otros": por eso él es autoentrega, autodonación, El es el que intercede, el solidario. "Jesús manifiesta, además, con su misma vida y sólo con palabras, que la libertad se realiza en el amor, es decir, en el don de uno mismo (34).

Y así corno con respecto a Dios es existencia total en la receptividad y en la obediencia, de igual modo respecto a nosotros es existencia totalmente en la entrega y la sustitución, de modo que Jesús toma sobre sí la historia entretejida de culpa, pero por obediencia voluntaria al plan divino le da una cualidad superior y pone un nuevo comienzo. Por su obediencia y servicio se detiene la historia de desobediencia, de odio y de mentira. Jesucristo, por consiguiente, viene a mostrarnos que la libertad es posible en concreto a través de la solidaridad, viviendo nuestra libertad para los demás (35)

Cristo aparece por lo tanto ante nosotros como Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad, como Aquel que libera al hombre de lo que limita, disminuye y casi destruye esta libertad en sus mismas raices (36). "En El se ha reveladode un modo nuevo y más admirable la verdad fundamental sobre la creación que testimonia el libro del Génesis cuando repite varias veces: «Y vio Dios que toda era bueno" (...). En Jesucristo el mundo visible creado por Dios para el hombre adquiere nuevamente el vínculo original con la misma fuente divina de la Sabiduría y el Amor" (37).

El comportamiento humano de Jesús

Si tomamos en cuenta, por una parte, lo que exige la Encarnación del Hijo de Dios, en cuanto asunción de toda la realidad humana, menos del pecado; y por otra la libre obediencia al plan divino, en cuanto "hombre nuevo"', se hace ahora necesario que confrontemos cuáles fueron las actitudes humanas de Jesús, de tal manera que nos sirven de modelo en nuestra vida cristiana. Cuando se expone a continuación no es sino una breve síntesis de todo lo que se podría decir de Jesús al respecto. Por ello se toman únicamente algunos aspectos que nos parecen relevantes.

Su lucha interior contra el mal

Quizá uno de los aspectos que más pueden impresionar al hombre contemporáneo es la capacidad que puede tener una persona de aceptar con alegría y profunda libertad la voluntad de Dios. Alguien que actúa así casi que va contra la corriente. A lo largo de la historia, pero sobretodo en el momento presente, todo ser encuentra innumerables obstáculos en su camino y se le dificulta incluso saber discernir qué es lo que quiere del Señor. El mal se presenta como un bien y este muchas veces es rechazado como un mal (38). Se siente tentado continuamente a satisfacer sus egoísmos y alejarse de Dios (39). Sin embargo, ser tentado constituye parte esencial de la condición humana.

Ahora bien, cuando se constata que Jesucristo tenía la imposibilidad de pecar, por ser el Hijo de Dios, se podría tener la tentación de pensar que El no compartió plenamente nuestra realidad humana. Sin embargo, la afirmación de fe según la cual El es "hombre perfecto" quiere expresar que ha vivido una existencia terrena a la cual nada falta de humano. El no ha sido una excepción ni una simulación del hombre.

El hecho que no haya tenido pecado no lo separa de nosotros, por el contrario nos presenta en su radical "novedad", pues no podemos olvidar que el pecado consiste, en un acto de libre voluntad de la persona, en la que el hombre se disminuye y se deshumaniza al desviarse de su destino esencial que consiste en la relación con Dios (40). En Cristo, más bien, podemos encontrar la perfección de todo ser humano, tal como salió de las manos de Dios. Por eso mismo su estar sin pecado, lejos de separarlo, lo liga más profundamente a nosotros ya que el quiso solidarizarse con los pecadores experimentando la tentación y teniendo que luchar humanamente para salir victorioso.

