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Eventos ESPAC

Pascua ESPAC 2003 en Bogotá

Con creatividad, entusiasmo y participación, las Zonas Pastorales caminaron desde Cristo

La Pascua ESPAC, celebrada el pasado 17 de mayo, estuvo enmarcada en un derroche de creatividad por parte de las Zonas Pastorales, que a través de representaciones teatrales se ilustró la forma eficaz de Caminar desde Cristo. El encuentro que tuvo lugar en el Centro Don Bosco fue engalanado con la participación de las directivas, delegados, coordinadores y alumnos ESPAC de nuestra ciudad capital.

La Eucaristía, presidida por el Director General de la ESPAC, Monseñor Carlos Sánchez Torres, fue el eje central de toda la mañana y tuvo su centro en recordarnos la importancia de la santidad, la oración, la Eucaristía dominical, la reconciliación penitencial, vivir en gracia con el Señor, escuchar y anunciar la Palabra de Dios caminando con y desde Cristo.

Es importante resaltar el esfuerzo de cada una de las Zonas Pastorales en sus intervenciones, pues dieron muestra de preparación y de hacer las cosas bien para entender más el sentido de la Pascua ESPAC. También cabe resaltar la reflexión del Padre Hernando Gómez, pues es una invitación a que sigamos siempre el camino de Jesucristo y anunciándolo a través de la catequesis parroquial siendo coordinadores comprometidos con la obra de Jesús. Además invitó a participar activamente y con un profundo sentimiento cristiano en el VI Congreso Nacional ESPAC, que se realizará en Villavicencio.

Por medio de representaciones teatrales, acompañadas de música, baile y talento, los asistentes a la Pascua participaron con entusiasmo, dejando ver el compromiso y la misión de evangelizar en cada una de sus parroquias y entendiendo la importancia que tienen ellos en el proceso de la catequesis y de la construcción de Iglesia, que siempre esta caminando y creciendo de la mano con nuestro Señor Jesús.

Cada uno de los Delegados Zonales de la Escuela presentó, por medio de una oración, la estadística de alumnos que se encuentran estudiando actualmente en cada una de la Zonas, arrojando un resultado de 2.800 estudiantes en los seis semestres. Con este número de catequistas estudiando, se está realizando una mejor catequesis en las parroquias de Bogotá y dejando ver el compromiso de anunciar a Jesús.

El encuentro finalizó al medio día, dejando en los participantes una sonrisa y una alegría en el Señor Resucitado, para anunciarlo como se nos pide en la Carta Apostólica de S. S. Juan Pablo II al concluir el Gran Jubileo del año 2000, Novo Millenio Inuente, en su capítulo III, Caminar Desde Cristo.

CARTA APOSTÓLICA NOVO MILLENNIO INEUNTE
(PP. Juan Pablo II - 06-01-2001)

III

Caminar desde Cristo

29. “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Esta certeza, queridos hermanos y hermanas, ha acompañado a la Iglesia durante dos milenios y se ha avivado ahora en nuestros corazones por la celebración del Jubileo. De ella debemos sacar un renovado impulso en la vida cristiana, haciendo que sea, además, la fuerza inspiradora de nuestro camino. Conscientes de esta presencia del Resucitado entre nosotros, nos planteamos hoy la pregunta dirigida a Pedro en Jerusalén, inmediatamente después de su discurso de Pentecostés: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» (Hch 2,37).

Nos lo preguntamos con confiado optimismo, aunque sin minusvalorar los problemas. No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!

No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz.

Sin embargo, es necesario que el programa formule orientaciones pastorales adecuadas a las condiciones de cada comunidad. El Jubileo nos ha ofrecido la oportunidad extraordinaria de dedicarnos, durante algunos años, a un camino de unidad en toda la Iglesia, un camino de catequesis articulada sobre el tema trinitario y acompañada por objetivos pastorales orientados hacia una fecunda experiencia jubilar. Doy las gracias por la cordial adhesión con la que ha sido acogida la propuesta que hice en la Carta apostólica Tertio millennio adveniente. Sin embargo, ahora ya no estamos ante una meta inmediata, sino ante el mayor y no menos comprometedor horizonte de la pastoral ordinaria. Dentro de las coordenadas universales e irrenunciables, es necesario que el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial, como siempre se ha hecho. En las Iglesias locales es donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas concretas objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura.

