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VII - Congreso Nacional- Cartagena, julio 1 de 2005

Discurso de Inauguración

Monseñor Carlos Sánchez Torres
Director General de la ESPAC

Excelentísimo Monseñor Carlos José Ruiseco, Arzobispo de Cartagena, Excelentísimo Monseñor Jorge Jiménez, Arzobispo Coadjutor de Cartagena,
Reverendo Padre Eduardo Alirio Bovea, Delegado Arquidiocesano para la ESPAC en Cartagena,
Reverenda Hermana Isabel de la Eucaristía, Secretaria de la Delegación Arquidiocesana de Catequesis de Cartagena,
Reverendos Padres, Religiosas, generosos miembros de las comisiones encargadas de organizar y llevar a cabo este Congreso, muy queridos catequistas ESPAC de Cartagena y de las diversas Diócesis de Colombia congregados hoy aquí.

Trascurridos ya dos años desde la celebración de nuestro VI-Congreso Nacional ESPAC en Villavicencio, donde su Arzobispo, su clero y sus catequistas nos brindaron tan generosa acogida; con nuestro corazón rebosante aún de gratitud por cuanto vivimos entonces al ritmo de los ecos del Llano, acogidos por la bondad de sus gentes al son musical del arpa que no dejó de cantar el lema del Congreso: “Ponte las sandalias de Jesús”, nos encontramos hoy aquí en Cartagena. En Cartagena la heroica, en Cartagena la cuna de la cultura y de la evangelización de Colombia; en Cartagena el escenario de la misión del gran catequista san Pedro Claver; en Cartagena, la puerta de ingreso de los grandes valores de nuestra nacionalidad. Nos encontramos, felizmente, en Cartagena dentro de sus murallas y dentro del corazón de su Arzobispo, de su Presbiterio, de sus catequistas y de cuantos nos acogen con generosidad.

No ha sido fácil para quienes han venido de lejos soportar el duro peregrinar desde regiones distantes, ni ha sido fácil para los de aquí organizar este evento. Pero aquí estamos con el corazón rebosante de alegría, como siempre que el Señor nos congrega en acontecimientos como este.

Desde lo más íntimo de nuestro ser, al iniciar hoy nuestras labores, tenemos que expresar nuestro agradecimiento más sincero a quienes nos acogen, a los que nos brindan su hospitalidad y a los que han respondido a la convocación que nos hace la ESPAC cada dos años.

En esta ocasión, más que de costumbre, será la Eucaristía, es decir, la presencia real y sacramental de Cristo entre nosotros, la que centrará nuestro pensamiento y la que nos dará fuerza para continuar impulsando nuestra misión de catequistas.

Con razón los catequistas ESPAC llevamos profundamente grabado en nuestro ser la enseña que nos distingue:

A Cristo, centro y Señor de la historia,
lo conocemos en las Sagradas Escrituras y
por ellas en Él creemos;
lo vivimos y celebramos en la Eucaristía;
lo amamos y servimos en los hermanos;
ylo anunciamos en comunidad.

La Eucaristía, Luz y Vida del catequista

No podía ser otro el motivo aglutinador y guía de nuestro Congreso en el Año de la Eucaristía. Es este el enunciado de cuanto vanos a considerar aquí en estos tres días, de acuerdo con la sugerencia de los muy queridos Delegados Diocesanos para la ESPAC reunidos en su XIII - Asamblea Nacional realizada en Pereira en noviembre de 2004. Para ellos nuestra gratitud, nuestro aplauso y nuestra bienvenida.

Invito a todos los aquí presentes a que miremos una vez más el afiche de este Congreso. Hemos querido plasmar en la imagen que aparece ante nuestros ojos una parte del inagotable mensaje del misterio eucarístico.

Y ¿cómo leer esta imagen? ¿Qué nos dice respecto de lo que nos proponemos realizar en estos tres días?

Vemos, en primer lugar, que a partir de las playas doradas del mar Caribe, aparece el fondo azul y blanco del oleaje del océano que en el horizonte se junta en una sola línea con el azul del cielo. Es esta la unión del cielo con la tierra; de lo humano con lo divino; es el misterio de la encarnación por el que Dios se hizo semejante a nosotros en la plena comunión de las dos naturalezas. Sabemos que de la Encarnación brota la Eucaristía. ¿Y, qué mejor signo que el escenario del mar Caribe para nuestro propósito de estos tres días?

Era necesario destacar en esta imagen el carácter eminentemente sacramental de la idea que nos congrega: La Eucaristía, Luz y Vida del Catequista.

Vemos, en segundo lugar y en primer plano un par de manos pálidas extendidas en actitud de súplica. Es el clamor de la humanidad hambrienta del pan de la palabra y del único pan capaz de saciar los anhelos más profundos del corazón de hombres, mujeres, jóvenes, niños y ancianos que ahora, lo mismo que en tiempos de Jesús, lo siguen agobiados por toda suerte de dolencias. Son las manos de todos aquellos desplazados de sus tierras que en los semáforos de nuestras calles, en las puertas de nuestras casas, en los atrios de nuestros templos y en los caminos de nuestros campos suplican como el pobre Lázaro a la puerta de Epulón. Son las manos de aquel que despojado de todo y malherido por la codicia de tantos, a la vera del camino suplica el auxilio que los que se creen buenos le niegan y que sólo el Buen Samaritano le brinda con amor de Dios. Son las manos de tantos miles y miles de personas de toda condición que anhelan saciar el hambre de su ignorancia de Dios, con el pan de la palabra que es el Verbo Encarnado en quien Dios ya nos dijo todo.