En los evangelios aparecen algunos vestigios de las tentaciones de Jesús, en los que se ve, por una parte, que El fue invitado a dejar de lado el aspecto doloroso de su misión (Mc. 8, 32s) (41), y que el pueblo tuvo la intención de proclamarlo rey (Jn. 6, 15), y por otra, que en Getsemaní tuvo miedo de afrontar su pasión (Lc. 22, 42) y ya crucificado fue incitado a que se salvara a sí mismo (Mt. 27, 42 s), aprovechando de sus poderes en bien propio. Sin embargo los evangelios concentran las tentaciones de Jesús en un relato que se coloca al comienzo de su vida pública, tras el episodio de su bautismo, de tal manera que aquellas juntamente con este se presentan como una clave hermenéutica para comprender la vida de Jesús. En efecto, en su bautismo, se prefigura el misterio de la muerte y la resurrección del pecado y del perdón, de tal manera que en él hay como una anticipación de la cruz, ya que no teniendo pecado, Jesús ingresa a nuestro destino, aceptando nuestros pecados y nuestra muerte.

Las dos primeras tentaciones comienzan con una condicional "si eres hijo de Dios...", lo que indica una aceptación de la filiación divina de Jesús por parte del tentador pero tratando de sacar unas conclusiones cerradas.

Es lo mismo que oirá Jesús en' su pasión: "si eres Hijo de Dios, baja de la cruz" (Mt. 27 40) exigiéndole así que probara la autenticidad de sus pretensiones.

En la primera tentació aparece la sugestión de usar de su relación privilegiada con Dios para su propio provecho (Lc. 4, 3), eludiendo de esta manera la tarea del hombre en el mundo. La respuesta de Jesús equivaldría a decir que su filiación divina en modo alguno altera la condición humana (42). Sin embargo, de acuerdo con una ligera variante que presenta Mt. 4, 3, se podría entender todavía en un sentido más amplio, no referida 'únicamente a saciar el hambre de Jesús, sino el hambre de la humanidad (43). ¿No sería este un signo válido para hacerse reconocer como el redentor? ¿Preocuparse por saciar el hambre del mundo, no sería igualmente un signo de la presencia de la Iglesia en el mundo?

El cardenal Ratzinger en una reciente meditación, precisamente aborda esta temática (44) y subraya que para entender bien la respuesta de Jesús es necesario recordar hechos de su vida entre ellos el milagro de la multiplicación de los panes, en el que se destacan tres elementos: la búsqueda de Dios, la súplica de pan a El y la disponibilidad recíproca a compartir. Igualmente es necesario recordar que el mismo Jesús se hace pan para nosotros. La respuesta de Jesús por lo tanto, quiere colocar la primacía de Dios. Tenemos que obedecer a Dios, pues sólo así pueden desarrollar los principios morales que pueden proporcionar también pan para todos,

La segunda tentación (tirarse del alero del templo: (Mt. 4, 57) se refiere al modo de concebir la misión de Jesús, ya que el tentador le pide que haga un gesto inequivocadamente mesiánico, de acuerdo con las esperanzas populares de su época. Jesús tendrá que dar una señal de que El es Mesías esperado pues ¿cómo puede ser verdaderamente Hijo de Dios un hombre que no tiene poder mundano? Esta tentación siempre ha estado presente, pues en todas las épocas se ha querido pedir señales a Dios, delando de lado la cónfianza de la fe, para aferrarse a una seguridad humana. La respuesta de Jesús incluye toda su vida, hasta bajar al abismo de la muerte, dando ese salto como un acto de amor de Dios a los hombres.

La última tentación se refiere más bien al poder, al endiosamiento del hombre: poseer todos los reinos y sus potestades es un acto de idolatría. El tentador le ofrece a Jesús ampliar los poderes que tenía como Hijo de Dios al campo mundano (Mt 4, 811). La respuesta de Jesús, además de Colocar a Dios por encima de todo, se adecúa a su obediencia total a los planes del Padre: sólo el poder que se pone bajo el juicio de Dios puede convertirse en poder para el bien. El tentador igualmente nos propone no directamente su adoración, sino que prefiramos el mundo planificado y organizado, en el que Dios puede tener su lugar como un asunto privado, pero que no puede interferir en nuestras opciones esenciales (45).