Por tanto, exhorto ardientemente a los Pastores de las Iglesias particulares a que, ayudados por la participación de los diversos sectores del Pueblo de Dios, señalen las etapas del camino futuro, sintonizando las opciones de cada Comunidad diocesana con las de las Iglesias colindantes y con las de la Iglesia universal.

Dicha sintonia será ciertamente más fácil por el trabajo colegial, que ya se ha hecho habitual, desarrollado por los Obispos en las Conferencias episcopales y en los Sínodos. ¿No ha sido éste quizás el objetivo de las Asambleas de los Sínodos, que han precedido la preparación al Jubileo, elaborando orientaciones significativas para el anuncio actual del Evangelio en los múltiples contextos y las diversas culturas? No se debe perder este rico patrimonio de reflexión, sino hacerlo concretamente operativo.

Nos espera, pues, una apasionante tarea de renacimiento pastoral. Una obra que implica a todos. Sin embargo, deseo señalar, como punto de referencia y orientación común, algunas prioridades pastorales que la experiencia misma del Gran Jubileo ha puesto especialmente de relieve ante mis ojos.

La santidad

30. En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad. ¿Acaso no era éste el sentido último de la indulgencia jubilar, como gracia especial ofrecida por Cristo para que la vida de cada bautizado pudiera purificarse y renovarse profundamente?

Espero que, entre quienes han participado en el Jubileo, hayan sido muchos los beneficiados con esta gracia, plenamente conscientes de su carácter exigente. Terminado el Jubileo, empieza de nuevo el camino ordinario, pero hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral.

Conviene además descubrir en todo su valor programático el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, dedicado a la «vocación universal a la santidad». Si los Padres conciliares concedieron tanto relieve a esta temática no fue para dar una especie de toque espiritual a la eclesiología, sino más bien para poner de relieve una dinámica intrínseca y determinante. Descubrir a la Iglesia como «misterio» , es decir, como pueblo «congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», llevaba a descubrir también su «santidad», entendida en su sentido fundamental de pertenecer a Aquél que por excelencia es el Santo, el «tres veces Santo» (cf. Is 6,3). Confesar a la Iglesia como santa significa mostrar su rostro de Esposa de Cristo, por la cual él se entregó, precisamente para santificarla (cf. Ef 5,25-26). Este don de santidad, por así decir, objetiva, se da a cada bautizado.

Pero el don se plasma a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la vida cristiana: «Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts 4,3). Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: «Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor».

31. Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la programación pastoral que nos atane al inicio del nuevo milenio, podría parecer, en un primer momento, algo poco práctico. ¿Acaso se puede «programar» la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral?

En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, «¿quieres recibir el Bautismo?», significa al mismo tiempo preguntarle, «¿quieres ser santo?» Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48).

Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos «genios» de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este «alto grado» de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe enriquecer la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia.

La oración

32. Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración. El Año jubilar ha sido un año de oración personal y comunitaria más intensa. Pero sabemos bien que rezar tampoco es algo que pueda darse por supuesto. Es preciso aprender a orar, como aprendiendo de nuevo este arte de los labios mismos del divino Maestro, como los primeros discípulos: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1). En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: «Permaneced en mí, como yo en vosotros» (Jn 15,4). Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica. Realizada en nosotros por el Espíritu Santo, nos abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre. Aprender esta lógica trinitaria de la oración cristiana, viviéndola plenamente ante todo en la liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial, pero también de la experiencia personal, es el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas.

33. ¿No es acaso un «signo de los tiempos» el que hoy, a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar? También las otras religiones, ya presentes extensamente en los territorios de antigua cristianización, ofrecen sus propias respuestas a esta necesidad, y lo hacen a veces de manera atractiva. Nosotros, que tenemos la gracia de creer en Cristo, revelador del Padre y Salvador del mundo, debemos enseñar a qué grado de interiorización nos puede llevar la relación con él.

