Preguntas para trabajar en grupo:
I - La Eucaristía más intensa de mi vida:
- ¿Cuáles fueron los elementos que me ayudaron más a vivirla plenamente?
- ¿Puedo enumerar los elementos que dependieron de mí, y los que no dependían de mí?
- ¿Cuáles fueron los antecedentes de la celebración?
- ¿Cuáles fueron los resultados de la celebración?
II - La Eucaristía menos interesante de mi vida: (se hacen las mismas preguntas de
arriba)
Por grupos, ver cuáles son los elementos que más podemos utilizar para avivar e integrar en nuestra vida la Eucaristía y cuáles los que tenemos que evitar.
La Eucaristía en la vida del catequista
En la Iglesia, especialmente la de Rusia y en Grecia se desarrolló un arte para representar lo sagrado: el arte de los iconos. Tal vez los iconos no nos llamen mucho la atención porque es un arte que no corresponde a nuestra cultura ni a nuestros gustos. Sin embargo los iconos no se dibujaban por razones estéticas; lo que los artistas querían representar a través este arte era abrir una ventana. La función de una ventana es la de permitir que entre la luz y el aire a la habitación y poder mirar hacia fuera. Además la ventana, afectivamente, da la sensación de apertura: mientras que una habitación sin ventana da la sensación de cerrado, un gran ventanal abre nuestro espíritu. Así tiene que ser un icono, una ventana que deja entrar la luz; la luz del misterio de Dios y el viento del Espíritu Santo a nuestra vida, y que, al mismo tiempo nos permite vislumbrar lo que hay afuera; la ventana nos pone en contacto con el más allá.
Por esto la creación de un icono necesitaba tiempo: tiempo de oración, no sólo del artista, sino de toda la comunidad; tiempo de ayuno y de sacrificio para que resplandeciera sólo la gloria de Dios; tiempo de conversión, ya que el artista no podía contaminar con el pecado la visión de Dios. En fin lo que se dibujaba tenía que ser fruto del Espíritu y no de intuiciones puramente personales del momento.
La inspiración del icono que recibieron en su carpeta del Congreso y que ahora tienen en su mano representa un pasaje del Gen. 18,1-15. En este pasaje nos llama mucho la atención la acogida de Abraham. Nos dice que un presupuesto indispensable para vivir la Eucaristía es tener un corazón agradecido. La acogida es como el fruto espontáneo del agradecimiento. Este pasaje siempre ha sido interpretado como la visita de Dios Trinidad. De hecho se ven tres personas con un bastón que simboliza a Dios, el buen Pastor revestido de Peregrino. Seguir a Dios quiere decir caminar, no tener morada fija aquí en la tierra. Nuestro Dios es siempre un Dios que viene; cada día viene y cada día nos sorprende con diferentes pruebas de amor. Los tres personajes se parecen mucho en la cara, todos ellos jóvenes, representan al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Los tres están alrededor de una mesa; en el centro hay una copa y dentro de la copa una especie como de cabeza de cordero.
Al frente de la mesa se ve un rectángulo. Algunos dicen que representa el mundo, otros como el hueco por donde salía la sangre de los sacrificios. Todas las interpretaciones sugieren la presencia o la participación del ser humano en el banquete. En la época en que fue dibujado este icono, se pensaba aún que la tierra no fuera redonda sino rectangular y que el cuarto invitado a la mesa es el mundo del Reino. Se trata de una fiesta y a esta fiesta está invitado el mundo entero. Recordamos lo que el mismo Jesús dijo (Jn.3,17) y que frecuentemente olvidamos: transmitimos un mensaje de salvación y no de condenación; es decir, no podemos ser catequistas metralleta.
Ahora, para personalizar más nuestro icono, podemos decir que el cuarto invitado al banquete es el que lo mira. El icono es como una invitación, nos está diciendo a cada uno: ¡Ven, sólo faltas tú!.
Pareciera como si los tres personajes estuvieran esperando a este cuarto invitado que todavía no se ha presentado. ¿Qué le pasa?, ¿Por qué no viene? Posiblemente porque ha perdido el camino.
La primera pregunta que le hace Dios a todo ser humano, la primera que encontramos en la biblia fue precisamente: ¿Dónde estás? Y esta pregunta se ha quedado sin respuesta, hasta el día de hoy. ¡Qué importante es para el catequista saber responder a esta pregunta! ¡Qué pena tan grande es encontrarse uno en la vida desubicado como aquellas personas que viven dando vueltas, que no pueden permanecer estables en un mismo sitio, que no son capaces de vivir con su familia y tienen que estar cambiando... y lo trágico es que se enorgullecen de ello.
Fue necesario que Dios enviara a su mismo Hijo para encontrar a los seres humanos en esa situación e indicarles el camino.
La meta de este camino es la casa del Padre. En el mismo icono se puede ver que detrás de uno de los personajes está precisamente la casa del Padre, que nos da la idea de un palacio, de una casa lujosa. Esto nos hace pensar en la parábola del hijo prodigo.
