IV Congreso
Eucaristía, sábado 3 de julio de 1999
Monseñor Octavio Ruiz habló sobre la labor del catequista a la luz de las palabras de María:
Cristocentrimos de la catequesis
Cuando hablamos 1de la labor del catequista no podemos olvidar que sólo Cristo es nuestro Maestro (Mateo 23, 10), ya que El es "Maestro que revela a Dios a los hombres y al hombre a sí mismo; el Maestro que salva, santifica y guía, que está vivo, que habla, exige, que conmueve, que endereza, juzga, perdona, camina diariamente con nosotros en la historia; el Maestro que viene y que vendrá en la gloria (Exhort. Apost. Catechesi Tradendae 9 ). Por lo tanto, sólo en la escuela de Jesús, siguiéndolo a El, el catequista puede cumplir a cabalidad su misión con la fuerza del Espíritu Santo que el mismo Señor envió a los discípulos para que los guiara a la verdad plena y les sostuviera en los inevitables momentos de dificultad.
Así mismo es necesario tener siempre presente que la catequesis tiene como finalidad hacer madurar nuestra adhesión a Jesucristo, de tal manera que conociéndolo mejor a El, nos unamos con todo aquello a lo que el propio Jesucristo estaba unido, es decir con Dios, su Padre, que le había enviado al mundo y con el Espíritu Santo, que le impulsaba a la misión; con la Iglesia, su Cuerpo, por lo cual se entregó; con los hombres, sus hermanos, cuya suerte quiso compartir (Directorio General para la catequesis, 81). Ahora bien, el hecho de que Jesucristo sea la plenitud de la Revelación es lo que constituye el "Cristocentrismo" de la catequesis, por lo cual "el misterio de Cristo, en el mensaje revelado, no es un elemento más junto a otros, sino el centro a partir del cual los restantes elementos se jerarquizan y se iluminan" (Ibed., 41).
El cristocentrismo de la catequesis no impide, sin embargo, que podamos encontrar también en María algunos elementos válidos para el cumplimiento de nuestra misión. La figura de María ciertamente no aparece, ni puede aparecer, como centro del mensaje, puesto que, como lo hemos subrayado, el centro es Cristo y su obra salvadora, pero ella, por su posición privilegiada y por la permanente relación de su misterio con los misterios de su Hijo, nos permite vislumbrar la realidad del perfecto discípulo y la necesidad de buscar y seguir a Jesús. Esto nos lleva a dar razón a Pablo VI que, en una alocución del 24 de abril de 1970, afirmaba con claridad que si queremos ser cristianos, debemos ser marianos, traduciendo de esa manera lo que señala Juan 19, 27: al recibir a María como Madre, todo discípulo de Jesús, para serlo, tiene que tener una dimensión mariana.

Las palabras de María
En el misterio de la anunciación, María recibió una misión que acoge con humildad y cuya aceptación hará resonar a lo largo de toda su existencia: "hágase en mí, según tu palabra" (Lucas 1, 38). Ella siempre mantuvo el "sí" que dio en ese momento y por esta razón nos enseña el Vaticano II que "Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte" (Const. Dogm. Lumen gentium, 57).
Ahora bien, los evangelios ciertamente nos hablan de María, pero hacen constar con fuerza su silencio, ya que son pocas las palabras de ella que nos vienen reportadas, la mayoría de las cuales se sitúan en el comienzo de su misión maternal, como signo de aceptación y de alabanza a la Gracia con la que Dios la ha enriquecido. De manera emocionada el Papa Juan Pablo II decía en Brasil ante la imagen de la Santísima Virgen de Aparecida: "Madre y Señora, escondida y callada entre la multitud. Solamente rompiste tu silencio para decir Haced lo que El os diga. Tú que meditabas callada en el corazón todo lo que escuchabas, rompe de nuevo tu silencio y dile a todos y cada uno de los cristianos: Haced lo que El os diga. No lo que a cada uno se le ocurra o se le antoja, sino lo que Jesucristo dice en el Evangelio.
A la luz de estas palabras de María, podemos afirmar que Ella también es modelo del catequista, en cuanto que no sólo es ejemplo y testimonio de amor y entrega generosa al Hijo de Dios, sino que constituye una voz que indica el verdadero objeto de la catequesis: conducir los hombres a Cristo. Las palabras de invitación que hacía la madre de Jesús a los siervos de la boda de Caná (Juan 2, 5) "en apariencia se limitan al deseo de poner remedio a la incómoda situación de un banquete, pero que en las perspectivas del cuarto Evangelio son una voz que aparece como una resonancia de la fórmula usada por el pueblo de Israel para ratificar la alianza del Sinaí, o para renovar los compromisos y son una voz que concuerda con la del Padre en la teofanía del Tabor: Escuchadle (Mateo 17, 5)" (Pablo VI, Encícl. Marialis cultus 57). El silencio de María es una muestra de la fidelidad y de la acogida de María a la misión que le fue confiada. Ella no está para sobresalir, para aparecer, para que la gente se fije en ella. Ella, más bien, se presenta ante los hombres como portavoz de la voluntad del Hijo indicadora de aquellas exigencias que deben cumplirse para que pueda manifestarse el poder salvífico del Mesías. En Caná, María aparece como la que cree en Jesús; su fe provoca la primera señal, y contribuye a suscitar la fe de los discípulos (Juan Pablo II, Encícl. Redemptoris mater 21).
El catequista recibe el encargo eclesial de anunciar a Jesús y de invitar a que sigan fielmente su palabra. Por eso el mensaje que transmite el catequista se resume en la exhortación de María: Haced lo que El os diga, y lo que Jesús dice es la palabra mis-
ma de Dios, porque él mismo es la Palabra de Vida y de Salvación. Así, pues, la palabra del catequista es una invitación permanente a encontrarse con Jesús y a seguir sus enseñanzas.