La oración, comunicación amorosa con su Padre

A lo largo de toda su vida terrena Jesús mantiene un diálogo con su Padre a través de la oración. Son muchos los pasajes del Evangelio en los que encontramos orando a Jesús, e incluso no hay acontecimientos importantes en su vida que no esté enmarcado con la oración. En ella Jesús tiene una familiaridad, inusual sobre todo en su época, con Dios, a quien lo llama "Abba", dejándonos ver así su relación de afecto, reverencía y obediencia. A través de la oración Jesús revela la cercanía de Dios, de quien nos dice que está siempre pendiente de los seres humanos, se preocupa por las hierbas del campo y alimenta los gorriones del cielo (cf. Mt. 6, 30; 10,31). Ora en el momento del bautismo (Lc 3,21), lo hace con frecuencia en la montaña (Mt 14, 23), antes de la elección de los Doce (Lc. 6,12), en la transfiguración (Lc. 9,29>, antes de realizar algunos milagros (Jn 11, 41) y de pronunciar algunos de sus discursos. Es tan atractiva su oración, que sus más allegados le piden que les enseñe a orar (Lc. 11,1).

En el monte de los olivos quiere que sus discípulos oren con él y es precisamente en la oración en donde toma la fuerza para entregar su vida por toda la humanidad. El sabe que el Padre lo escucha y que todo le es posible, pero se pone en actitud de total obediencia para que cumpla la voluntad salvífica del Padre (Mc. 14, 36). En su oración, además de estar en escucha y diálogo con el Padre, pide por los suyos y por su misión, para que Dios los mantenga unidos eñ la verdad. Ruega para que el señorío de Dios como Padre sea la expresión de la "novedad" que ha venido a traernos y para que resplandezca con todo su fulgor el amor divino.

Con su actitud de oración, Jesús nos enseña que solamente la oración puede lograr que los grandes acontecimientos y las dificultades del mundo contemporáneo no se conviertan en fuente de crisis, sino en ocasión y como fundamento de catequistas cada vez más maduras en el camino del Pueblo de Dios hacia la Tierra Prometida (46). La actitud de oración de Jesús representa para nosotros una continua llamada a la santidad.

El Coraje de Jesús

La vida pública del Señor comienza precisamente con esa lucha contra el adversarios, para indicarnos qué mesianismo es de combate. El comparte lo que tienen que vivir la iglesia, que se debate en el drama cotidiano de la lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. De esa manera Jesús muestra su coraje y su decisión frente ,a las fuerzas del mal, como aparece también en otros episodios: la curación del endemoniado de Geraza (Mc. 5, 1-20), en el que se enfrenta duramente contra el enemigo. Allí Jesús lucha contra lo irracional, lo que no logramos superar: las angustias, el nerviosismo, el miedo, la confusión, para conducir hacia el orden, la armonía y la paz. En este episodio el Señor nos enseña a afrontar con coraje aquello que turba a la humanidad y tratar de desviar esas fuerzas del mal. Así mismo nos descubre su coraje en el episodio de la tempestad calmada, en el que se opone a las fuerzas indomables de la naturaleza. Allí podemos ver cómo su valentía proviene de la fe (Mc 4, 37-41). De manera todavía más admirable, su coraje lo encontramos en el modo como afronta su muerte. Vence ese momento inicial de miedo y angustia, para ir hacia ella ,reconociendo que es parte fundamental de su vida y de su misión (cf. Mc. 8, 31-34; 14, 32-42). Su filiación divina, su donación plena del Padre y su total confianza en El es la fuente de su valentía.

Jesús, Camino de libertad

Entre los rasgos más característicos de Cristo están: frente a su familia se comportó de manera libre, sin permitir que los suyos impusieran su conducta (Mc. 3' 21, 31-35) y por ello exigió a sus seguidores esa libertad frente a su familia (Lc. 14, 26-28)

Se mostró igualmente libre frente a los imperativos de una ley que aparecía como una carga insostenible, para mostrarnos en cambio la verdadera ley del amor (cf. Mt 12,14) en la que debe prevalecer la misericordia sobre el sacrificio. Por esa razón se rebeló contra los maestros de la ley que imponían sus conveniencias sociales y sus reglas, y favoreció en cambio a los pequeños (cf. Lc. 14, 3754). Frente al poder político de su época tuvo una total libertad, no se dejó enredar en componendas y no tuvo miedo de denunciar duramente a Herodes y a quienes detentaban el poder (Lc 13,32); así mismo se mantuvo libre frente a ciertos movimientos revolucionarios y frente a los grupos proféticopenitenciales de su tiempo.