Leamos ahora al evangelio de Juan 17,3: En esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, el único Dios verdadero y a tu enviado, Jesús, el Mesías.
Conocer: es un término que nos puede confundir ya que para nosotros conocer es algo intelectual, es como estudiar, llegar a un conocimiento científico. Pero en la Biblia, la palabra conocer tiene un sentido más profundo. Conocer en el lenguaje bíblico es tener una experiencia. Si uno no ha tenido la experiencia del hambre no tiene conocimiento de lo que es sentir hambre, si uno no ha tenido la experiencia del dolor, no sabe lo qué es el sufrir... Así mismo, conocer a alguien, en lenguaje bíblico, no es tener una idea de alguien, sino tener experiencia de esa persona, es estar en comunión con esa persona, como los padres conocen a los hijos, porque viven en comunión con ellos según san Lucas en el pasaje de la anunciación, María no conoce varón... Y, entonces, ¿cómo es que poco antes había dicho que estaba desposada con José? Porque para la Biblia, conocer a alguien no es tener una idea sino estar en comunión, en estrecha unión con alguien.
Entonces el versículo de Juan: En esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, el único Dios verdadero y a tu enviado, Jesús, el Mesías, se puede traducir de la siguiente manera: Si la vida que Cristo nos trae no es eterna, entonces no es vida, es condena a muerte ya que la muerte quita la plenitud y en nuestro caso la plenitud de la felicidad. Tener experiencia de Dios y de su Hijo y del Espíritu Santo es vivir con Dios. Conocer es, en este sentido lo que le pasa al enamorado que no tiene otro deseo que estar con su amada, pensar en ella, soñar con ella, trabajar por ella. Nuestro cielo, nuestro paraíso, nuestra felicidad es conocer a Dios y estar en comunión con Él.
Fuera de esto la vida no tiene sentido; sólo hay muerte. Es como dice el evangelio de Juan a propósito de Judas: Jn. 13,30 Una vez que Judas hubo recibido el pan, salió. Ya era de noche. Con esto Juan no quiere decir sencillamente una información del tiempo, sino que fuera del banquete de Dios no hay nada, todo es noche. Y esto es el infierno, la soledad y la tristeza de sentirse solo, el tedio de la vida y de todo lo que signifique vida.
Nuestra meta entonces es la casa del Padre, o por mejor decir, la comunión con Dios.
En una casa la comunión se vive no tanto en las expresiones de cariño, aunque son necesarias, sino en la mesa, cuando ves que una familia está unida en la mesa. Si cada cual come lo suyo, cuando quiera y como quiera, si no hay diálogo, es porque las relaciones en esta familia no son buenas. Más bien parece un hotel. Y a la comida tenemos que aportar todo, ya que como dice san Pablo el que no trabaja, que no coma.... Al fin y al cabo el amor se demuestra con hechos, con sacrificios. Por eso, hay un árbol detrás que nos recuerda el árbol de la cruz que nos devolvió la vida que nos había sido quitada por el pecado.
No es una casualidad o una coincidencia que Juan, en su evangelio, omitiera el relato de la cena y pusiera en su lugar el lavatorio de los pies. Una Eucaristía donde no nos lavemos los pies los unos a los otros huele a falsedad. Qué tal si en una familia la persona que lava los pies es sólo la mamá
tendríamos unos hijos inmaduros y un marido que se considera el rey pero que no es más que un buey.
Pero volvamos a la imagen del banquete: es signo de gozo, alegría, amor, amistad, hasta de intimidad. Y este es el fin de nuestra existencia, fuimos creados para eso: para estar en la mesa de Dios. Nunca vas a invitar a tu mesa a personas a las que no amas, a los enemigos. ¿Cómo sería tu comida con ellos?, ni siquiera tendrías hambre.
Un niño de cuatro años viendo este icono dijo a su madre: veo estas personas se quieren mucho. ¿Cómo lo ha notado este niño?, ¿Qué signos del dibujo le hablan de amor? Las miradas. Si miramos con atención notamos que hay como un círculo, como un remolino de amor. Y también nosotros estamos llamados a entrar en este remolino de amor. Es este remolino de amor lo que hace que nuestra vida se funde en la roca es esa la otra imagen que aparece detrás del tercer personaje: es el Espíritu Santo, el amor entre el padre y el Hijo.
Ustedes saben que cuando uno mendiga el amor es arrastrado de un lado al otro, sin fin. En el evangelio Juan (4, 1-27) lo expresa bien en el caso de la Samaritana que viene al pozo en busca del agua. Ella pensaba colmar su sed yendo al pozo todos los días, pero volvía siempre a tener sed... y dice que tuvo cinco maridos y que aquel con quien ahora vive tampoco es su marido. Vive arrastrada de un lado y para el otro, buscando siempre calmar su sed aquí y allá, pero sin encontrar jamás la paz del corazón, hasta cuando se encuentra con Cristo. Es entonces cuando deja el cántaro botado en el piso y va al pueblo a decir a la gente: ¿Será ese el Mesías?.