La gran tradición mística de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, puede enseñar mucho a este respecto. Muestra cómo la oración puede avanzar, como verdadero y propio diálogo de amor,hasta hacer que la persona humana sea poseída totalmente por el divino Amado, sensible al impulso del Espíritu y abandonada filialmente en el corazón del Padre. Entonces se realiza la experiencia viva de la promesa de Cristo: «El que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,21). Se trata de un camino sostenido enteramente por la gracia, el cual, sin embargo, requiere un intenso compromiso espiritual que encuentra también dolorosas purificaciones

(la noche oscura ), pero que llega, de tantas formas posibles, al indecible gozo vivido por los místicos como «unión esponsal». ¿Cómo no recordar aquí, entre tantos testimonios espléndidos, la doctrina de san Juan de la Cruz y de santa Teresa de Jesús?

Sí, queridos hermanos y hermanas, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas «escuelas de oración», donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el «arrebato del corazón». Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios.

34. Ciertamente, los fieles que han recibido el don de la vocación a una vida de especial consagración están llamados de manera particular a la oración: por su naturaleza, la consagración les hace más disponibles para la experiencia contemplativa, y es importante que ellos la cultiven con generosa dedicación. Pero se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino «cristianos con riesgo». En efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitara progresivamente, y quizás acabarían por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición. Hace falta, pues, que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral. Yo mismo me he propuesto dedicar las próximas catequesis de los miércoles a la reflexión sobre los Salmos, comenzando por los de la oración de Laudes, con la cual la Iglesia nos invita a «consagrar» y orientar nuestra jornada. Cuánto ayudaría que no sólo en las comunidades religiosas, sino también en las parroquiales, nos esforzáramos más para que todo el ambiente espiritual estuviera marcado por la oración. Convendría valorizar, con el oportuno discernimiento, las formas populares y sobre todo educar en las litúrgicas. Está quizá más cercano de lo que ordinariamente se cree, el día en que en la comunidad cristiana se conjuguen los múltiples compromisos pastorales y de testimonio en el mundo con la celebración eucarística y quizás con el rezo de Laudes y Vísperas. Lo demuestra la experiencia de tantos grupos comprometidos cristianamente, incluso con una buena representación de seglares.

La Eucaristía dominical

35. El mayor empeño se ha de poner, pues, en la liturgia, «cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza». En el siglo XX, especialmente a partir del Concilio, la comunidad cristiana ha ganado mucho en el modo de celebrar los Sacramentos y sobre todo la Eucaristía. Es preciso insistir en este sentido, dando un realce particular a la Eucaristía dominical y al domingo mismo, sentido como día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana. 20 Desde hace dos mil años, el tiempo cristiano está marcado por la memoria de aquel «primer día después del sábado» (Mc 16,2.9; Lc

24,1; Jn 20,1 en el que Cristo resucitado llevó a los Apóstoles el don de la paz y del Espíritu (cf. Jn 20,19-23). La verdad de la resurrección de Cristo es el dato originario sobre el que se apoya la fe cristiana (cf. 1 Co 15,14), acontecimiento que es el centro del misterio del tiempo y que prefigura el último día, cuando Cristo vuelva glorioso. No sabemos qué acontecimientos nos reservará el milenio que está comenzando, pero tenemos la certeza de que este permanecerá firmemente en las manos de Cristo, el «Rey de Reyes y Señor de los Señores «(Ap 19,16) y precisamente celebrando su Pascua, no sólo una vez al año sino cada domingo, la Iglesia seguirá indicando a cada generación

lo que constituye el eje central de la historia, con el cual se relacionan el misterio del principio y del destino final del mundo.

36. Por tanto, quisiera insistir, en la línea de la Exhortación «Dies Domini», para que la participación en la Eucaristía sea, para cada bautizado, el centro del domingo. Es un deber irrenunciable, que se ha de vivir no sólo para cumplir un precepto, sino como necesidad de una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente. Estamos entrando en un milenio que se presenta caracterizado por un profundo entramado de culturas y religiones incluso en Países de antigua cristianización. En muchas regiones los cristianos son, o lo están siendo, un «pequeño rebaño» (Lc 12,32). Esto les pone ante el reto de testimoniar con mayor fuerza, a menudo en condiciones de soledad y dificultad, los aspectos específicos de su propia identidad. El deber de la participación eucarística cada domingo es una de éstos. La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es también el antídoto más natural contra la dispersión. Es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia, 22 que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad.

