NOSTALGIAS
Manuel José Jiménez R., Pbro.
Se nos ha invitado a pensar en la situación de la Iglesia en la sociedad de hoy. Somos conscientes que en muchos de nosotros existe un interés muy grande por encontrar caminos, salidas, de cara a una presencia significativa y verdaderamente evangélica en el mundo de hoy. Pero a la par también nos encontramos con cantidad de limitaciones y de obstáculos. Las explicaciones para uno y otro caso son muchas y variadas. Desde aquellos que "acusan" únicamente a la sociedad que se ha puesto totalmente de espaldas a Dios y a la Iglesia, hasta otros que "nos acusan" de ser muy poco realistas y objetivos. En ocasiones los extremismos nos impiden pensar y actuar con realismo. Particularmente cuando pensamos que la "culpa" solo esta afuera, en el mundo, en las realidades sociales y culturales. Lo cual nos lleva a añorar con nostalgia otros tiempos, otros momentos, otras circunstancias. Especialmente aquellos que hemos idealizado como tiempos pacíficos para la Iglesia, como tiempos en que éramos los únicos, en los que nuestra palabra y nuestra acción parecían decir algo, significar algo. Tiempos en los que nuestra "ligazón" con el estado, y por ende con lo social y lo cultural, nos aseguraban paz, tranquilidad, presencia pública, significatividad social.
Habría que preguntarse, y hacerlo muy en serio, primero, si ese tiempo "idealizado" verdaderamente existió, y segundo si ese es el modo ideal de ser Iglesia, de hacer cristianos. Se trata es de desmitificar esos momentos, que por lo demás no volverán, que esperamos no vuelvan. Porque la "mitificación" de ese tiempo, visto casi como natural por muchos, nos impide avanzar y asumir el presente. Nos aferramos a un pasado que consideramos como "idílico", casi como el paraíso terrenal, lo que nos impide aterrizar convenientemente en las realidades de hoy, que no son ni peores ni mejores que las de antes. Son las de hoy y basta. Deberíamos preguntarnos, por lo demás, si existe esa sociedad ideal para ser Iglesia, o si mejor hemos de ser Iglesia en cualquier sociedad, así ella no se acomode a nuestros sueños, a nuestras nostalgias, a nuestros apegos.
El habernos apegado a ese mundo "ideal" nos hace ver el presente como algo pasajero que nos impide soñar, vernos en perspectiva, dejar atrás muchos lastres del pasado, que son eso precisamente, lastres que nos impiden vislumbrar el futuro. No es que el tiempo y las sociedades sean algo estático y muy poco dinámico. Por el contrario, si hay algo que las caracteriza el es cambio, son los cambios y permanentes y continuos. Somos nosotros los que somos estáticos, los que vivimos añorando, deseando una sociedad "idealizada" que no existe más. Por eso decimos que vemos la sociedad de hoy como algo pasajero, como si se tratara de volver al pasado. Lo que nos impide, lo repetimos, asumir el presente y construir el futuro.
Quizás nuestras nostalgias provienen no solo de lecturas inadecuadas del presente, sino además, y podemos decir sobre todo, de lecturas inadecuadas del pasado. Particularmente del así llamado tiempo de cristiandad, tiempo que hemos idealizado hasta el extremo de llegar a "mitificarlo" como "el tiempo", como "el único tiempo posible", como "el mejor tiempo", pensando así que no han existido más tiempos, que no pueden existir otros tiempos. Nos hemos aferrado a un modo de ser cristianos, de ser Iglesia, como su fuera "el único" modo posible, en "el único mundo" posible. El haber idealizado ese tiempo, ese mundo, esa Iglesia, nos impide proyectar ese futuro continuo que nos espera, que nos abre cantidad de posibilidades, acompañado también con sus límites. Pero que al mismo tiempo nos permitirá quitarnos cantidad de "lastres" de nuestra historia que no han dejado ser al cristianismo y a la Iglesia lo que verdaderamente esta llamada a ser.
La tarea no es fácil porque casi todos nosotros somos hijos o producto de ese pasado mal entendido como "glorioso". Por eso lo vemos como el único, por eso lo añoramos, por eso nos cuesta tanto trabajo vernos de otra manera, pensarnos de otra manera. Por eso nos acompaña de modo permanente esa nostalgia. Hemos de ser más realistas: no somos ni seremos los últimos cristianos, ni los únicos cristianos, ni el modo único y definitivo de ser y hacer cristianos, de ser y hacer Iglesia. Al vivir "aferrados" a ese pasado idealizado, nos hemos más bien momificado. Vivimos en un mundo que no es más el nuestro. Y así hacemos todo lo contrario a lo que nos invita a hacer el evangelio. Pues hemos echado vino nuevo en odres viejos, y ya conocemos las consecuencias. Al momificarnos nosotros en el tiempo, en la historia, y en ese "único modo de ser Iglesia", nos estamos quedando lejos y fuera de la historia. Al momificarnos el evangelio ya ha dejado de ser "buena noticia" y "nueva noticia para muchos". Al momificarnos nosotros hemos momificado el evangelio y la Iglesia. Olvidamos que el evangelio y la fe cristiana no se identifican con ninguna cultura, pero por nuestras nostalgias los hemos "amarrado" a esa sociedad idealizada, mitificada y glorificada por nosotros. Razón por la cual para muchos el evangelio y la Iglesia son cosas del pasado, porque nosotros vivimos en el pasado, añorando el pasado, manteniéndonos en el pasado, apegados en el pasado, que por lo demás ni siquiera fue tan glorioso como lo creemos.
Atención pues a no proyectar nuestras nostalgias en el presente y mucho menos en el futuro. No hay "un único modo de ser Iglesia y de ser cristianos", a modo de un ideal de social y de sociedad. Si existe un único modo es el de ser fieles y coherentes al evangelio, no apegados a un mundo o a determinados contextos sociales y culturales. Las nostalgias de pasados gloriosos no nos dejan hoy día ni pensar, ni soñar, ni proyectarnos. Vivimos algo parecido a los israelitas en el desierto: Dios les otorgó la gracia de la libertad, de hacerse libres, y ellos, por miedo, no al desierto, sino a la libertad, añoraban el ser esclavos, añoraban las cebollas. Y peor aún se fabricaron un becerro de oro, al que le rindieron culto. ¿No será que nuestras nostalgias y apegos a pasados "mitificados" son nuestro actual becerro de oro, el modo de expresar nuestro miedo a la libertad y al desierto?