Hagámonos otra pregunta, aquella que encontramos al principio de la biblia, y que también se quedó sin respuesta ¿Dónde está tu hermano? Y esta parece ser también la pregunta que nos hace este icono y la eucaristía que representa. Cuando al terminar la Eucaristía se nos dice: podéis ir en paz, no quiere decir ésto que ya hemos cumplido con nuestro deber, y ahora a la casita. El ir en paz es más bien ir al encuentro de todos los hermanos que están perdidos en el camino, que están mendigando amores. Cada domingo es como una invitación a dirigirnos hacía aquellos que no encuentran la paz, y en primer lugar a nuestro jóvenes y niños. No respondamos como Caín: ¿Soy yo, acaso, el guardián de mi hermano?
Veamos ahora lo que significa sentarse a la mesa con Jesús. Lucas en su evangelio nos narra algunas de las comidas a las que asistió Jesús:
Lc.5,27-39 Estar a la mesa con Jesús significa tener la voluntad de cambiar, de convertirse, como lo hizo Levi. Y nadie está excluido de su banquete, con tal que quiera convertirse.
1. 7,36-50 Estar a la mesa con Jesús quiere decir saber acoger, reconciliarse con el que estaba perdido, Simón en su casa quería sólo los puros, los perfectos
2. 9,10-17 Estar a la mesa con Jesús quiere decir ponerse al servicio y compartir lo que se tiene.
3. 10,38-42 Estar a la mesa con Jesús quiere decir, estar a la escucha, en sintonía con la palabra de Dios, sin afanarse o robar el tiempo a esta única cosa necesaria.
4. 11,37-54 Estar a la mesa con Jesús quiere decir cuidar la pureza del corazón, la honestidad, la integridad, sin doblez.
5. 14,1-24 Estar a la mesa con Jesús quiere decir buscar la humildad, no la ventaja personal y el honor.
6. 19,1-10 Estar a la mesa con Jesús quiere decir la disponibilidad a compartir con los pobres y abrir camino de justicia.
7. 22,7-38 Estar a la mesa con Jesús quiere decir entregar, sacrificar la propia vida en servicio de los otros, aunque entre los más íntimos esté el traidor.
8. 24,13-35 Estar a la mesa con Jesús quiere decir aceptar la cruz, la pasión, y reconocer la presencia escondida de Dios.
9. 24,36-53 Estar a la mesa con Jesús quiere decir ser testigos de su amor en el mundo entero.
En los evangelios vemos a Jesús en muchas ocasiones alrededor de una mesa, en un banquete. Por esto, los mismos seguidores de Juan bautista dirán preocupados, pensando que Jesús no es el verdadero Mesías, Lc. 5,33-34.
Los seguidores de Juan y de los fariseos ayunan y hacen oraciones, pero tus discípulos siempre comen y beben... ¿Acaso pueden ustedes hacer ayunar a los invitados a una boda mientras el novio está con ellos
?
Por eso, según Mt. 11,18, los adversarios decían de Jesús que era un comelón y bebedor... Además cuando Jesús hablaba del Reino de Dios muchas veces lo comparaba con un banquete.
| En la carta a |
Se refiere a si mismo como
|
Alaba a la Iglesia |
Critica a la Iglesia
por |
Promete recompensa
eterna por |
|
Éfeso
|
Siempre presente en las 7 Iglesias y ejercitando sobre ellas su poder
|
Muchas obras de virtud: por conservar la fe, por sufrir por amor de Cristo
|
Irse relajando, has abandonado tu primer amor
|
El alimento de la vida en el paraíso
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Esmirna
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El primero y el último, que estuvo muerto y que ahora vive
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Sufrir tribulación y pobreza
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La corona de la vida, perseveración de la segunda muerte
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Pérgamo
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El que tiene la espada de dos filos
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Fidelidad a Jesús y a la fe
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Acoger a malos maestros
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El maná escondido, una piedra blanca
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Tiatira
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El que tiene ojos de fuego (omniscente) y pies como bronce (irresistible)
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Crecer continuamente en buenas obras
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Escuchar a maestros que defienden la apostásia e inmoralidad
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Poder de juzgar a las naciones
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Sardis
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El que tiene siete espíritus y siete estrellas
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La presencia de unos pocos que no han manchado sus ropas
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Tener la reputación de viva, pero en realidad está muerta
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Túnica blanca, nombre puesto en el libro de la vida
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Filadelfia
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El Santo el que en verdad tiene la llave de David
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Lealtad a Jesús y a su Evangelio
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Ser una columna en el templo de Dios
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Laodicea
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El amén, el testigo fiel y veraz, el soberano de la creación de Dios
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Tibieza; no ser ni fría, ni caliente
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Gozar de un puesto en la mesa de Jesús y en su trono
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