Espiritualidad mariana
Pero para cumplir con esta tarea es necesario que asumamos la misma espiritualidad de María, es decir tenemos que abrirnos a la Palabra de Dios, tenemos que acogerla en nuestro corazón para meditarla y para luego hacerla vida. Recordemos el hermoso elogio que hizo Jesús de su madre, cuando "una mujer de entre la multitud dijo en voz alta: - Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron. Pero Jesús dijo: - Más bien, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (Lucas 11, 27-28).
Si queremos ser como María y hermanos de Jesús, tenemos que escuchar la palabra de Dios y hacerla vida. Es Jesús mismo quien quita la atención de la maternidad entendida como sólo vínculo de la carne, para orientarla hacia aquel misterioso vínculo del espíritu que se forma en la escucha y la observancia de la Palabra de Dios (cf. Lucas 8, 21). Nos dice el Papa al respecto: "sin lugar a dudas, María es digna de bendición por el hecho de haber sido para Jesús Madre según la carne, pero también y sobre todo porque ya en el instante de la anunciación ha acogido la palabra de Dios, porque ha creído, porque fue obediente a Dios, porque "guardaba" la palabra y la conservaba cuidadosamente en su corazón y la cumplía totalmente en su vida (Redemptoris mater 20). San Agustín al respecto, subraya que María cumplió con toda perfección la voluntad del Padre y que por ese motivo es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo (Sermón 25, 7-8). Nosotros podemos imitar a María en cuanto a discípula y, por consiguiente, ser como ella; pero en cambio en su condición de madre carnal de Jesús es única. Los catequistas tienen que ser, pues, discípulos del Señor como María y deben anunciar con humildad y sencillez el mensaje evangélico para que los hermanos a quienes está dirigida su catequesis puedan seguir siempre la palabra de Jesús.

Oración de los Fieles
P/: Oremos hermanos a nuestro Padre Dios, rico en misericordia y perdón.
V/: Creo, Señor, pero aumenta mi fe
Padre, te pedimos por toda la Iglesia, para que creciendo cada día en la fe sea portadora de la fortaleza que los creyentes hoy necesitan para ser los testigos en el mundo.
Padre, te pedimos por nuestro Papa, Juan Pablo II. Sigue alentando a tu Iglesia con la fortaleza de su fe. Te suplicamos por nuestros Obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos. Que su testimonio anime a las comunidades que les has encomendado.
Padre, te pedimos por nuestra Escuela Parroquial de Catequistas, ESPAC. Danos la gracia de seguir formando catequistas con espíritu de servicio y amor a la comunidad.
Padre, te pedimos por todos los cristianos que han perdido o debilitado la fe, dales tu gracia para que vuelva a ti, depositen en ti su confianza y reciban de la Iglesia la atención pastoral que necesitan.
Ponemos en el corazón de Dios cada una de nuestras intenciones particulares.
P/: Recibe, Padre, nuestra oración, por Jesucristo nuestro Señor.