El sacramento de la Reconciliación

37. Deseo pedir, además, una renovada valentía pastoral para que la pedagogía cotidiana de la comunidad cristiana sepa proponer de manera convincente y eficaz la práctica del Sacramento de la Reconciliación. Como se recordará, en 1984 intervine sobre este tema con la Exhortación postsinodal Reconciliatio et paenitentia, que recogía los frutos de la reflexión de una Asamblea del Sínodo de los Obispos, dedicada a esta problemática. Entonces invitaba a esforzarse por todos los medios para afrontar la crisis del «sentido del pecado» que se da en la cultura contemporánea pero más aún, invitaba a hacer descubrir a Cristo como mysterium pietatis, en el que Dios nos muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente consigo. Este es el rostro de Cristo que conviene hacer descubrir también a través del sacramento de la penitencia que, para un cristiano, «es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo». Cuando el mencionado Sínodo afrontó el problema, era patente a todos la crisis del Sacramento, especialmente en algunas regiones del mundo. Los motivos que lo originan no se han desvanecido en este breve lapso de tiempo. Pero el Año jubilar, que se ha caracterizado particularmente por el recurso a la Penitencia sacramental nos ha ofrecido un mensaje alentador, que no se ha de desperdiciar: si muchos, entre ellos tantos jóvenes, se han acercado con fruto a este sacramento, probablemente es necesario que los Pastores tengan mayor confianza, creatividad y perseverancia en presentarlo y valorizarlo. ¡No debemos rendirnos, queridos hermanos sacerdotes, ante las crisis contemporáneas! Los dones del Señor -y los Sacramentos son de los más preciosos- vienen de Aquél que conoce bien el corazón del hombre y es el Señor de la historia.

Primacía de la gracia

38. En la programación que nos espera, trabajar con mayor confianza en una pastoral que de prioridad a la oración, personal y comunitaria, significa respetar un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia. Hay una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, «no podemos hacer nada» (cf. Jn 15,5).

La oración nos hace vivir precisamente en esta verdad. Nos recuerda constantemente la primacía de Cristo y, en relación con él, la primacía de la vida interior y de la santidad. Cuando no se respeta este principio, ¿ha de sorprender que los proyectos pastorales lleven al fracaso y dejen en el alma un humillante sentimiento de frustración? Hagamos, pues, la experiencia de los discípulos en el episodio evangélico de la pesca milagrosa: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada» (Lc 5,5). Este es el momento de la fe, de la oración, del diálogo con Dios, para abrir el corazón a la acción de la gracia y permitir a la palabra de Cristo que pase por nosotros con toda su fuerza: ¡Duc in altum! En aquella ocasión, fue Pedro quien hablo con fe: «en tu palabra, echaré las redes» (ibíd.). Permitidle al Sucesor de Pedro que, en el comienzo de este milenio, invite a toda la Iglesia a este acto de fe, que se expresa en un renovado compromiso de oración.

Escucha de la Palabra

39. No cabe duda de que esta primacía de la santidad y de la oración sólo se puede concebir a partir de una renovada escucha de la palabra de Dios. Desde que el Concilio Vaticano II ha subrayado el papel preeminente de la palabra de Dios en la vida de la Iglesia, ciertamente se ha avanzado mucho en la asidua escucha y en la lectura atenta de la Sagrada Escritura. Ella ha recibido el honor que le corresponde en la oración pública de la Iglesia. Tanto las personas individualmente como las comunidades recurren ya en gran número a la Escritura, y entre los laicos mismos son muchos quienes se dedican a ella con la valiosa ayuda de estudios teológicos y bíblicos. Precisamente con esta atención a la palabra de Dios se está revitalizando principalmente la tarea de la evangelización y la catequesis. Hace falta, queridos hermanos y hermanas, consolidar y profundizar esta orientación, incluso a través de la difusión de la Biblia en las familias. Es necesario, en particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia.

