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Ponencias

El perfil del Catequista

+ Octavio Ruiz Arenas
Obispo de Villavicencio

Una de las tareas más antiguas en la Iglesia es precisamente la del catequista, por cuanto la catequesis existe desde el momento mismo en que se hizo necesario comenzar a exponer de manera metódica y vivencial el contenido de nuestra fe. La tarea de los Apóstoles en su predicación fue ciertamente kerigmática, pero igualmente catequética, en cuanto que no se limitaron al anuncio escueto de los principios fundamentales de nuestra fe, sino que fueron lentamente explicitando su contenido.

La Iglesia fue naciendo gracias a las enseñanzas de los Apóstoles, se fue nutriendo de la Palabra de Dios e iba celebrando el sacrificio eucarístico para impulsar el testimonio de caridad que lograba despertar admiración entre los distintos pueblos en donde se esparcía el Evangelio. Su comprensión y explicitación fue poco a poco concentrándose en los artículos que configuraron lo que hoy llamamos El símbolo de los apóstoles, cuya historia está íntimamente ligada al desarrollo constante de la liturgia bautismal y de la preparación de los catecúmenos: en él encontramos las distintas fórmulas trinitarias y cristológicas que hoy conocemos.

Este crecimiento en la comprensión de la fe se fue realizando lentamente gracias a la predicación y al compromiso no sólo de los Apóstoles y de sus sucesores, sino también de muchos hombres y mujeres que fueron incorporándose con espíritu de fe y entusiasmo apostólico en la tarea evangelizadora.

Para hacer tomar conciencia de la importancia y la actualidad de esta tarea en la Iglesia vamos a reflexionar sobre algunos aspectos que nos presenta sintéticamente el Directorio General para la Catequesis al indicar cuales han de ser las dimensiones de la formación de los catequistas: el ser, el saber y saber hacer.

1. Líneas general del "ser" del catequista

1.1. Catequesis y catequistas

La tarea catequética de los padres de la Iglesia la encontramos bien sintetizada en la Catechesi Tradendae, que nos dice que Desde Clemento Romano hasta orígenes, en la edad postapostólica ven la luz obras notables. Más tarde se registra un hecho impresionante: Obispos y Pastores, los de mayor prestigio, sobre todo en los siglos tercero y cuarto, consideran como una parte importante de su ministerio episcopal enseñar de palabra o escribir escritos catequéticos. Es la época de Cirilo de Jerusalén y de Juan Crisóstomo, de Ambrosio y de Agustín, en la que brotan de la pluma de tantos Padres de la Iglesia obras que siguen siendo modelo para nosotros.

Entre los primeros catequistas debemos contar, por consiguiente, todos aquellos que se dedicaron con gran esmero en la primitiva comunidad cristiana a la formación de los catecúmenos y cuyas catequesis mistagógicas invitaban a la conversión. Entre las obras más antiguas tenemos la Dicaché el documento más importante de la era postapostólica, cuyo título completo era La instrucción del Señor a los gentiles por medio de los doce Apóstoles, y que pretendía dar un breve resumen de la doctrina de Cristo tal como la enseñaron los Apóstoles a las naciones. Pero es en los comienzos del siglo III cuando en la escuela alejandrina se intenta considerar la doctrina cristiana como un todo y presentarla de manera sistemática. En efecto, la escuela de Alejandría es el centro más antiguo de ciencias sagradas en la historia del cristianismo.

La Exhortación apostólica Catechesi Tradendae sitúa muy bien la catequesis como uno de los momentos importantes dentro del proceso total de la evangelización, por medio del cual se da una fundamentación a la adhesión a Jesucristo. En efecto, a través de la catequesis se ofrece una enseñanza y un aprendizaje convenientemente prolongado de toda la vida cristiana para iniciar en la fe y por ende en los misterios de la salvación y en el estilo propio del Evangelio a quienes se han convertido.

La catequesis, en general, se concibe como una escuela de fe, en la que se debe realizar un aprendizaje y entrenamiento de toda la vida cristiana, para lograr un encuentro personal con Jesucristo que dé pleno sentido a nuestra existencia. En otras palabras, la catequesis debe ser el ejercicio permanente de la Iglesia para educar en la fe. En un primer momento inicia en el camino de la fe para ayudar en la construcción tanto de la personalidad del discípulo como de la comunidad y, en este sentido, la catequesis debe ser considerada como un momento prioritario en la evangelización, que coloca los cimientos del edificio espiritual del cristiano, alimenta las raíces de su vida de fe, capacitándole para recibir el posterior alimento sólido en la vida ordinaria de la comunidad cristiana. Pero no se queda allí, pues por tratarse de una educación permanente de la fe la catequesis no puede agotarse en la iniciación cristiana, ya que debe acompañar todo el camino que debe recorrer el cristiano en su búsqueda de la santidad y de integración y formación de la comunidad cristiana, para ir madurando en su comunión eclesial y en el ejercicio constante de la caridad. Esto supone una variada gama de formas múltiples para la catequesis permanente que debe realizar la Iglesia, la cual se nutre constantemente de la Palabra de Dios, de la Tradición de la Iglesia y del Magisterio para cumplir con su tarea estas, en efecto, constituyen las fuentes principales de la catequesis.

La catequesis, en síntesis, es un proceso de crecimiento en la fe y de maduración de la vida cristiana hacia la plenitud, suscitado y alimentado en la Iglesia por obra del Espíritu Santo, en el que la Iglesia actúa como su instrumento vivo y dócil, a través de una multitud de hombres y mujeres que ejercen con alegría y esperanza esa tarea de anunciar y explicitar el contenido del Evangelio.

1.2. Ser catequista es una misión eclesial

No sobra recordar que la Iglesia ampliamente reconoce el lugar privilegiado que ocupan los catequistas dentro de los agentes especializados de pastoral. Más aún el Papa Juan Pablo II dice claramente que entre los laicos que se hacen evangelizadores, ellos se encuentran en primera línea y que su ministerio no sólo es necesario sino que tiene unas características peculiares, en cuanto que son agentes especializados, testigos directos, evangelizadores insustituibles, que representan la fuerza básica de las comunidades cristianas.

