Discurso pronunciado por Monseñor Carlos Sánchez Torres, Director de la ESPAC, al concluir la Misa de clausura del VIII-Congreso Nacional, el día 1 de julio de 2007
Eminencia Reverendísima, Excelentísimos señores Obispos, Ilustrísimos Monseñores, venerables sacerdotes, respetadas religiosas, muy queridos catequistas.
Celebramos con inmenso gozo el vigésimo aniversario de vida y actividades de la ESPAC. Lo hacemos dentro del contexto eclesial de la Exhortación Pastoral Sacramentum Caritatis del Papa Benedicto XVI y de la V-Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Aparecida.
Estos dos acontecimientos enmarcan nuestra celebración, como el punto de llegada del magisterio del inolvidable Juan Pablo II y del camino trazado por las Conferencias Episcopales de Puebla (1979) y Santo Domingo (1992); y, al mismo tiempo, como el punto de partida del camino pastoral de nuestra Iglesia, hacia los inmediatos proyectos de Dios en esta parte del Continente de la esperanza.
Situados en este punto, quienes estamos aquí respirando el ambiente de fiesta de nuestros anteriores siete congresos nacionales celebrados a lo largo de 16 años, en Bogotá, Montería, Manizales, Bogotá, Barranquilla, Villavicencio y Cartagena, y unidos desde ahora a los que, en Barranquilla y Santa Rosa de Osos, se celebrarán dentro de pocos días con este mismo propósito, estamos igualmente comprometidos en asumir los desafíos y en afrontar la lucha que exija nuestro compromiso de discípulos y misioneros de Jesucristo.
¿Y cuál es el origen de esta fiesta? Tengo que decir que la Escuela Parroquial de Catequistas tiene su trasfondo histórico en el Decreto conciliar Christus Dóminus, del Concilio Vaticano II cuando establece:
Vigilen atentamente, (los Obispos) que se dé con todo cuidado a los niños, adolescentes, jóvenes e incluso a los adultos la instrucción catequética, que tiende a que la fe, ilustrada por la doctrina, se haga viva, explícita y activa y que se enseñe con el orden debido y método conveniente, no sólo con respecto a la materia que se explica, sino también a la índole, facultades, edad y condiciones de vida de los oyentes, y que esta instrucción se fundamente en la Sagrada Escritura, Tradición, Liturgia, Magisterio y vida de la Iglesia. Procuren, además, que los catequistas se preparen debidamente para la enseñanza, de suerte que conozcan totalmente la doctrina de la Iglesia y aprendan teórica y prácticamente las leyes psicológicas y las disciplinas pedagógicas. Esfuércense también en restablecer o mejorar la instrucción de los catecúmenos adultos (Chr Dm 14).
Inspirada en esta determinación del Concilio y, además, en lo que establece Presbyterorum Ordinis referente al deber que incumbe a los presbíteros, y particularmente de los párrocos, de comunicar la verdad del Evangelio...tanto enseñando el catecismo cristiano, como exponiendo la doctrina de la Iglesia, la ESPAC nació en Bogotá en 1987, dentro del territorio conocido entonces como Vicaría Episcopal de la Sagrada Eucaristía y que son hoy la Diócesis de Engativá y la Zona Pastoral de San Pedro. Pretendíamos dar respuesta a la apremiante invitación del Papa Juan Pablo II en su visita, por entonces, a Colombia cuando nos urgía a una Nueva Evangelización con los criterios dados once años antes por el Papa Pablo VI en Evangelii Nuntiandi, y los posteriores, dados por el Papa Juan Pablo II en Catechesi Tradendae, en el Directorio General para la Catequesis de 1971 y en el Catecismo de la Iglesia Católica.