Anuncio de la Palabra

40. Alimentarnos de la Palabra para ser «servidores de la Palabra» en el compromiso de la evangelización, es indudablemente una prioridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio. Ha pasado ya, incluso en los Países de antigua evangelización, la situación de una «sociedad cristiana», la cual, aún con las múltiples debilidades humanas, se basaba explícitamente en los valores evangélicos. Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza. He repetido muchas veces en estos años la «llamada» a la nueva evangelización. La reitero ahora, sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: «¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9,16).

Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos «especialistas», sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano

de las comunidades y de los grupos cristianos. Sin embargo, esto debe hacerse respetando debidamente el camino siempre distinto de cada persona y atendiendo a las diversas culturas en las que ha de llegar el mensaje cristiano, de tal manera que no se nieguen los valores peculiares de cada pueblo, sino que sean purificados y llevados a su plenitud.

El cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esta exigencia de inculturación. Permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado. De la belleza de este rostro pluriforme de la Iglesia hemos gozado particularmente en este Año jubilar. Quizás es sólo el comienzo, un icono apenas esbozado del futuro que el Espíritu de Dios nos prepara.

La propuesta de Cristo se ha de hacer a todos con confianza. Se ha de dirigir a los adultos, a las familias, a los jóvenes, a los niños, sin esconder nunca las exigencias más radicales del mensaje evangélico, atendiendo a las exigencias de cada uno, por lo que se refiere a la sensibilidad y al lenguaje, según el ejemplo de Pablo cuando decía: «Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos» (1 Co 9,22). Al recomendar todo esto, pienso en particular en la pastoral juvenil. Precisamente por lo que se refiere a los jóvenes, como antes he recordado, el Jubileo nos ha ofrecido un testimonio consolador de generosa disponibilidad. Hemos de saber valorizar aquella respuesta alentadora, empleando aquel entusiasmo como un nuevo talento (cf. Mt 25,15) que Dios ha puesto en nuestras manos para que los hagamos fructificar.

41. Que nos ayude y oriente, en esta acción misionera confiada, emprendedora y creativa, el ejemplo esplendoroso de tantos testigos de la fe que el Jubileo nos ha hecho recordar. La Iglesia ha encontrado siempre, en sus mártires, una semilla de vida. Sanguis martyrum - semen christianorum. Esta celebre «ley» enunciada por Tertuliano, se ha demostrado siempre verdadera ante la prueba de la historia. ¿No será así también para el siglo y para el milenio que estamos iniciando? Quizás estábamos demasiado acostumbrados a pensar en los mártires en términos un poco lejanos, como si se tratase de un grupo del pasado, vinculado sobre todo a los primeros siglos de la era cristiana. La memoria jubilar nos ha abierto un panorama sorprendente, mostrándonos nuestro tiempo particularmente rico en testigos que, de una manera u otra, han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución, a menudo hasta dar su propia sangre como prueba suprema. En ellos la palabra de Dios, sembrada en terreno fértil, ha fructificado el céntuplo (cf. Mt 13,8.23). Con su ejemplo nos han señalado y casi «allanado» el camino del futuro. A nosotros nos toca, con la gracia de Dios, seguir sus huellas.

Directorio General para la Catequesis

Las dimensiones de la formación: el ser, el saber, el saber hacer

238. La formación de los catequistas compre nde varias dimensiones. La más profunda hace referencia al ser del catequista, a su dimensión humana y cristiana. La formación, en efecto, le ha de ayudar a madurar, ante todo, como persona, como creyente y como apóstol. Después está lo que el catequista debe saber para desempeñar bien su tarea. Esta dimensión, penetrada de la doble fidelidad al mensaje y a la persona humana, requiere que el catequista conozca bien el mensaje que transmite y, al mismo tiempo, al destinatario que lo recibe y al contexto social en que vive. Finalmente, está la dimensión del saber hacer, ya que la catequesis es un acto de comunicación. La formación tiende a hacer del catequista un educador del hombre y de la vida del hombre.