Es de suma importancia tener en cuenta que el catequista no es una persona que se atribuye esa misión de predicar y explicar el Evangelio por una inspiración o gusto personal, sino que lo hace en cumplimiento de una misión que le confía la Iglesia. Por lo tanto su constante preocupación es la de comunicar, a través de su enseñanza y comportamiento, la doctrina de Jesús, presentándola de manera íntegra y sin recorte de sus contenidos.

En la Iglesia el Obispo es el primer catequista de su propia diócesis. … tiene una gran responsabilidad en este campo, de tal manera que no sólo debe procurar catequizar personalmente y de manera continua, sino que tiene que preocuparse por la promoción y formación de los catequistas. Más aún debe crear una verdadera mística de la catequesis que se encarne en una organización adecuada y eficaz y en la que se haga uso de las personas y de todos los medios, instrumentos y recursos necesarios. Lógicamente los sacerdotes y los religiosos y religiosas ocupan un puesto primordial para realizar una obra catequética bien estructurada y organizada.

Sin embargo, son los fieles laicos quienes de manera muy particular cumplen con esta misión eclesial. Esta actividad constituye para ellos una forma eminente de apostolado, de tal manera que así cumplen una tarea que tiene gran peso en la animación de las comunidades eclesiales. El marco en el que se cumple esta actividad se inicia en el seno mismo de la familia, pero es, sobre todo, en la parroquia en donde se centra su realización, pasando también por la escuela y los movimientos eclesiales y asociaciones apostólicas. El Santo Padre Juan Pablo II nos subraya que la parroquia constituye su lugar privilegiado ya que ella sigue siendo una referencia importante para el pueblo cristiano, en la que se educa en la confesión de una misma fe y en la pertenencia a la Iglesia, y en donde todos los bautizados deben tomar conciencia de ser pueblo de Dios y de pertenecer, por consiguiente, a una casa de familia, fraternal y acogedora.

1.3. Cualidades que debe tener el catequista

Sobra decir que el catequista debe ser una persona escogida con gran atención por parte del párroco, para que al confiarle esa misión tan delicada pueda responder con gran seriedad, no sólo por su debida capacitación catequética, sino sobre todo por ser una persona que tenga tal madurez humana, cristiana y apostólica que sirva de ejemplo y de aliciente para las personas con quien él comparte y presenta su fe. Esto conlleva a que se prevea un proceso cuidadoso de selección, de tal manera que no se encomiende el encargo de la catequesis a personas simplemente cubiertas de muy buena voluntad, pero que o no tienen la formación requerida, o su forma de vida no permite que se convierta en testimonio creíble para los catequizandos. Esto puede ocurrir con alguna frecuencia, lo cual exige que todos tengamos mucho cuidado en la selección de los catequistas.

Precisamente el Directorio General para la Catequesis señala algunas de las cualidades que deben estar presentes en todos los catequistas: gran madurez humana que le permita tener un equilibrio afectivo, capacidad de sentido crítico para discernir en los diferentes ambientes o en la discusión de distintos planteamientos, capacidad de relación y diálogo con los demás, espíritu constructivo y apertura constante al trabajo en equipo. Estas son cualidades humanas básicas, a las cuales podríamos añadir otras, como por ejemplo la capacidad de escucha y creatividad, el sentido de justicia, el respeto de la libertad ajena, el amor a la verdad, el deseo de superación, la capacidad de servicio, el conocimiento y ubicación en la época, en la sociedad y en la comunidad en la que vive e igualmente una gran sensibilidad ante la realidad que vive el país. Asimismo se podría incluir la constancia en el estudio y en la actualización de su formación catequética.

Estas cualidades humanas deben estar a la base de una existencia vivida según el Evangelio, que han de ayudar para que el catequista lleve una vida cristiana auténtica, marcada por una profunda espiritualidad, es decir, dejándose guiar por el Espíritu Santo. Su estilo de vida o forma de vivir, por consiguiente, debe ser según las exigencias de la vida cristiana.

Marcado, entonces, por la espiritualidad cristiana debe alimentarse constantemente de la oración y caracterizarse por una vida sacramental asidua, que lo induzca a ser cada vez más consciente de las exigencias del Evangelio y de las obligaciones de misericordia y solidaridad con los hermanos. Su fidelidad a Jesucristo debe estar indisolublemente unida a la fidelidad a la Iglesia. En este sentido se hacen cada vez más actuales los aspectos de la espiritualidad de comunión que ha señalado el Papa al comienzo de este milenio: saber reconocer en los hermanos los lazos de comunión trinitaria, capacidad de sentir al hermano y compartir sus alegrías y sufrimientos, saber mirar lo positivo que hay en los demás y sobrellevar la carga de los otros rechazando el egoísmo.

Resumiendo decimos entonces que el catequista, por una parte es una persona que debe contar con suficiente madurez humana, tanto en el campo psicológico como afectivo; por otra, que debe fundamentar su vida en la Palabra Dios, debe vivir una profunda comunión eclesial, una buena integración en su comunidad parroquial y debe hacer el esfuerzo constante para llevar su experiencia de fe con tal autenticidad que lo haga idóneo de ser verdadero animador y educador en ese mismo campo de la fe.

2. Aspectos fundamentales sobre el saber del catequista

2.1. Necesidad de una seria formación

Precisamente para cumplir con la exigente labor de la catequesis, la Iglesia insta al pueblo cristiano para que se preocupe por una seria formación de los catequistas, ya que su tarea se inscribe ampliamente en la evangelización y en el acompañamiento de las comunidades cristianas. Ser catequista no se improvisa, sino que constituye todo un proceso de crecimiento en la fe y de compromiso eclesial; más aún se trata de una auténtica vocación dentro de la Iglesia para cumplir una misión muy delicada, como es la de ayudar a formar a los demás miembros de su comunidad en la fe cristiana. Es por esta razón que la Iglesia, cada vez con mayor insistencia, urge la necesidad de brindar una seria formación a las personas que quieren cumplir con ese encargo eclesial y, al mismo tiempo, pide que se les brinde un acompañamiento personal y espiritual, ya que es de capital importancia que los catequistas sean ejemplo de vida cristiana y de compromiso eclesial.