Jesús, por el contrario, buscó más bien a aquellos que son rechazados por la sociedad, a los pobres y a los débiles, a los publicanos y a los pecadores, a las prostitutas y a quienes eran considerados impuros por la ley. A este respecto son múltiples los testimonios de los evangelios: el encuentro con la pecadora en la casa del fariseo (Lc 7, 36,50), el perdón de la mujer adúltera (Jn 8, 311), el episodio de Zaqueo (Lc 19, 1 10), sus comidas con los pecadores (Mc. 2,15; Mt 9,10). De igual manera fue impactante su actitud frente a la mujer, en un ambiente en el que simplemente se la consideraba subordinada respecto al hombre y en donde en la vida civil no se le concedía ni siquiera voz, Jesús tuvo un comportamiento con las mujeres en el que las estimó, las valoró y las respetó. El vino a liberarlas de esa situación de discriminación que pesaba sobre ellas y por esta razón, a lo largo de su vida', la mujer ocupó también un puesto importante desde María e Isabel (Lc 12), hasta María Magdalena que será testigo oficial del Resucitado (Lc 20,18), pasando por Martha y María (Lc 10, 38-42), por la viuda pobre del tesoro del templo (Lc 21,14), la hemorrosína (Lc 8, 43-48), las mujeres de Jerusalén Lc 23,27), la samaritana (Jn 4, 7-42) y aquella que lo acompañan junto a la cruz (Jn 19, 25-27).

La libertad de Jesús tuvo que impactar tanto, hasta el punto que un doctQr de la ley se atrevió a decirle: "Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, por no miras la condición de las personas" (Mt 22,16).

Con su propia vida, el pone de presente que lá libertad se realiza en el amor, es decir, en ei don de uno mismo.

Por eso va libremente al encuentro de su pasión (Mt 26, 46) y en su obediencia al Padre quiere hacernos comprender cuál es la vía que debemos caminar cada día si queremos comprender el verdadero significado de la libertad: "el don de uno mismo en el servicio a Dios y a'los hermanos" (47).

La amistad de Jesús

Si hay algo que impresiona mucho en la vida de Jesús es su alto concepto sobre la amistad y el modo como vive. No en vano ha dicho: "nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13).

A lo largo de su vida en varias ocasiQnes encontramos rasgos de su amistad: mira con amor al joven rico y lo invita a la praxis del desprendimiento y la solidaridad (Mc. 10,17-22); tiene una gran amistad con Lázaro y sus hermanas Marta y María (Jn 11,5) y llora ante la tumba de su amigo (Jn 11,35); de acuerdo con los 'relatos evangélicos, se trataba de una amistad fiel, pues El iba con frecuencia a Betania a visitarlos (Lc. 10, 38-42) y por eso realiza allí el último banquete antes de su muerte (Mc. 14, 39).

Entre sus apóstoles tiene especial predilección por Juan, es el discípulo amado a quien confía su Madre en el momento de su muerte (Jn 19, 26-27) Este apóstol logra descubrir' el amor del Hijo de Dios, y, a lo largo de todo su evangelio, expresa un cariñoso recuerdo de su amistad con el Señor. Igualmente muestra una actitud amistosa al buen "ladrón" que le suplica con fe que se acuerde de él en su reino (cf. Lc 23, 41-43).

Con todas estas manifestaciones de amistad nos quiere enseñar que ésta es un don divino, gratuito, un misterio de bondad y'benevolencia hacia los demás. Es una realidad que da sabor a la vida humana, incluso a la del Hijo de Dios y que debe ser vivida fielmente hasta la muerte.

En realidad en Jesús se confirma que, solamente se puede llamar verdadera amistad a aquel amor mutuo que busca desinteresadamente el bien del otro. (48).