El perfil del Coordinador

"Id y haced discípulos míos..."

Tiempo de gracia en un mundo que cambia

El misterio de la Encarnación del Hijo de Dios indica que Cristo vive en nuestras circunstancias históricas: "habitó entre nosotros (Jn 1, 14). Es decir ha establecido su tienda de caminante en medio nuestro, para compartir nuestra vida. Todo creyente y especialmente aquel que guía, orienta su vida en sintonía con las vivencias de Cristo en cada periodo histórico y cada situación humana.

Nuestra sociedad humana entre dos milenios sufre cambios rápidos y profundos, que parecen forjar una nueva etapa histórica más técnica y pruralista; los cambios profundos, sicológicos, sociológicos, morales y religiosos, paracen delinear una persona y una comunidad humana con rasgos y características en las que habrá que reinsertar el Evangelio:

- Dominio sobre la naturaleza y progreso ilimitado en los campos de la manipulación: materia, energia, genética, espacio etc.

- Elaboración, intercambio y comunicación de datos y noticias, informática, ideologías que tienden a monopolizar la humanidad.

- Movilidad humana, masiva y permanente (desplazados, falta de trabajo, guerra, pobreza).

Ante estas situaciones el hombre de hoy siente más que nunca la necesidad de vivencia, experiencia y trascendencia; surgen dudas y preguntas sobre:

- El sentido de la vida, la dignidad de la persona (trabajo, cultura, convivencia) y de la misma historia humana...

- El sentido del dolor, de la injusticias, de la pobreza, del mal, de la muerte...

- El sentido del progreso y de los adelantos, comunicación de bienes con toda la humanidad...

- Sentido de trascendencia y del más allá como base del misterio del hombre...

- El sentido de las normas morales por la conducta personal, familiar, social, política, económica...

Ante esta realidad del mundo de hoy, el hombre muchas veces se pregunta sobre el silencio y la ausencia de Dios, el hombre no deja de sentir sed de Él, como si intuyera que sin Dios la vida sería un absurdo. Este hombre no deja de ser redimido por Cristo. Para hacer sentir la cercanía de Dios, se necesitan verdaderos y auténticos apóstoles que lo hayan experimentado en sus propias vidas, que lleven su mensaje y hablen desde el corazón que se sientan llamados por el Señor. Para ser colaboradores en su misterio de amor. Estos verdaderos y auténticos apóstoles para nuestro hoy son los coordinadores de la catequesis.

Personas comprometidas con Cristo, con su mensaje salvador y con su Iglesia, los coordinadores están llamados suscitar en los catequistas una renovación espiritual que responda a la realidad concreta a luz del Evangelio. "Esta realidad exige conversión personal y cambios profundos de las estructuras que respondan a las legítimas aspiraciones del mundo de hoy".

Buscar el verdadero perfil del coordinador ESPAC, es tomar el sentido de Jesús "Buen Pastor". Conoce sus ovejas y ellas a Él, toma sobre sí la enferma, las cuida, las llama por su nombre, conocen su voz, da la vida por ellas (Jn 10, 11-18). No se sirve de ellas sino que sirva a ellas ("no he venido a ser servido sino a servir").

El coordidor será aquella persona clave en la obra de la formación, que encuentra como elementos básicos: su compromiso (es el Señor quien lo llama y lo destina a ser su colaborador); su entusiasmo (dinámico, emprendedor); su responsabilidad (sus pasos son firmes, sabe la obra que se le ha confiado); su entrega (su tiempo es el tiempo de los demás, disponible y servicial).

El coordinador ESPAC, como nos dice nuestro Manual y el Directorio de Catequesis, es aquel que va elaborando su propio proyecto de vida centrado en Jesús, su obra y su amor y que tiene como misión hacer nuevos discípulos para el Señor; por ser la persona que orienta y guía debe ser abierta al diálogo, buscando en todo momento el bienestar de aquellos que se le han confiado, resolviendo sus interrogantes, siendo solidario en los momentos de la vida (tristezas o alegrías) con un amor capaz de romper todo obstáculo en el camino de la formación.

La humanidad y la sencillez son palabras que transformar en hechos concretos a través de su vida, encontrando en las palabras del "Maestro" su mayor elocuencia. "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontrareis en mí vuestro descanso" (Mt 11, 28). Estos elementos lo deben llevar a ser personas de buenas relaciones, buscando ante todo con su ejemplo y testimonio de vida que los catequistas encuentren un buen motivo de unidad y comprensión a nivel de grupo y nivel personal.

Nuestra vida, y sobre todo la del coordinador, debe llevarlo a tener sentimientos de equidad, buscando el bienestar de sus dirigidos especialmente como persona que no se deja condicionar, que no tiene preferencias sino, que los catequistas para él tiene el mismo valor. Busca su propio proceso de superación tanto espiritual como intelectual, para responder inquietudes, anhelos y esperanzas.

El Coordinador es persona de fe y de oración

La vida interior del coordinador debe ser transparente y muy sólida, al igual que los discípulos le pidieron a Jesús Maestro enséñamos a orar, los catequistas esperan que su coordinador sea ejemplo vivo de oración, habla de Jesús y muestra su imagen desde el corazón, lo fundamental para él y su grupo de dirigidos debe ser la Eucaristía fuente y cima de su vida y acción apostólica, que tiene como modelo de imitación a María Santísima.

Persona de constante inquietud, se actualiza y capacita de acuerdo a las necesidades de nuestro tiempo; su misión le exige: santidad, ciencia y eficiencia, por eso no puede ser persona que se queda estática y con los mismos conocimientos, sus mismos catequistas le exigirán actuar de acuerdo a lo que plantea la sociedad actual. El mundo de hoy ha acabado con el individualismo, por eso su preocupación debe ser el diálogo, el acompañamiento y la entrega a sus grupos y a sus catequistas. Siguiendo el ejemplo de Jesús buscará mostar un camino "Id por el mundo predicando el Evangelio y haciendo discípulos míos a los pueblos" (Mc 16,15).

Su madurez humana y cristina se reflejará en su equilibrio, su buen estado de salud, su responsabilidad, su honradez hacia su trabajo y lo que se le ha confiado, su dinamismo para crear y recrear, su espíritu de sacrificio, su perseverancia.

Concluyendo el coordinador estará

- Lleno del amor de Dios, con el mismo amor de Dios y en el mismo amor de Dios.

- Pleno de confianza: en sí mismo, en los otros, en su causa y en la promesa de asistencia de Dios.

- Optimista: con la certeza de que los objetivos no sólo son probables sino que se pueden alcanzar contando con la ayuda de Dios y la asistencia del Espíritu Santo. El optimismo comprende esperanza y entusiasmo.

- Íntegro y sincero: la transparencia y la certeza de ser una persona de la palabra, recta en sus compromisos, fiel en el cumplimiento de su deber y digno de confiaza de aquellos que lo siguen.

- Persona de dicisión: hábil para pensar en las opciones, en la toma de decisiones y aceptación del grupo. El buen coordinador debe resistir la tentación de dudar en el momento de tomar decisiones.

- Preocupado por los demás: en nombre de Cristo extiende la mano a todo el que se acerca.

- Abierto a expresar su deseo de trabajar con catequistas, incluso de puntos de vista diferentes; sabe respetar sus opiniones.

- Buen coordinador: con capacidad de comprender lo que los demás intentan decir y transmitir claramente las decisiones y planes de acción.

- Buen ejemplo: a través de la disposición apoyar a los catequistas en sus iniciativas y ayudarlos en sus tareas y planes a realizar.

- De mucho coraje, para enfrentar las críticas, sacrificarse, resistir a las presiones y a continuar avanzado a pesar de cualquier adversidad. Con plena confianza y seguridad que es el Señor quien llama y envía.

- Jesucristo cuenta contigo: "vosotros sois la luz del mundo... brille así vuestra luz delante de los hombres para que viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos". (Mt 5, 14-16)

Padre Hernando Gómez, Delegado Zona Pastoral Episcopal de San José

Pascua ESPAC 2003

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Actualizado: 5/10/05 - webmaster