Es aquí donde se sitúa precisamente la espac, en cuanto escuela de formación para los catequistas y cuyos programas desean responder a esta exigencia tan fundamental para la recta transmisión y explicación de las verdades de la fe, dentro de los parámetros del proceso de Nueva Evangelización. A través de ese proceso se quiere lograr, de una u otra manera, que a través de la transmisión del Evangelio y de la amplia explicitación de los contenidos de la fe, se llegue a constituir un proceso dinámico de educación en esa misma fe, un verdadero itinerario que conduzca a una auténtica iniciación cristiana. La formación espac, por consiguiente, busca que quien cumpla la gran tarea de la catequesis, no la reduzca a una simple y fría transmisión de unos contenidos doctrinales sino que la convierta en una verdadera introducción en el caminar de la vida cristiana y, por consiguiente, del compromiso de vida y de la participación activa en la vida de fe de su comunidad.

Por esta razón, la catequesis se inscribe en un auténtico proceso comunitario, que exige vivir de manera plena la experiencia de comunidad cristiana, tal como sucedió en la época apostólica. La catequesis, en verdad, debe educar en ese sentido comunitario y debe abrir a la persona a tomar conciencia de su pertenencia a la Iglesia, como comunidad de hermanos en la fe, y de constituirse en miembro vivo y activo de esa comunidad.

Por parte de los párrocos y de los sacerdotes en general, la necesidad de la formación permanente no se agota y mucho menos se reduce al esfuerzo que hace para capacitar otros agentes de evangelización, pues él mismo debe incluir este proceso en su proyecto personal de vida. Si no toma conciencia de esta necesidad, terminaría por volver ineficaz la preparación que intenta dar a sus catequistas, ya que estaría simplemente repitiendo contenidos aprendidos tiempo atrás, pero sin ninguna proyección a la situación presente y mucho menos actualizados a la luz del Magisterio más reciente y de las líneas teológicas y catequéticas que quieren responder a los nuevos desafíos que plantean las urgencias de la Nueva Evangelización.

Así, pues, la formación es una exigencia para todos los que tenemos parte en la misión de anunciar un Jesucristo vivo. De ahí que tenga que ser un proceso permanente por medio del cual se conozca y asuma la propia responsabilidad eclesial y se puedan sacar de las fuentes de la evangelización y de la reflexión teológica y pastoral los elementos esenciales para ayudar a profundizar el mensaje salvífico recibido. Por consiguiente, obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y fieles laicos necesitamos constantemente de esa formación, que debe ir acompañada por un testimonio de oración y de vida sacramental, de generosa solidaridad y espíritu de caridad evangélica y de una profunda coherencia de vida.

2.2. Contenidos esenciales para la formación del catequista

El Directorio General para la Catequesis dedica un amplio espacio a la concreta indicación de lo que debe constituir la formación del catequista. Ante todo subraya que, por tratarse de un maestro de la fe, debe adquirir un amplio conocimiento bíblico-teológico que le permita tener un conocimiento orgánico del mensaje revelado, centrado en la persona de Jesucristo. En efecto, no podemos olvidar que La tarea fundamental a la que Jesús envía a sus discípulos es el anuncio de la Buena Nueva, es decir la evangelización.... Al aceptar esta misión, todos deben recodar que el núcleo vital de la ´Nueva Evangelización´ ha de ser el anuncio claro e inequívoco de la persona de Jesucristo, es decir, el anuncio de su nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas y del Reino que él nos ha conquistado a través de su misterio pascual.

Para cumplir con este cometido se hace necesario que el catequista haga una compromiso serio en su vida para fundamentar su espiritualidad en una escucha frecuente, meditada y orante de la Palabra de Dios, que lo lleve no sólo a tener un amplio conocimiento de la Sagrada Escritura, sino sobre todo a que ésta se convierta en inspiradora de su toda su existencia cristiana y de esta manera logre un mejor conocimiento del Dios que nos revela Jesús, de su designio de salvación y de la vocación y grandeza de nuestra dignidad humana. No podemos dejar de lado la convicción que tiene la Iglesia acerca de que la Sagrada Escritura deberá ser como el alma de toda formación. Esta formación bíblica debe conducirnos a lograr una armonía en todo el conjunto de las verdades cristianas, para tener una visión general y sintética que permita conectar las verdades entre sí y que estén profundamente enraizadas en Cristo Jesús.

Igualmente el catequista, sin requerir títulos universitarios o especializaciones sofisticadas, debe tener un amplio conocimiento cultural, sobre todo del ambiente en que desenvuelve su misión. Para ello debe tener, en lo posible, algún acercamiento a las ciencias sociales, es decir, tener acceso a algunos principios de la sicología y de la sociología, que le ayuden a conocer y comprender el contexto socio-cultural de las personas a quienes dirige su catequesis, con el objeto de que ésta tenga un soporte válido en el proceso de la comunicación del mensaje de la fe. Se trata, pues, de una ayuda, pero de una ayuda que en ningún momento puede opacar lo que es más importante: conocer y aplicar lo que llamamos la pedagogía divina.

En la constitución conciliar Dei Verbum encontramos delineada esta pedagogía divina al mostrarnos cómo la Palabra de Dios es simultáneamente palabra propiamente dicha, pero también hecho, acontecimiento, realización histórica: La revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio.

Esta es precisamente la manera como Dios se fue manifestando en el Antiguo Testamento, pero también como actuó Jesús a través de sus enseñanzas y parábolas, pero igualmente por medio de sus actitudes, comportamientos, señales y milagros y era esto, justamente, lo que hacía que mucha gente le reconociera que predicaba con autoridad y no como los fariseos (Mt 1,22). Su Encarnación constituye entonces la base fundamental para su pedagogía, él es la Palabra hecha Carne, él asume nuestra realidad humana y desde allí nos muestra de manera concreta, visible e histórica la realidad de Dios su Padre.

Todo esto, por consiguiente, nos lleva a reflexionar y subrayar la importancia del proceso de inculturación de la fe, de la necesidad de encontrar un lenguaje que responda al condicionamiento cultural de quien escucha, pero sin traicionar o recortar la verdad que se debe transmitir. En otras palabras, el catequista tiene que ser fiel a Dios y fiel a las personas a quienes se dirige.

Lo anteriormente expuesto nos lleva a adelantar desde ya algo que es importante tener en cuenta y que señalaremos un poco más adelante: si el catequista logra captar y poner en práctica la pedagogía divina, debe entonces unir inseparablemente su conocimiento y proclamación de la Palabra de Dios, con la celebración de la fe en los sacramentos. En este sentido catequesis y liturgia deben estar estrechamente ligadas.

2.3. Lo que se espera de un catequista espac.

Ante la importancia de lo que es y lo que realiza el catequista en cumplimiento de su misión eclesial, se hace necesario crear y potenciar escuelas para catequistas, aprobadas oficialmente por las Conferencias Episcopales.

En este sentido la espac quiere responder a ese anhelo del Santo Padre, brindando una sólida formación bíblica, doctrinal y espiritual para los catequistas, de tal manera que puedan inscribirse adecuadamente en los distintos procesos de Nueva Evangelización. Esta preparación va moldeando el corazón del catequista, lo va animando en su impulso evangelizador y le permite irse apropiando el Evangelio para hacerlo vida en su propia existencia. Así pues, concédanme recordar someramente los diez elementos del perfil del catequista espac, de acuerdo con lo que ha sido la pretensión dentro de los programas oficiales de la Escuela Parroquial de Catequistas:

  • Una persona de profundo espíritu evangélico, obtenido en un verdadero encuentro personal con Cristo.
  • De oración y de práctica sacramental.
  • Capaz de dar ejemplar testimonio de vida cristiana.
  • Fiel a la fe de la Iglesia en el momento de transmitir su enseñanza.
  • Capaz de trabajar en equipo y tenga la debida preparación en la Sagrada Escritura, el contenido de la catequesis, la historia de la Iglesia y demás ciencias auxiliares de la catequesis.
  • Que posea cualidades humanas y espirituales que le permitan vivir y actuar como miembro de una comunidad catequizadora.
  • Integrado a su comunidad parroquial, a la acción pastoral de la diócesis y profundamente insertado en la realidad sociocultural de su propio medio.
  • Preocupado por la formación permanente.
  • Ubicado en la época y en la realidad social y comunitaria en la que está inserto.
  • De espíritu alegre y lleno de esperanza.

De esta manera la formación que brinda la espac pretende capacitar catequistas que transmitan la verdad evangélica con competencia, pero con una profunda vivencia de la fe cristiana y de un seguimiento inalterable a Jesucristo dentro de la comunidad eclesial. En efecto, esta formación es insustituible para el cumplimiento de la misión que recibe el catequistas, ya que cualquier actividad pastoral que no cuente para su realización con personas verdaderamente formadas y preparadas, pone en peligro su calidad y de ahí la necesidad de dar absoluta prioridad a la formación de los catequistas laicos, para que transmitan fielmente, a nombre de la Iglesia, el Evangelio a quienes desean seguir a Jesucristo.

3. El catequista debe saber hacer su tarea

3.1. Saber comunicar el mensaje

Dado que se necesita que el catequista sea, a un tiempo, maestro, educador y testigo, no es suficiente el hecho de tener una buena preparación bíblica, doctrinal, catequética y pastoral. Se requiere que tenga, además, suficientes conocimientos pedagógicos, particularmente dirigidos a su acción catequética. En este sentido el ser y el saber del catequista debe conducirlo a saber hacer su tarea, es decir a comunicarla debidamente, para que pueda ayudar a la recta maduración del proceso de fe del catequizando, la cual realiza con la ayuda del Espíritu Santo.

En verdad este es un aspecto fundamental en la catequesis, pues si el catequista, a pesar de ser muy ilustrado y buen conocedor de la doctrina revelada, no sabe comunicarla y por ende no puede entrar en sintonía con los que lo escuchan, entonces se pierde la transmisión del mensaje y no llega al corazón de quienes escuchan. No olvidemos que de una parte el fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo y, de otra, que somos instrumentos de la acción del Espíritu Santo, pero tenemos que ser instrumentos válidos.

3.2. Saber proclamar, celebrar y vivir la Palabra

Aquí entra, entonces, la conciencia que debe tener el catequista en relación con la tarea que debe cumplir para que la catequesis sea al mismo tiempo palabra que se transmite, memoria que se reaviva y testimonio que conduzca a la santidad.

La catequesis, en cuanto palabra, hace lo mismo que realiza la Iglesia: anuncia con gozo, enseña y comunica el mensaje revelado que nos da a conocer el misterio de Dios Salvador. Desde este punto de vista la catequesis tiene su origen en la confesión de fe y conduce a la confesión de fe, trasmitiendo los núcleos esenciales y la sustancia vital del anuncio evangélico, que nunca pueden ser cambiados ni silenciados.

En cuanto memoria la catequesis debe conducir a una participación alegre y activa en la liturgia. En efecto, la acción de la Iglesia es también un recuerdo y una conmemoración, que no pueden estar ausentes de la labor del catequista. De esta manera la catequesis debe empalmar con toda la acción sacramental y litúrgica, y debe llevar a una auténtica introducción a la ´lectio divina´, que permita al mismo tiempo profundizar en la Palabra de Dios y asimilar mejor aquellas expresiones de fe acuñadas por la reflexión viva de los cristianos durante siglos y que son recogidas en los símbolos y el magisterio de la Iglesia.

Finalmente, en cuanto testimonio la catequesis no puede separarse de un serio compromiso de vida, pues la palabra tiene que ser palabra viva para hoy, que conduzca a la santidad y al seguimiento de Cristo. De esta manera, la enseñanza de la moral, la ley de Cristo, ocupa también su lugar en la catequesis, como también la doctrina social de la Iglesia, que ha de conducir a un serio compromiso, especialmente en el campo de la justicia.

Estos aspectos expresan con mayor fuerza la necesidad de establecer procesos en la catequesis, de tal modo que con una adecuada planificación y una buena programación se puedan cumplir todos esas tres tareas que son nucleares en la catequesis.

