Discípulos, ¿de qué clase?
Manuel José Jiménez R., Pbro.
Ninguno de nosotros niega la importancia y la necesidad de la catequesis. De alguna u otra manera, todos abogamos y percibimos lo urgente que es continuar con sus procesos de renovación. Muchos grupos de catequistas en nuestras parroquias, piensan incansablemente como mejorarla y hacerla más acorde tanto a los tiempos de hoy, como a lo que la Iglesia pide de la misma. Prueba del interés por la catequesis y su renovación son la cantidad de publicaciones que se refieren al tema, que estudian sus problemas y que nos ofrecen invaluable e incalculable material didáctico, especialmente para la catequesis de los niños y de los adolescentes.
No obstante estos y otros avances, entre los que sobresale el interés de los lacios por formarse y capacitarse convenientemente para ser catequistas, permanece entre nosotros cierta desazón por el alcance y logros pedagógicos de nuestras catequesis. Si pensamos que el objetivo de la misma es formar y hacer auténticos discípulos de Jesús en la Iglesia, con una personalidad de fe bien estructurada y fundamentada, lo que el Directorio llama una fe viva, explicita y operante, las preguntas que surgen a la valides y pertinencia educativa de nuestra acción son muchas. Bastaría con preguntarnos que tipo de discípulos de Jesús, si es que la catequesis nuestra se orienta a esto superando la mentalidad de aferrarla a lo ritual, formamos hoy día por medio de esta acción de evangelización. Para ayudarnos un poco en esta reflexión podríamos hacer un ejercicio parecido al de Jesús en el Evangelio y preguntarle a los que no hacen parte de la Iglesia, a los que nos miran desde lejos y hasta con recelo y temor, qué dicen sobre los discípulos de Jesús hoy. Es un ejercicio al que me veo abocado día a día por el encargo pastoral que realizó hoy día, así como por la sociedad actual que es totalmente plural, donde se valora grandemente el valor de la diferencia.
¿Qué dicen acerca de los discípulos de Jesús hoy? No hagamos la pregunta por la Iglesia como institución, pues algo que de algún u otro modo ha sido fuertemente estudiado, en donde se pasa tanto de la desconfianza absoluta hasta el brindarle el mayor grado de confiabilidad, sobre todo en su servicio a los pobres. La pregunta se dirige al creyente hoy en la Iglesia, a ese que ha participado en nuestras actividades y que puede hacer parte de muchos de nuestros grupos apostólicos. Veamos que se dice: es un persona conservadora, acrítica, premoderna, moralista, prejuiciosa, racista, sexista, machista, elitista y hasta guerrerista. Por lo mismo poco abierta al diálogo, poco plural en su mirada, encerrada en el templo y poco comprometida con la transformación de la sociedad. Creyentes, para quienes las diferencias, propias de las sociedades plurales, son un obstáculo para su fe y no una oportunidad de crecimiento y de testimonio. El creyente es tildado de mentalidad cerrada y excluyente. Claro que esto no niega ni busca desmentir otras miradas y formas de vernos mucho más positivas y quizás también menos estereotipadas y prejuiciosas. Pero sí ha de convertirse en un llamado de atención para que pensemos que tipo de creyente estamos formando hoy día a través de todos los procesos de evangelización, y no sólo por medio de la catequesis. Pues si esta mirada existe sobre los creyentes, no existe así no más en estado puro y nacida de la nada. Algo de razón tendrán, algo habrán visto, sentido y experimentado.
Tarea de la catequesis, y de la evangelización en general, es hacer de nosotros discípulos al estilo de Cristo. Preguntémonos pues: ¿ese creyente descrito, vivido y percibido por muchos de los que no lo son, corresponde al querer de Cristo? Con cuanto mayor razón cuando la realidad de hoy nos pide formar creyentes para este mundo, plural, globalizado, complejo, de la sociedad del conocimiento, laico y secular. Y pareciera que estamos lejos de ello. Pues nuestra catequesis aún esta muy infantilizada y mantiene a los que creyentes con una mentalidad infantil frente a la fe, la Iglesia y la complejidad de nuestras sociedades. Bastaría con resaltar el modo acrítico y pueril como se utiliza o "manipula" la Escritura en la catequesis ( y ni hablar de las homilías); la poca presencia de temas sociales, políticos y culturales; la exagerada "sensiblería que las caracteriza; el nulo diálogo, incluso en la catequesis de la infancia, con la ciencia, la tecnología y el conocimiento en general. Podríamos hasta darle razón a los que afirman que no hay nada más irracional que la religión y todo lo que la rodea. Razón por la cual, para muchos la religión es un "mito" bonito para los niños, para hacerlos más sanos y alegres, más obedientes y disciplinados, pero que no aporta nada en los momentos sucesivos de la existencia, especialmente en la vida universitaria y adulta.
En fin, creemos que es bueno que vayamos más allá de las afirmaciones de principios que son muy bonitas y dan gusto al oído. Pues si bien es cierto que tarea de la catequesis es formar discípulos de Cristo con personalidad, habríamos que preguntarnos, y seriamente, si la personalidad de muchos de nosotros responde a lo querido por Cristo en el Evangelio, a lo que significa ser testigos hoy, en el mundo de hoy, en la sociedad de hoy. Valdría la pena preguntarnos cuáles son los rasgos de fidelidad a Cristo, a la Iglesia y al mundo de hoy han de caracterizar al discípulo de Cristo en el hoy de nuestras sociedades. Y preguntarnos si la catequesis, tal como la pensamos y hacemos, responde a esas exigencias.
¿Tienes una conexión rápida y deseas disponer de más características? Prueba la versión completa