Y lo mismo que en el monte de la multiplicación de los panes, junto al lago de Galilea, para dar de comer a más de cinco mil personas, el Señor congrega hoy, aquí, junto al mar Caribe a más de mil catequistas ESPAC de todo Colombia para que también ellos, como los apóstoles, distribuyan el pan de la palabra a cuantos buscan a Jesús.

Vemos, en tercer lugar, en lo alto del afiche, entre el cielo y el mar, las manos de Cristo y, en ellas, su respuesta al clamor de la humanidad hambrienta.

Según lo relata san Mateo en su Evangelio Jesús, viendo a la muchedumbre que lo seguía, sintió compasión de ellos (Mt 14,13) y dijo a Felipe: ¿Dónde podremos comprar pan para dar de comer a tanta gente? Decía esto sólo para ver su reacción, pues Él sabía bien lo que iba a hacer (Jn 6,5). Intervino entonces Andrés, el hermano de Simón Pedro, diciendo: aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, pero qué es esto para tanta gente? Seguidamente Jesús tomó los panes y después de dar gracias, los entregó a los discípulos para que estos los distribuyeran entre todos, cuanto quisieron.

Al día siguiente, en Cafarnaún, a la multitud que clamaba: ¡danos pan!, Jesús (Jn 6,34) les dice: Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá más hambre. Yo soy el pan vivo que bajó del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, y yo la doy para la vida del mundo. (Jn 6,51). Os aseguro, el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. (Jn 6, 56).

Y no obstante que para muchos estas palabras de Jesús continúan resultando una doctrina inadmisible (Jn 6,60), cuando llegó la hora, aquella a la que él se refería en las bodas de Caná al decir a su Madre: “aún no ha llegado mi hora”; aquella hora por la que tantas otras veces anheló, Jesús, puesto a la mesa con sus discípulos, les dijo: ¡Mucho he deseado comer esta pascua con ustedes antes de morir! Fue entonces cuando tomó pan en sus santas y venerables manos, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: tomen y coman todos de él porque esto en mi cuerpo que se entrega por ustedes. ¡Hagan esto siempre en conmemoración mía!

Desde entonces la expresión “partió el pan y lo dio diciendo: tomen y coman esto es mi cuerpo, no ha dejado de repetirse en todas las latitudes del mundo, saciando siempre el hambre de la humanidad.

Fue a partir de entonces como después de Pentecostés, ninguno de los creyentes en Cristo consideraba como propio nada de lo que poseía, porque todo lo tenían en común (cf Hech 4,32). No había entre ellos necesidades porque todos los que tenían haciendas o casas las vendían y repartían el precio de lo vendido a cada uno según su necesidad. (Hch 4,35). De esta manera los creyentes, perseverando en la enseñanza de los apóstoles y en la unión fraterna, en la fracción del pan y en la oración, vivían unidos en la caridad. Unánimes y constantes acudían diariamente al templo, “partían el pan” en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón, alababan a Dios y se ganaban el favor del pueblo (Hech 2, 42-47).

La Santa Iglesia, hoy lo mismo que en sus orígenes, uniendo el "ágape" de los primeros cristianos a la Cena Eucarística, permanece siempre unida con el vínculo de la caridad en torno del Pan de Vida.

Es “al partir el pan”, cuando los que nos ven, pueden reconocernos como discípulos de Cristo. Es al partir el pan de la Palabra como un catequista ESPAC ejerce la mayor y más perfecta de las obras de caridad. La Iglesia atribuye un especial honor a la mayor de las obras de misericordia: “enseñar al que no sabe”. Es que el ejercicio de anunciar el Evangelio en la catequesis, como nos lo recuerda el Directorio General N. 63, es uno de los momentos del proceso total de la evangelización en el que se estructura la conversión a Jesucristo. “Los convertidos, mediante una enseñanza y un aprendizaje convenientemente prolongado de lo que es la vida cristiana, se inician en el misterio de la salvación y llegan a vivir según el estilo de vida propio del Evangelio”.

La caridad hacia el prójimo, en las formas antiguas y siempre nuevas de las obras de misericordia corporales y espirituales, constituye el contenido inmediato, común y habitual de la animación cristiana del orden temporal propia de los catequistas laicos. Es por esto que la labor de anunciar el Evangelio, de cuya respuesta depende la salvación, constituye la mayor de las obras de caridad y el compromiso específico de los catequistas.