4. Conciencia Apostólica del Catequista

En un mundo tecnificado y completamente especializado podemos tener la tentación de convertir nuestra realidad de catequistas en una gran especialización dentro del campo de la evangelización, lo cual podría llevarnos a hacer perder de mira la ministerialidad de la Iglesia y la dimensión diaconal de nuestro servicio catequístico. Jamás podemos olvidar que nos preparamos para ser buenos catequistas por medio estudios bíblicos, teológicos y pastorales con el fin de tener un conocimiento orgánico del mensaje cristiano y poder entregar la persona de Jesucristo a nuestro hermanos; nos alimentamos con la Palabra de Dios para ser verdaderos ´servidores de la Palabra, con actitud misionera y fidelidad inalterable al mensaje revelado, pues al fin de cuentas lo que tenemos que realizar es presentar el único y auténtico programa de la Iglesia, es decir, la persona de Cristo.

4.1. La Acción del Espíritu Santo en la catequesis

Es cierto que los frutos de la catequesis son obra del Espíritu Santo, pero es necesario que el catequista tome conciencia de que su misión esencial consiste en trabajar por suscitar en los catequizando las actitudes necesarias para acoger esa acción divina. Así, pues, la pedagogía del catequista debe llevarlo a reconocer que él está actuando en consonancia con el Maestro interior y que su labor está al servicio de la acción salvífica.

Por esta razón el catequista tiene que ser muy sensible a la acción del Espíritu Santo y estar en actitud de oración cuando ejerce su tarea, pues la fe que quiere transmitir o hacer profundizar, es un don que sólo Dios concede gratuitamente. El catequista, por consiguiente, ha de tratar de hacer resaltar esa acción divina en el catequizando y ayudarlo a que la descubra por sí mismo y responda de manera positiva. En otras palabras, el catequista es como un facilitador en el diálogo de salvación entre Dios y el catequizando, de tal manera que una auténtica acción catequística será aquella que ayude a percibir la acción de Dios a lo largo de todo el proceso educativo, favoreciendo un clima de escucha, de acción de gracias y de oración, y que a la vez propicie la respuesta libre de las personas, promoviendo la participación activa de los catequizandos.

Vana ilusión sería creer que las técnicas que se emplean, o que la personalidad atrayente del catequista fueran las que llevan a un catecúmeno o a un catequizando a aceptar la fe. Hay que ser conscientes de la acción silenciosa y oculta del Espíritu Santo, el cual se constituye en el principio inspirador de toda obra catequética y de los que la realizan.… es el principal catequista porque es el ´maestro interior. Qué actuales son, al respecto, las palabras del apóstol Pablo: Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento. De modo que ni el que plante es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer (1 Co 3,6-7).

4.2. La figura desconcertante del profeta Jonás

Todos conocemos la parábola veterotestamentaria del profeta Jonás que se niega a proclamar la Palabra de Dios a un pueblo pagano y tradicionalmente enemigo de Israel. En efecto, ante la invitación que le hace Dios de ir a Nínive para llamar a sus habitantes a la conversión, él intenta huir a Tarsis; más aún baja a lo más hondo de la embarcación que toma en Jafa, con el fin de esconderse de Dios. Sin embargo la tormenta que se desenlaza inesperadamente hace que los marineros, ante la confesión de Jonás y ante el hecho que se calma la borrasca se conviertan a Dios (Jon 1,4-16).

Es cierto que Jesús hace referencia al signo de Jonás cuando ante los judíos que le exigen una señal que lo revele como el Mesías les responde: No se les dará otra señal que la del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches (Mt 12,39-40). La utilización que hace Jesús de esta parábola del Antiguo Testamento, ha hecho que conozcamos a Jonás más por esa ficción didáctica de su experiencia en el vientre de la ballena, que por lo que en realidad constituye el centro del mensaje: las amenazas divinas por más categóricas, son expresión de una voluntad de misericordia y de perdón.

En esta narración Jonás, de manera muy singular, es al mismo tiempo la figura del profeta que permite ver con nitidez la eficacia de la Palabra del Señor, la cual se cumple por el simple anuncio y la llamada a conversión, ya que Jonás habla en nombre de Dios; pero al mismo tiempo es el prototipo del hombre que se revela a la acción divina que se realiza por intermedio suyo. Desde un principio Jonás siente temor del éxito de su predicación y, por consiguiente, de que no se cumpla el castigo que anuncia.… quisiera que sobre los habitantes de Nínive recayera la sentencia divina y no la gracia y la misericordia de Dios, pues de otra manera podría parecer superflua su palabra. Más aún no es capaz de reconocer que el Señor primero lo salva a él del peligro, para luego salvar por él a una ciudad que no pertenecía al pueblo escogido.

Sin embargo, pese a sus dudas, el profeta recorre durante tres días la gran ciudad, proclamando: dentro de cuarenta días, Nínive será destruida (Jon 3,4). Y sucedió lo inesperado: los nivivitas creyeron en Dios y todos se convirtieron y Dios se arrepintió de las amenazas que había hecho y no las cumplió (Jon 3,5-10).

La reacción de Jonás es lo más desconcertante que encontramos, pues lejos de alegrarse porque Dios tuvo misericordia y perdonó a ese pueblo, por el contrario, se enoja terriblemente contra Dios; se enoja porque, de acuerdo con la ironía del autor, su seriedad profética va a quedar malparada y porque Dios perdona a los grandes enemigos de Israel. Jonás entonces muy irritado se dirigió al Señor en estos términos: "Ah Señor, es exactamente lo que yo preveía cuando estaba todavía en mi tierra, y por esto traté de huir a Tarsis. Yo sabía que tú eres un Dios clemente y misericordioso, paciente y lleno de bondad, siempre dispuesto a perdonar. Oh Señor quítame la vida, pues ahora es mejor para mí morir que vivir. El Señor le contestó: Jonás, ¿crees tú que tienes razón para enojarte así?" (Jon 4,1-4). Daría la impresión que el profeta se sintiera muy molesto por servir a un Dios que tiene tan gran corazón, y que a pesar de que también con él muestra su amor y su misericordia, sin embargo se siente herido en su amor propio, porque piensa que el Señor le hace aparecer como un falso profeta.

4.3. Llevamos un gran tesoro escondido en vasijas de barro

El doble mandato del Señor a Jonás, invitándolo a levantarse e ir a predicar, es una orden muy concreta para que el escogido cumpla su tarea, a pesar de la resistencia que pueda sentir o colocar. Para la Iglesia toda y de manera muy especial para los catequistas ese mandato continúa teniendo gran validez: Levántate y proclama lo que yo te diga (Jon 3,2). Hoy, como ayer, también tenemos que anunciar al Dios que salva, que tiene misericordia, al Dios que en Jesucristo llama permanentemente a la conversión. En el fondo el mensaje de Jonás es figura de lo que habría de ser la perentoria invitación de Jesús a la conversión y a la penitencia (Mc 1,15).

El cumplimiento de esa tarea, que nos asigna el Señor, debe hacerse con la convicción firme de que el mandato de evangelizar va acompañado por la seguridad de que …l sigue viviendo y actuando en nosotros, porque está a nuestro lado todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20). En consecuencia la Iglesia tiene como centro de su misión llevar a todos los hombres al encuentro con Jesucristo, y encontrar a Cristo vivo es aceptar su amor primero, optar por, adherirse libremente a su persona y proyecto, que es el anuncio y la realización del Reino de Dios. Ante esta misión tan grande se hace realidad lo que Pablo decía con tanta convicción acerca del ministerio apostólico: Pero nosotros llevamos ese tesoro en vasijas de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros sino de Dios (2 Co 4,7).

Ahora bien, ¿qué otra cosa predicamos en la catequesis sino la persona de Jesucristo para que conociéndolo, lo amemos con todo el corazón y amándolo lo sigamos con convicción? La catequesis, por consiguiente es una invitación permanente para seguir al Señor, es decir, aceptación de su mensaje, de sus criterios, de su forma de vida y de su entrega amorosa al Plan del Padre. El catequista, por consiguiente, debe abrazar a Cristo de modo pleno y completo, debe ser consciente de la presencia del Señor en su vida y en la tarea que ejerce a nombre de la Iglesia y, por lo tanto, debe sentirse orgulloso de que se realice la transformación del corazón y la conversión de las personas a las que él catequiza, sabiendo que es la obra del Señor la que se está realizando y no su obra, puesto que transmite el mensaje de Cristo y no sus propias palabras o su convincente discurso.

En consecuencia, el catequista no debe buscar aparecer y ser reconocido, sino que siempre debe procurar que en su palabra y en su vida se reconozca siempre la palabra y la persona de Jesús. Sólo así y con esa profunda convicción, tan necesaria para llevar a cabo un auténtico proceso de Nueva Evangelización, podremos evitar el que caigamos en la contradicción de Jonás.

5. Un nuevo estilo de catequista para un nuevo milenio

5.1. Interrogantes que surgen para responder a los nuevos retos

Todo lo que hemos señalado acerca del perfil del catequista nos lleva ahora a colocarnos ante unos serios interrogantes: ¿el modo como somos catequistas y como nos estamos preparando para ejercer la misión constituye una seria respuesta a las exigencias de nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones para una Nueva Evangelización? Al tener conocimiento de las dificultades que presenta hoy la tarea catequética en nuestro medio, ¿estamos trazando, para los próximos años, una nueva estrategia evangelizadora? En otras palabras, para realizar la Nueva Evangelización ¿estamos alistando los odres nuevos para echar el vino nuevo? (cf. Mt 9,17).

No podemos olvidar que la Iglesia no puede quedarse anquilosada en el pasado y en el simple recuerdo de la obra del Señor. Ella tiene que estar siempre en el hoy de la historia, tiene que ser una Iglesia del tiempo actual, de tal modo, como decía el Papa a los obispos de Francia Ella no mira su heredad como el tesoro de un pasado caduco, sino como una poderosa inspiración para avanzar en la peregrinación de la fe sobre caminos siempre nuevos. Esta realidad nos plantea, entonces, la necesidad de revisar nuestros moldes pastorales y catequéticos para que respondamos a las exigencias actuales de la evangelización.

En realidad la situación es mucho más compleja de lo que imaginamos, pues no se trata de elaborar simples estrategias evangelizadoras, hay que ir más al fondo: se trata de ahondar en nuestro compromiso en el campo de la fe y de nuestro enganche en la comunión eclesial. Es el momento de mirar hacia delante y de remar mar adentro confiando en la palabra de Cristo: ¡duc in altum!. Al respecto es muy importante la observación que nos hace el Santo Padre: No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia.

5.2. Cambio de paradigmas

Hasta hace más bien poco tiempo nos sentíamos seguros de nuestra fe católica puesto que hacíamos parte de una sociedad que, de una u otra manera, se consideraba creyente. Esto comportaba una serie de garantías para el cumplimiento de nuestra tarea evangelizadora: aceptación y reconocimiento de los ministros de la Iglesia, enseñanza de la religión católica en los planteles educativos, conciencia de ser una mayoría dentro del conjunto social, ayudas estatales a los programas de la Iglesia, tradición familiar católica. Estas y muchas otras prebendas nos llevaron a pensar que lo único importante era transmitir los contenidos de nuestra fe, mantener una pastoral de conservación que cuidara que no se fuera a pervertir la doctrina y el depósito de la fe, administrar los sacramentos pero sin insistir demasiado en el compromiso y hacer obras de caridad de tipo asistencialista sin procurar la formación de agentes que ayudaran a un auténtico cambio social.

Los tiempos han cambiado y la acción de la Iglesia se torna cada vez más difícil para ella en cuanto que ya no puede esperar que sean las personas quienes vengan a tocar a sus puertas, sino que tiene que salir al encuentro de las gentes. Estamos frente a una situación más de tipo misionero en el que debemos buscar más bien el modo de hacer discípulos entre los alejados e indiferentes, reconociendo que estamos en una sociedad pluralista y en un mundo prácticamente secularizado.

Estamos frente a nuevas condiciones de vida, en las que más que presentar un nuevo mensaje, tenemos más bien que reconocer las nuevas condiciones en las que tenemos que vivir y anunciar el Evangelio. Esto nos lleva a la necesidad de ir tomando un profundo sentido de pertenencia a nuestra Iglesia y de amarla y servirla con un compromiso cada vez más entroncado en el Evangelio. Así el catequista se ve abocado a dar testimonio de su fe, a dar razón de su esperanza (1 Pe 3,15), a profundizar en el núcleo y el corazón del misterio cristiano para poder presentar el mensaje como auténtica buena noticia.

Es ya bastante común, dentro de los esquemas de Nueva Evangelización, que se hable de la necesidad de pasar de una pastoral de conservación a una pastoral misionera. He aquí una nueva dimensión para el catequista: tiene que impulsar una pastoral misionera. ¿Qué comporta y qué cambia en relación con su actual situación? Ante todo su postura frente a la tarea de comunicar el mensaje, ya no se trata de la simple transmisión de algo que se ha heredado, repitiendo contenidos doctrinales aprendidos de memoria o debidamente seleccionados de algún texto catequético, sino de actuar con la conciencia de estar proponiendo el Evangelio de Cristo, como algo que debe dar sentido a la existencia humana y de transformar la vida de quienes escuchan su mensaje. Su postura por consiguiente exige que el catequista sea el primero que ha acogido esa Palabra en su vida por un acto personal de adhesión y como un auténtico camino de conversión.

En la misma línea habría entonces que señalar la necesidad de pasar de una catequesis reducida casi exclusivamente a la preparación para la recepción de los sacramentos a una catequesis permanente, es decir, una catequesis que abarque todas las edades y que contemple todas las situaciones en las que debe vivir el hombre y la mujer de nuestra sociedad actual.

Una catequesis dentro de una pastoral misionera reclama entonces de parte del catequista una seria preparación personal que lo conduzca a redescubrir las fuentes, a beber de ellas para entroncar su adhesión en el misterio pascual de Cristo y concebir su vida cristiana como una verdadera vida en el Espíritu. Asimismo le comporta ir a lo esencial del don de Dios en Cristo Jesús, don siempre actual y siempre nuevo. Esto es esencial en nuestra fe cristiana cuyo eje inicia en la aceptación de la Encarnación del Hijo de Dios, por medio de la cual el Dios eterno y todopoderoso se solidariza con la debilidad humana y se compromete con todo el hombre y con todos los seres humanos. El Concilio Vaticano II nos ha recordado que mediante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre y el Papa añade que La Iglesia desea servir a este único fin: que todo hombre pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo, contenida en el misterio de la encarnación y de la redención, con la potencia del amor que irradia en ella.

Esta enseñanza profundamente cristocéntrica y cristológica obliga a que el contenido trinitario de nuestra fe no sea silenciado ni reducido. En efecto, allí se encuentra la novedad del mensaje cristiano: un Dios que es Padre misericordioso y lleno de amor en quien se puede tener una confianza absoluta; un Dios que ha enviado a su Hijo al mundo para mostrarnos su solidaridad: en él encontramos el Hombre perfecto, más humano que cualquier otro ser humano, que comparte el dolor, la injusticia, el sufrimiento y la muerte en la Cruz, pero que vence con su Resurrección el pecado y la muerte; un Dios que nos entrega su Espíritu para que estreche los lazos de comunión y nos haga partícipes del amor divino. En otras palabras, el Dios vivo y verdadero: Padre, Hijo y Espíritu Santo, profundamente comprometido en la obra de la salvación de todo el género humano.

Así mismo se hace necesario que el catequista sea capaz de ligar de nuevo y muy estrechamente su modo de actuar y su fe cristiana, es decir, se requiere que exista una profunda coherencia entre fe y vida, puesto que cuando decimos yo creo no expresamos simplemente nuestro conocimiento personal acerca de Dios, sino que ponemos de manifiesto nuestra aceptación para actuar según el Espíritu (cf. Gál 5,25), participando activamente en lo que Dios quiere hacer en nosotros por su Espíritu. Este nexo entre la fe y la moral es parte constitutiva de la experiencia cristiana y debe expresarse en un testimonio permanente de amor, como expresión de nuestra acogida de la salvación que Dios nos ha ofrecido en Cristo.

Así, pues, tenemos que pasar de una actitud pasiva a una actitud de activo compromiso eclesial, en la que dejemos de lado una quizá indeliberada conciencia de pensar que somos simples clientes de la Iglesia, dispuestos a consumir pasivamente todo lo que ella nos proponga. Por el contrario, tenemos que mostrarnos como hombres y mujeres que, a través de nuestra esperanza y nuestro caminar, testificamos la libertad de Dios y la acción del Espíritu Santo que es capaz de despertar en todo ser humano el deseo de trascender e ir más allá de lo que está a su alcance.

5.3. Catequistas que celebran con gozo su fe

Si el fin de la catequesis es conducir al cristiano hacia una plena inserción en Cristo, es decir a llegar a estar plenamente insertado en el Cristo total, entonces tenemos que poner nuestra mirada en la Eucaristía, la cual encierra en sí misma el núcleo del misterio de la Iglesia y constituye la fuente y cima de toda la vida cristiana. En ella se celebra con gozo el misterio de la fe, ya que hace presente el acontecimiento central de nuestra salvación y realiza la obra de nuestra redención, actualizando siempre en el tiempo el sacrificio redentor de Cristo.

Por estas razones la Eucaristía se convierte en la fuente y, al mismo tiempo, en la cumbre de toda evangelización, ya que en aquélla se realizan las tres grandes dimensiones de la misión de la Iglesia: anuncia el mensaje (marturia), sirve con amor a la humanidad (diaconia) y celebra con gozo la fe (leitourgeia).

Frente al cambio de paradigmas del que hemos hablado, se hace necesario entonces que la liturgia ocupe un puesto central en la vida cristiana, para que la celebración de la fe esté profundamente ligada al anuncio de esa misma fe y a su puesta en práctica por medio de la caridad. Se trata de darle importancia a la celebración eucarística y a la liturgia en general, para que nuestra manera de proponer la fe sea motivo de gozo y de gran alegría, invitando siempre a encontrarnos con Cristo en los sacramentos.