Por la época en que nacía la ESPAC en Bogotá, hace 20 años, todavía la Iglesia, como madre amorosa, creía estar meciendo al mundo entre sus brazos sin darse cuenta de que la criatura había crecido y que buscaba autonomía. El hecho, por esos días, de que la catequesis tuviera como lugar casi exclusivo las escuelas oficiales y los colegios privados; que los maestros, por ley o por contrato, fueran allí los catequistas; que la mayoría de los padres de familia poco o nada se interesaran en la formación cristiana de los hijos, y que los párrocos miraran el espectáculo cómodamente desde su parroquia, produjo el lamentable vacío en la educación de la fe del pueblo cristiano que caracterizó a nuestra Iglesia por la década de los 70 y cuyas consecuencias hoy palpamos con el alejamiento de tantos de nuestros fieles hacia grupos cristianos fuera de la Iglesia.
Entre otras causas de este fenómeno, pienso que la insistencia demasiado exagerada por parte de sacerdotes y religiosos en los aspectos sociales, dejando de lado el conocimiento de las verdades fundamentales de la fe, los compromisos de la vida en Cristo y la evangelización de la religiosidad de nuestro pueblo, hicieron que mucha gente, sedienta de trascendencia y de un encuentro personal con Dios, descubriera su lugar en ambientes más propicios para un mayor fervor unido a mensajes menos abstractos y más simplificados.
Por aquellos años, los términos catequesis y catequista sonaban mal, era cosa de niños; en lo escolar era la clase más aburridora y, en el hogar, los padres de familia eran incapaces de responder a las inquietudes religiosas de sus hijos. Los maestros-catequistas, sindicalizados y muy influenciados por la ideología marxista, nada querían saber de Dios y, mucho menos de Iglesia y de catequesis; las parroquias se ocupaban solo de preparar pomposamente la fiesta sacramental de las primeras comuniones sin que los niños hubieran tenido una iniciación en la fe desde sus hogares y en la parroquia. La primera comunión y su escasa catequesis previa, era el único bagaje doctrinal de un católico para el resto de su vida. Así las cosas, pronto la primera comunión venía a quedar en un bello recuerdo de la infancia sin casi ninguna proyección en la vida del joven, hasta la edad de la Confirmación o del Matrimonio, cuando después de un breve cursillo de información, las personas, muy religiosas quizás, pero nada evangelizadas, continuaban su camino en la vida como el que se asoma curioso a un espectáculo callejero o como el que bebe agua sin tener sed.
Nos considerábamos poseedores del monopolio de la vida religiosa porque hacíamos parte de una sociedad que, de una u otra forma, se consideraba creyente y católica. Disfrutábamos de una serie de garantías para el cumplimiento de nuestras tareas: aceptación y reconocimiento de los ministros de la Iglesia, enseñanza de la religión católica en los planteles educativos, conciencia de ser una mayoría dentro del conjunto social, ayudas estatales a los programas de la Iglesia, tradición familiar católica. Estas y muchas otras prebendas nos llevaron a actuar pensando que lo único importante era mantener una pastoral que cuidara de que no se fuera a pervertir la doctrina y el depósito de la fe, administrar los sacramentos aunque de manera rutinaria, sin insistir demasiado en el compromiso y haciendo obras de caridad de tipo asistencialista sin agentes debidamente formados para promover un auténtico cambio social.
Ante esta realidad, ¿Qué hacer, desde la Vicaría Episcopal de la Sagrada Eucaristía, para salir al paso de tan apremiantes problemas?
Se creó entonces allí una escuela presencial para capacitar catequistas. Los párrocos enviaban sus candidatos y el Vicario Episcopal, generosos sacerdotes y abnegadas religiosas, asumimos la tarea de clases y de prácticas. El trabajo era consolador y, sin duda, produjo buenos efectos. Pero la experiencia no duró mucho tiempo. ¿Qué la mató? Que muchos de los párrocos, por no participar en el proceso de formación de sus catequistas, les cerraban los espacios propios de los laicos.
Clausurada esta incipiente experiencia, continuaba viva y más angustiosa la gran pregunta: ¿Qué hacer ante el proceso de descristianización de nuestro pueblo? Adoptando la metodología de formación a distancia y de aprender haciendo, nos dimos en la Vicaría, a la difícil tarea de redactar el contenido doctrinal de los Módulos de la ESPAC, con la metodología venida del Instituto Catequístico de Neiva, como material de estudio para la formación de catequistas dentro de la cultura urbana de nuestras parroquias. El párroco asumía funciones de director de su propia escuela y, con las orientaciones del Programa, se responsabilizaba de la formación espiritual y pastoral de sus catequistas. Experimentada esta metodología durante un año en las parroquias de san Wenceslao y de Todos los Santos, dos polos opuestos en la geografía de la Vicaría; la experiencia resultó positiva. Pronto la ESPAC se insertó en la mayoría de las 75 parroquias restantes.