Ejercitando de esta manera la caridad hacia el prójimo, los catequistas viven y manifiestan su participación en la triple misión de Jesucristo profeta, sacerdote y rey. Es decir, se identifican con el Hijo del hombre que "no vino a ser servido, sino a servir" (Mc 10, 45). Enseñando el Evangelio, los catequistas, viven y manifiestan la realeza de Cristo ya que la misión de anunciar y construir el Reino de Dios es el don más alto que el Espíritu concede para la edificación de la Iglesia y para el bien de la humanidad (cf. 1 Co 13,13). La Evangelización, en efecto, busca, promueve y sostiene la solidaridad con la que Cristo hizo suyas las angustias y necesidades del ser humano.

La Eucaristía nos introduce en el corazón del misterio pascual

“Yo vivo, pero no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Con estas palabras, el apóstol san Pablo quiere compartir con nosotros su experiencia del misterio eucarístico y su experiencia de evangelizador. Identificado con Cristo hasta el punto de que ya no es Pablo el que vive sino Cristo en Él, el Apóstol hace suyo el acontecimiento pascual que anima todas las dimensiones de la existencia humana con aquel amor que encierra toda la ley y los profetas. En la Eucaristía, en efecto, el catequista participa del amor pascual de Cristo que se entregó por él hasta la muerte. Así, el Apóstol nos quiere enseñar que es en el misterio eucarístico donde el catequista, en comunión con todo el Pueblo de Dios, vive la salvación en el ejercicio de anunciar el Evangelio.

La Iglesia, signo de la Nueva alianza y fruto del sacrificio de Cristo, es comunión de vida que se integra, por la Eucaristía, en el misterio de la Muerte y Glorificación del Señor; es comunión de vida que nos libera del egoísmo frente al prójimo; es comunión con la Trinidad y con todas las criaturas para construir la unidad del ágape pascual (Cf. LG 3, 26, 11).

La Eucaristía, que es partir el pan, que es donación de sí mismo hasta el extremo, nos permite vivir el amor pascual que hace de nuestra vida un don para el ser amado. Cristo, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).

Muy amados catequistas, es a partir de estas premisas y dentro de estos parámetros como nosotros debemos comprender nuestro apostolado catequístico como expresión de la caridad que procede del misterio eucarístico. En efecto, la Eucaristía construye en el corazón del catequista el sentido de la caridad que le permite participar en la misión profética de Cristo y le da la fuerza necesaria para llevar hasta el final el anuncio del Evangelio.

La Eucaristía: un proyecto para la evangelización de Colombia

Los dos discípulos de Emaús, después de haber reconocido al Señor resucitado “al partir el pan”, de inmediato se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén para comunicar a los Apóstoles que Jesús está vivo (Lc 24 33). Cuando nosotros catequistas, terminados estos tres días del Congreso, hayamos tenido la experiencia de Jesús resucitado y lo hayamos descubierto al “partir el pan”, ya no será posible retener para ninguno de nosotros el gozo de este encuentro. Profundizando en la intimidad eucarística a lo largo de estos tres días, tendremos que exclamar también nosotros: ¿No ardía nuestro corazón mientras caminábamos con Él por el camino? Es este el ardor de que nos habla el Papa Juan Pablo II al tratar de la Nueva Evangelización: el encuentro con Jesús produce necesariamente ese ardor, esa necesidad de testimoniar la fe, de evangelizar. ¿No fue, acaso, esta la reacción de la mujer samaritana después de encontrarse con Jesús junto al pozo?; ¿No fue esta, acaso, la experiencia de María Magdalena después de ver el sepulcro vacío y sentir su corazón rebosante del amor que llevó a Cristo a dar su vida por ella y por todos? Lo atestigua san Pablo cuando dice: “cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva (1 Cor 11,26). Aquí, el Apóstol relaciona la comunión con Cristo en el memorial de la Pascua, con el deber de anunciar el acontecimiento que se conmemora en el rito. Cuando celebramos el rito se nos dice: “Este es el sacramento de nuestra fe”, a lo cual nosotros decimos llenos del ardor de los discípulos de Emaús, de la mujer samaritana, de María Magdalena, de san Pablo y de la Iglesia toda: “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús”.

Podéis ir en paz

El podéis ir en paz, al final de cada Misa, es una consigna que debe ir acompañada siempre de la exclamación: ¿No ardía nuestro corazón? Para tal misión y con tal ardor, la Eucaristía proporciona al catequista la fuerza necesaria, el mensaje que debe comunicar y el método que lo debe guiar. Dicha misión procede de Jesús y pasa, a través del catequista, a la sociedad y a la cultura.

En un mundo globalizado, en donde hay tanta urgencia de alcanzar la paz y la justicia y en donde hay tantas contradicciones, el Señor quiso quedarse con nosotros en la Eucaristía para garantizar nuestra esperanza de que en la presencia sacrificial de Cristo se ha de cumplir la promesa de una humanidad renovada por su amor.

¡Podéis ir en paz! Será el último mensaje que escuchemos al término de este Congreso cuando, después de haber tenido aquí, la experiencia de los discípulos de Emaús, regresemos a nuestras parroquias llenos de entusiasmo para continuar cumpliendo el mandato de Jesús: ¡Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio!.

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Actualizado: 9/16/05 - webmaster