Este cambio de paradigma nos debe llevar a pensar cómo superar la suposición de que existe plena fe en nuestros fieles aún desde niños, de tal modo que desde muy pequeños se les induce a la eucaristía y se considera malos cristianos a quienes se encuentran alejados de la Iglesia. Más bien hay que plantear una seria propuesta catecumenal que permita descubrir la Iglesia como lugar de gozo y libertad. Para esto es esencial quitar la falsa concepción de que la liturgia constituya únicamente la envoltura ceremonial de los sacramentos. La liturgia, en realidad, más que prescribir unos ritos, busca suscitar una participación activa y gozosa e intenta despertar el deseo de tener a Cristo. De ahí la importancia de ir al encuentro de modos diversificados de celebración, sacando de los tesoros de la liturgia nuevas formar de proponer la fe.

El catequista, por consiguiente, debe ser una persona que vibre por la Eucaristía y encuentre en la liturgia la manera de celebrar con gozo su fe. De ahí que debe ayudar para que las celebraciones sean acogedoras y llenas de calor humano, para que hagan visible la salvación que Dios nos ofrece y que tratamos de explicar en nuestras exposiciones catequísticas. En su enseñanza catequética debe dar igualmente gran importancia y un buen espacio a las más variadas celebraciones litúrgicas, promoviendo una bien orientada pastoral sacramental que sea expresión de una vida guiada y alimentada por el Espíritu en el seguimiento de Cristo. Como consecuencia de ello hay que propugnar por una vida impregnada de oración y de escucha atenta de la Palabra de Dios.

Así mismo y como consecuencia de lo anterior, el catequista tiene que ser modelo de amor preferencial por los pobres, a quienes debe mirar y reconocer como ´sacramentos de Cristo. Esta es una manera real y concreta de hacer visible su amor por el Señor, mostrando al mismo tiempo que el amor a Dios pasa necesariamente por el amor a los hermanos, particularmente por los más necesitados.

De igual manera, la comunicación de la fe debe llevar igualmente a iniciar una experiencia espiritual y a una sólida educación del amor al prójimo. Y en este sentido la Eucaristía vuelve a colocarse como base sólida para estas dos tareas.

Al respecto es importante tener en cuenta que La catequesis está intrínsecamente unida a toda la acción litúrgica y sacramental, pero a menudo, sin embargo, la práctica catequética muestra una vinculación débil y fragmentaria con la liturgia: una limitada atención a los signos y ritos litúrgicos, una escasa valoración de las fuentes litúrgicas, itinerarios catequéticos poco o nada conectados con el año litúrgico y una presencia marginal de celebraciones en los itinerarios de la catequesis. De ahí que el Directorio General para la Catequesis al enumerar las tareas fundamentales de la catequesis coloca, después de referirse a la labor de propiciar el conocimiento de la fe, la educación litúrgica, para formar en una participación plena, consciente y activa en la liturgia, como expresión de la dignidad del sacerdocio bautismal. También subraya que es necesario propiciar el conocimiento del significado de la liturgia y de los sacramentos, para ir formando a los discípulos de Cristo en la oración, la acción de gracias, la penitencia, la plegaria confiada, el sentido comunitario y la captación recta de los símbolos.

La formación litúrgica, en consecuencia, no puede ser concebida como la adquisición de un saber o de unas técnicas para la celebración, sino como la transmisión de un saber hacer y mejor aún como una saber ser que incluya una dimensión espiritual y a la vez teológica y práctica. Con una buena formación litúrgica se hará posible en las comunidades cristianas la experiencia de un encuentro con el Dios Trinitario confesado en la fe y celebrado en la liturgia.

6. Epílogo

Al plantear todo lo anterior sólo nos resta invitar a los catequistas a una seria reflexión sobre el modo como están viviendo su cargo eclesial. Sin duda alguna lo están ejerciendo con inmensa alegría y con un deseo profundo de adquirir una más sólida y seria preparación doctrinal y pedagógica. Sin embargo, para cumplir los retos que nos plantea la Nueva Evangelización se hace necesario escudriñar otros campos que hasta ahora han estado un poco olvidados y tener la decisión firme de remar mar adentro, con la confianza firme en el Señor. Como Pedro tenemos que decir en tu nombre echaré las redes (Lc 5,5).

En síntesis, el catequista recibe el encargo eclesial de anunciar a Jesús y de invitar a que sigan fielmente su palabra. Por eso el mensaje que transmite el catequista se resume en la exhortación de María durante las bodas de Caná: Haced lo que …l os diga (Jn 2,5). Y lo que Jesús dice es la palabra misma de Dios, porque él mismo es la Palabra de Vida y de Salvación. Así, pues, la palabra del catequista debe ser una invitación permanente a encontrarse con Jesús y a seguir sus enseñanzas. Pero para cumplir con esta tarea es necesario que asuma la misma espiritualidad de María, es decir debe abrirse a la Palabra de Dios, tiene que acogerla en su corazón para meditarla y para luego hacerla vida. Recordemos el hermoso elogio que hizo Jesús de su madre, cuando una mujer de entre la multitud dijo en voz alta: -Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron. Pero Jesús dijo: -Más bien, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 11, 27-28). Los catequistas tienen que ser, pues, discípulos del Señor como María y deben anunciar con humildad y sencillez el mensaje evangélico para que los hermanos a quienes está dirigida su catequesis puedan seguir siempre la palabra de Jesús.

El catequista, por consiguiente, tiene que darle una dimensión eucarística a toda su vida, siguiendo el ejemplo de la Virgen María, que es la mujer eucarística por excelencia, no sólo porque fue el primer sagrario de la historia al llevar en su vientre al Hijo de Dios, sino también porque con su canto jubiloso del magnificat, expresó todo lo que la Eucaristía realiza como alabanza y acción de gracias. Incorporando la liturgia en su propia vida y viviendo con gozo su experiencia de Cristo, el catequista será un válido instrumento en la Iglesia para proponer la fe con la novedad misma que parte del Evangelio.

Ponencias

El perfil del Catequista
  Líneas general del "ser" del catequista
  Aspectos fundamentales sobre el "saber" del catequista
    El catequista debe "saber hacer" su tarea
    Conciencia Apostólica del Catequista
    Un nuevo estilo de catequista para un nuevo milenio
    Epílogo

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