Su vida pobre y célibe

Algo que impacta también en los evangelios es la forma como parece traducirse su oposición fundamental en su comportamiento: la pobreza. Jesús es el pobre. Una pobreza elegida libremente como expresión de su incondicional confianza en el, Padre (Jn 4, 34). Vivió pobremente en Nazaret (Mt 13, 55) y durante su vida pública actuó con gran pobreza, ,hasta poder decir que' no tenía siquiera, "donde reclinar la cabeza" (Mt. 8,20). Murió pobre, privado incluso de lo poco que tenía: sus vestidos (Mt 27,35). Asimismo se presentó libre en su relación con los demás, pues se acercaba a ellos no para poseerlos o instrumentalizarlos, sino para amarlos tal como eran (Mt 20, 28). De ahí surgé su elección de vida célibe, no como una forma de ,desprecio al amor humano o a la mujer, sino como fruto de una donación más grande, como pertenencia total e incondicionada a su misión, de tal manera que pudiera permanentemente "hacerse todo para todos" (49).

Además de lo anterior encontramos en él sólo palabras de amor y amistad, sino una dedicación privilegiada por los pobres y tos que sufren, por los desposeídos y los humildes, por los despreciados y marginados. El ha venido a liberar al hombre de todo lo que lo oprime, pero sobre todo par liberarlo del pecado. Por esto lo largo de su vida exigió misericordia y solidaridad, conversión y fe, justicia y reconciliación porque eran estas características de su existencia. En efecto, El siempre "ha dado ejemplo en su trato con los hombres. Al venir no a juzgar sino para salvar" (cf. Jn 3,17).

El fue ciertamente intransigente con el mal pero misericordioso hacia las personas" (50).

Así pues, Jesús por su comportamiento ejemplar aparece como el hermano de todos a quienes acoge con amor y misericordia.

Conclusión

Su mensaje de perdón y reconciliación tiene que dar luz y esperanza a un mundo que se debate en guerras fratricidas y que ha absolutizado la violencia como medio para imponer ideas y para lograr botines económicos y políticos; su vida de amor y la manifestación en el servicio mutuo, en la autodonación sacrificada, en el compartir con generosidad fraterna, en la solidaridad 'constante. Frente a la "cultura de muerte" que nos invade, Cristo, Señor de la vida, nos recuerda constantemente la inviolabilidad de nuestro ser y el respeto por toda vida humana.

Contemplando pues, los evangelios, encontramos una figura humana de Jesús que nos llena de ilusión y de alegría. En él vemos que es posible vivir una vida auténticamente humana, en la que haya un sentido claro de la existencia y en la que la relación con Dios marque plenamente los caminos que hay que recorrer. Por ello, Jesús es el camino, no simplemente porque nos indica un prógrama humano o nos dé ejemplo de virtudes humanas, sino porque es la senda íntegra, esencial, nueva, que nos conduce a la verdadera libertad; él se reafirma que sólo podrá recibir la vida quien dé vida (M 8,35).

Al contemplar a Jesús en su Encarnación y al reconocer la gran "novedad" con la que ha venido a enriquecernos, y de la cual nos ha dado muestras a lo largo de su existencia terrena, nuestros sentimientos hacia El tienen que ser los de un profundo deseo de asimilarnos a El. Ciertamente de El encontramos el sentido de nuestra vida. Con él podemos vivir la grandeza' de nuestra dignidad humana que ha sido iluminada con el misterio de su Encarnación. El misterio de Jesucristo es una llamada a vivir nuestra existencia en el amor y la fraternidad, como expresión de nuestra filiación divina. Por eso tenemos que configurarnos a Cristo, asimilarnos a El, para poder decir como Pablo: "para mí vivir es Cristo" (Fi 1,21).

Referencias

(1) Concilo Vaticano II, Gaudíum et spes, 22.

(2) Cf. J Ratzinger, Cooperadores de la verdad. (Reflexiones para cada día del año) 466 s.

(3) Cf. Juan Pablo II Tertio Milenio Adveniente 40.

(4) Cf. Juan Pablo ll, Dominum et vivificantem, 49.

(5) Al respecto nos dice el Santo Padre "El donarse salvifico que Dios hace de sí mismo y de su vida en cierto modo a toda la creación y' directamente al hombre, alcanza en el miste rio de 'la Encarnación uno de sus vértices. En efecto, este es un vértice entre todas las donaciones de gracia en la historia del hombre y del cosmos". Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 9.

(6) Juan Pablo II, Redemptor honunis, 1.

(7) Catecismo de la Iglesia Católica, 461.

(8) Cf. Ibid, 464.469; Concilio de calcedonia DS 301 - 302

(9) Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, 50.

(10) Cf. Concilio vaticano II, Gaudium et Spes, 22; Juan Pablo II, Redemptoris Hominis, 13.

(11) Cf. Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 51.

(12) Cf. Juan Pablo II Redemptoris Missio, 88.

(13) Cf. Concilio vaticano II, Gadium et spes ,22.

(14) Cf. Documento de Puebla, 182.

(15) Pablo VI Evangeil Nuntiandi, 26.

(16) Cf. Juan Pablo II, discurso inaugural de Puebla, 19.

(17) Cf. Jean NoeI Bezançon, Jesus le Christ, (Paris 1988), 109 112.

(18) Cf. J. I. González Faus, La humanidad nueva. Ensayo de cristología, (Bilbao1984)185-192. Este autor sigue dicha interpretación basándose en la traducción de Fil. 2, 86 que trae P. Lamarche en su libro cristo vivo, (Salamanca 1968) 46 47: "siendo la imagen de Dios no consideró como botín el ser como Dios sino que se vació de su imagen al asumir la imagen del Siervo y hacerse como uno de los hombres y mostrándose en esa condición humana se humilló hecho obediente hasta la muerte (y muerte de cruz) por lo que Dios lo sobreexaltó y le dio el nombre que está sobre todo nombre"

(19) Juan Pablo II, Tertio Milenio Adveniente, 6.

(20) Ibid, 7.

(21) Cf. Concilio vaticano II, Gaudium et Spes, 24.

(22) Ibid, 22.

(23) Cf. Juan Pablo II Redemptoris Mater, 51.

(24) Cf. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 2.

(25) El Santo Padre en Redemptoris Hominis, 13, comenta al respecto: "La Iglesia desea servir a este único fin que todo hombre pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo, contenida en el misterio de la Encárnación y de la redención, con la potencia del amor que irradia de ella".

(26) Cf. Concilio vaticano II, Gaudium et Spes, 32.

(27) Cf. O. Ruiz Arenas, la Doctrina Antropológica de Puebla (Bogotá 1992)109 - 126.

(28) Cf. Juan Pablo II, Redemptons Hominis, 10; veritatis splendor, 8.

(29) Cf. Documento de Puebla, 197.

(30) La Comisión Teológica Internacional dice al respecto: La redención no convierte la naturaleza humana simplemente en algo divino, sino que la eleva según la medida de jesucristo (...) En este sentido , la "deificación" entendida correctamente hace al hombre perfectamente humano: la "deificación" es la verdadera y última humanización del hombre. Documentos 1980 1985 "Teología Cristología Antropología" (Doc. 1981)17 - 18.

(31) Cf. Juan Pablo II, Dominum et vivificantem; 33-38

(32) Cf. O. Ruiz Arenas, Jesús, Epifanía de! Amor del Padre, (Bogotá, 1987) 118 - 122

(33) Cf. Concilio vaticano II, Gaudium et spes 22.

(34) Cf. Juan Pablo II Veritatis splendor, 86.

(35) Cf. W. Kasper, Jesús el Cristo, (Salamanca 1978), 256 - 280)

(36) Cf. Juan Pablo II, Redemptor Hominis, 1, 2.

(37) Ibid, 8

(38) Cf. Juan Pablo II, vertatis splendor, 93.

(39) El Santo Padre dibuja esta situación de manera dramática recalcando en la necesidad de que "la Iglesia asuma con una conciencia más viva el pecado de su hijos recordando todas las circunstancias en las que, a lo largo de la historia, se han alejado del espfritu de Cristo y de su evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y escándalo". Cf. Juan Pablo II Tertio Milennio Adveniente, 33.

(40) El Catecismo de la Iglesia Católica N. 1850, nos describe el pecado como una ofensa a Dios, una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse "como Dioses" pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3, 5). El pecado por lo tanto es "amor de si mismo hasta el desprecio de Dios" Se trata, por consiguiente, de algo diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación.

(41) Los mismos apóstoles no habían logrado entender la necesidad de su pasión. Ante el anuncio de ella el mismo lo recrimina (Mc. 8 - 32 s).