Así las cosas y en base de los buenos logros obtenidos, la ESPAC pasó de la Vicaría de la Sagrada Eucaristía a la del Espíritu Santo gracias al impulso de su Vicario, Monseñor Jesús María Rincón y, progresivamente, a las demás Vicarías de Bogotá por iniciativa de sus respectivos Vicarios Episcopales. De esta manera se fue insertando en toda la Arquidiócesis, con el apoyo del Arzobispo, el Cardenal Mario Revollo Bravo.
Entre tanto novicias de diferentes congregaciones religiosas formadas en la ESPAC, una vez hechos sus primeros votos, llevaron el Programa a diferentes lugares de Colombia. Tal fue el caso en la Diócesis de Montería donde, la acogida de su obispo, Monseñor Darío Molina Jaramillo, hizo que la ESPAC se instaurara pronto todas sus parroquias. Tan grande y tan rápido fue el auge de la ESPAC en Montería que allí encontró el lugar para la celebración del II-Congreso Nacional que congregó a 1500 catequistas de la diócesis de Montería y delegaciones de otras diócesis de Colombia. Con este mismo celo pastoral, Monseñor Molina mantiene, actualmente, viva la ESPAC en la mayoría de las parroquias de la Diócesis de Neiva.
Desde Montería, pronto se extendió la ESPAC por las Diócesis de Magangué, Montelíbano, Sincelejo, Cartagena, Barranquilla, Santa Marta y Riohacha.
Y, mientras esto sucedía en el norte del País, en Manizales Monseñor José de Jesús Pimiento, en 1989, asumía la ESPAC como programa del plan Arquidiocesano de Pastoral. De Manizales se proyectó luego a Pereira; de Pereira Monseñor Rigoberto Corredor la llevó a Buenaventura con muy buenos resultados sobre todo dentro del magisterio. Simultáneamente la ESPAC intentó hacer camino en Armenia y en Palmira donde Monseñor Mario Escobar Serna la asumió como instrumento pastoral de la Diócesis. Otro tanto sucedió en Ibagué y El Espinal en donde Monseñor Juan Francisco Zarasti y Monseñor Abraham Escudero dejaron las bases de lo que hoy es la ESPAC en el Tolima.
Y, mientras la ESPAC florecía en las diócesis de Sonsón-Rionegro, Santa Rosa de Osos, Girardota y Caldas en Antioquia, otro tanto sucedía en unas pocas parroquias de Medellín, lo mismo que en las diócesis de Dorada-Guaduas, en Ocaña y en Santa Fe de Antioquia.
A los tres años de nacida la ESPAC en Bogotá, el Obispo de Facatativá, Monseñor Gabriel Romero la adoptó como programa para los cursos de filosofía en el Seminario y para la formación de catequistas en las parroquias. Lo mismo hacía en Girardot Monseñor Jorge Ardila, en Chiquinquirá Monseñor Héctor Gutiérrez y en Villavicencio, Monseñor Alfonso Cabezas.
En Villavicencio fue tan grande el impulso del Programa, que su Arzobispo, Monseñor Octavio Ruiz Arenas, celebró allí el Sexto Congreso Nacional con lujo de organización y de participación de delegaciones de todas las diócesis ESPAC de Colombia. Y por los lados de Casanare y del Guaviare, también la Diócesis de Granada y el Vicariato Apostólico de san José han venido formando catequistas ESPAC desde cuando Monseñor Héctor Julio López y Monseñor Belarmino Correa acogieron este Programa .
Debo resaltar la cordial acogida y el valiosísimo impuso que Monseñor Luis Augusto Castro ha prodigado a la ESPAC desde su posesión como Arzobispo de Tunja, acogida e impulso que le había dado antes en el Vicariato Apostólico de San Vicente del Caguán.
De igual manera debo resaltar el proceso de la ESPAC en la Arquidiócesis de Popayán donde su Arzobispo, Monseñor Iván Marín la ha impulsado con tanto empeño.
Parecida acogida brindó a la ESPAC Monseñor Olavio López en las Diócesis de Yopal y Monseñor Alvaro Ortiz en Garagoa donde el Programa continúa impulsado por el actual presidente de la Comisión Episcopal para la pastoral bíblica y la catequesis, de la Conferencia Episcopal, Monseñor José Vicente Huertas.
Y, ¿qué decir del peregrinar de la ESPAC por las diócesis de Mocoa-Sibundoy, Istmina y Quibdo; por Cúcuta, Bucaramanga y Valledupar, por Pasto, Ipiales, Tumaco, y San Andrés y Providencia? Necesitaríamos otros 20 años para decirlo.
Fructuosa sobre manera ha sido, también, la acción de la ESPAC en Cuba donde el muy querido párroco del Inmaculado Corazón de María de Bogotá, padre Jorge Serpa, de regreso a su tierra natal, la dirigió con el mismo empeño con que la había impulsado, por años, en la Zona Pastoral del Espíritu Santo y hoy, hecho obispo de Pinar del Río, continúa utilizándola como instrumento pastoral para su diócesis.
En Venezuela, Monseñor José Sotero Valero, Obispo de Guanare y Presidente de la Comisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal, viene impulsando la ESPAC desde hace más de dos años para el servicio de su diócesis y de otras seis más. Me dice que en la actualidad se forman más de 500 catequistas. Y en el Ecuador, Monseñor Wilson Moncayo Jalit, obispo de la Diócesis de Santo Domingo de los Colorados, comienza ya a cosechar los primeros frutos de este Programa.
Todo este panorama arrojó en nuestra estadística de 2005 la cantidad de 11.500 catequistas formandos en Colombia y más de 10.000 graduados durante los 16 años anteriores. Se preguntará alguno de los que oyen esto: ¿No será imaginario y fantasioso todo este recorrido geográfico y estadístico? Sólo sé decir: Alabemos y bendigamos al Señor, porque sólo Él hace maravillas.
Y se preguntará otro: ¿Entonces de quién es la ESPAC y quién la ha hecho? Y yo le respondo: la ESPAC es de la Iglesia y es obra de la Iglesia. Porque, a lo largo de 20 años la han hecho:
- Cada uno de los 54 abnegados y abnegadas Delegados Diocesanos (sacerdotes, religiosas y laicos) encargados de promover y dirigir el Programa, en nombre de su Obispo, en las parroquias de sus respectivas diócesis. Junto con su trabajo local exigente y muy sacrificado, son ellos y ellas los que han aportado a la ESPAC sus conocimientos en catequesis, su creatividad, su trabajo generoso.
- ¿Qué quién ha hecho la ESPAC? La han hecho, a lo largo de 20 años, cada uno de los más de dos mil Coordinadores de grupos ESPAC. Ellos, reproduciendo la imagen de Jesús en medio de los Doce, como nos lo pinta el afiche de este congreso, hacen camino en las ciudades, en los pueblos, en los campos, en las montañas, en los valles, en los ranchos y malocas junto a los ríos San Juan y Atrato, en el Putumayo y en Tumaco, entre las ciénagas de los Departamentos de Córdoba y Bolívar, lo mismo que en el desierto de la alta Guajira, moderando los Encuentros de los catequistas, cultivando su espiritualidad, dirigiendo el estudio y el compromiso apostólico con el fin de formar discípulos y misioneros de Jesucristo en los más diversos rincones de Colombia.
- ¿Quién más ha hecho la ESPAC? La han hecho un inmenso número de párrocos quienes, obedientes al Código de Derecho Canónico que les exige procurar que la palabra de Dios se anuncie en su integridad y que, para ello, se promueva la formación de catequistas en las parroquias (Cn 528), son los directores de la Escuela, cada uno en su parroquia. Ellos, a la manera del rector de un seminario se ocupan de formar a sus catequistas en su ser humano, cristiano y apostólico; en su saber catequístico y en su quehacer de pedagogos de la fe, apoyados en el material que les brinda la ESPAC.