(42) Cf. J. González Faus, La Humanidad Nueva, 172 - 174

(43) Mientras que el texto de Lucas dice. "si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convIerta en pan", Mateo habla más bien en plural ".Dile a estas piedras que se conviertan en pan.

(44) Cf. J. Ratzinger, Contemplar a Jesucristo", L, Observatore Romano, 10 - 12.

(45) Cf. Ibid, 12.

(46) Cf. Juan Pablo II Redemptor Hominis, 22.

(47) Juan Pablo II veritatis splendor, 87.

(48) Santo Tomás de Aquino al profundizar sobre la amistad nos hace ver que ella no es algo especfficamente diverso a la caridad, sino que es un tipo de esa misma virtud. Igualmente estaba convencido del amor permanente de Dios al hombre, de tal manera que la Redención no buscaba otra cosa que restablecer esa amistad. la muerte de Cristo en la cruz es la revelación del amor infinito de Dios, que espera la correspondencia del hombre en el amor, ya que entre los rasgos esenciales de la amistad se encuentra la reciprocidad, juntamente con el amor generoso y la libre y consciente aceptación de ese amor. Cf. C.l. González, Amistad y Salvación. La Redención como abra de la amistad de Cristo en Santo Tomás de Aquino (México,1 982).

(49) Cf. Forte, Jesús de Nazaret, historia de Dios, Dios de la historia (Madrid 1983). 227 - 229.

(50) Pablo VI, Humanee vitae, 29.

Trabajo Grupal

Conclusiones primera ponencia

  1. A la luz del Misterio de la Encarnación y teniendo en cuenta sus implicaciones en relación con la dignidad humana, en qué aspecto habría que insistir más en la catequesis para que dicho misterio (La Encarnación> aparezca verdaderamente como aquel que manifiesta la grandeza del hombre y la sublimidad de su vocación?
    • Respetar la dignidad del hombre, conociendo los derechos y deberes individuales y colectivos.
    • Asimilar la persona de Jesús dentro de la cultura moderna.
    • La Encarnación como principio inseparable de Redención, aceptando a Jesús como eje central de nuestras vidas.
    • Humildad, disponibilidad, obediencia y coherencia, sobre lo que se vive y se predica.
    • Respeto y conocimiento de la realidad de los niños.
    • Hacer que la catequesis sea una expenencia de Dios entre los hombres, desde su propia realidad.
  2. En Cristo el hombre nuevo, nosotros también somos hombres nuevos por medio del bautismo, cuáles deben ser los principales valores que debemos inculcar en la catequesis para asimilarnos verdaderamente a Cristo?
    • El perdón, la acogida, la comprensión, el servicio, la paz, el amor, la tolerancia, la humildad, el respeto.
    • El amor es la base para rescatar los valores; si no tenemos amor no tenemos capacidad de vivir y descubrir el verdadero sentido de la vida en Cristo.
    • La oración como medio reaJ y eficaz de comunicación directa con Dios.
  3. San Pablo resume su asimilación al Señor diciendo: "Para mi vivir es Cristo". ¿Qué figura. de Cristo tenemos que presentar y de qué manera tenemos que hacerlo, para que la catequesis sea una verdadera llamada a insertarnos en Cristo?
    • Una figura de Jesús humano, con las características propias de cada cultura.
    • Un Jesús amigo, Maestro, Amor, cercano a nosotros.
    • Un Jesús profeta, orante, sacerdote y entregado al hombre en el servicio.
    • Una figura de Cristo vivo y resucitado.

1a. Ponenccia

La Encarnación de Cristo, una experiencia de Dios entre los hombres
  El misterio de la encarnación
    Realidad de la Encarnación
    Misterio del "hombre perfecto
    Dios viene hasta, el hombre pecador
  Jesucristo "el hombre nuevo"
    Experiencia del pecado original
    En Jesucristo se cumple la promesa
    La novedad del Verbo Encarnado
  El comportamiento humano de Jesús
    Su lucha interior contra el mal
    La oración, comunicación amorosa con su Padre
    El Coraje de Jesús
    Jesús, Camino de libertad
    La amistad de Jesús
    Su vida pobre y célibe
  Conclusión
  Referencia
Trabajo Grupal

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Actualizado: 2/16/05 - webmaster