¡Qué bueno fuera que en los seminarios de Colombia se adoptara este Programa u otro semejante para la formación catequística de los futuros párrocos! Quizás así se evitaría la actual apatía de tantos por la catequesis.
- ¿Qué de quién es la ESPAC y quién la ha hecho? La ESPAC es obra, sobre todo de los Señores Obispos y entre ellos, el Señor Cardenal Pedro Rubiano Sáenz quien tanto la ha apoyado y quien le dio personería jurídica a la Fundación. Con Él, en Bogotá la ESPAC es obra de sus Vicarios Episcopales y de los Señores Obispos de las diócesis urbanas de Soacha, Fontibón y Engativá quienes con empeño continúan impulsándola en sus respectivas circuscripcio-nes. Al Señor Cardenal, a sus Vicarios Episcopales y a todos los Obispos que antes he nombrado, nuestra inmensa gratitud y nuestro aplauso.
Sabemos que sin el Obispo no es legítima una acción pastoral como esta en una diócesis. A ellos, como los primeros responsables que son de la catequesis, el Papa Juan Pablo II les dice lo siguiente:
Los Obispos, teniendo en cuenta las circunstancias actuales han de procurar que en cada diócesis existan las estructuras y agentes de pastoral necesarios para asegurar de la manera más digna y eficaz la observancia de las disposiciones y disciplina litúrgica, catequética y pastoral de la iniciación cristiana, adaptada a las necesidades de nuestros tiempos. El Obispo debe regular también, según las leyes de la Iglesia, lo que se refiere a la iniciación cristiana de los niños y jóvenes, dando disposiciones sobre su apropiada preparación catequética y su compromiso gradual en la vida de la comunidad. Además, han de estar atentos a que eventuales itinerarios de catecumenado, de recuperación y fortalecimiento del camino de la iniciación cristiana o de acercamiento a los fieles que se han alejado de la vida normal de fe comunitaria, se desarrollen según las normas de la Iglesia y en plena sintonía con la vida de las comunidades parroquiales en la diócesis (Pastores gregis n. 38).
- Finalmente, debo decirlo con la gratitud mía y de toda la Iglesia, que la ESPAC es obra también y en muy buena parte, del equipo de la Junta Directiva y de los inmediatos colaboradores y colaboradoras entre quienes debo destacar la persona de la Hermana Carmenza González, religiosa salesiana quien, como directora académica, orienta el saber hacer de los catequistas.
Dije inicialmente que celebramos este aniversario en el punto de convergencia de un pasado eclesial cargado de luces y de sombras, y de un prometedor futuro en la Iglesia de nuestro Continente. Desde este punto podemos vislumbrar lo que la ESPAC está llamada a ser y a hacer. El camino está trazado; nos lo indica la Exhortación Pastoral Sacramentum Caritatis y Aparecida.
En Sacramentum Caritatis, el Papa nos ha trazado de manera pedagógica lo que, desde el Concilio, el Magisterio de la Iglesia viene repitiendo acerca de la iniciación cristiana y que es el camino por el que continuará transitando la ESPAC. Al respecto,
Hemos de preguntarnos, dice el Papa, si en nuestras comunidades cristianas se percibe de manera suficiente el estrecho vínculo que hay entre el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Nunca debemos olvidar que somos bautizados y confirmados en orden a la Eucaristía. Esto requiere el esfuerzo de favorecer en la acción pastoral una comprensión más unitaria del proceso de iniciación cristiana. La santísima Eucaristía lleva la iniciación cristiana a su plenitud y es como el centro y el fin de toda la vida sacramental. (SC 17).
Basada en esta enseñanza y en este itinerario, la ESPAC ha venido formando a sus catequistas con una espiritualidad eminentemente cristocéntrica, bíblica, eucarística y comunitaria, dentro del proceso catecumenal de la iniciación cristiana. Es por esto que en todos sus encuentros los catequistas repiten lo que saben bien y viven con alegría: