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DEL RÍO A LA FUENTE

Manuel José Jiménez R.

Mucho se habla y se escribe acerca de nuevas formas de hacer la catequesis, en donde más que formas nuevas lo que se busca es una concepción nueva. Para ayuda de los lectores de Prensa Católica, queremos ofrecer hoy una reflexión muy concreta y aterrizada acerca de este asunto. Se trata de un análisis muy particular e iluminante realizado por la Conferencia Episcopal de Québec en Canadá. El documento lleva por título "PROPONER HOY LA FE A LOS JOVENES. UNA FUERZA PARA VIVIR", y es del año 2000. Lo interesante de este documento, que en algunos de sus apartes reproducimos ahora, es que nos invita a renovar nuestra perspectiva en relación con la catequesis y lo hace valiéndose de una imagen: dar el paso del río a la fuente. Sin más preámbulos, dejemos que el documento nos hable e interpelo por sí mismo. No sin antes señalar, que si bien el documento habla y trata particularmente de los jóvenes, valdría la pena, al hacer la reflexión de nuestras prácticas, apliquemos lo dicho a todos los modos de hacer entre nosotros la catequesis.

"En la educación de la fe, la cuestión no es acumular recursos, sino, ante todo, descubrir la fuente. La situación cultural que acabamos de evocar nos obliga a dos desplazamientos que suponen tener que pensar de otra manera el modo de proponer la fe a las jóvenes generaciones.

Estamos acostumbrados a pensar que la transmisión de la fe es como un río que se va haciendo más grande poco a poco, a medida que los afluentes van acrecentando su caudal y ensanchando su curso. Así, la tradición de la fe tenía su fuente en el hogar. Luego, durante la infancia y la adolescencia, ensanchaban su curso con el gran afluente de la escuela y la enseñanza religiosa escolar. A continuación, la parroquia tomaba el relevo por el resto del camino y el declinar de la vida. La transmisión de la fe se realizaba de modo progresivo, encadenándose de edad en edad, como una herencia llevada y conducida por el oleaje de la vida, en el diario funcionamiento de las instituciones sociales y eclesiales.

Hay que reconocer que esta imagen del río y sus afluentes no corresponde demasiado a la realidad. En la familia, con frecuencia parece que la fuente se ha secado. En la escuela, la aportación de lo religioso se ha reducido, o se trata a veces de modo aleatorio Por su parte, la parroquia, cada vez menos frecuentada, no alimenta más que a una débil parte de los bautizados, y muchos creyentes no encuentran en ella una verdadera respuesta para su hambre (...). Los lugares institucionales que lo caracterizaban se han ido descolgando continua y lentamente. Necesitamos pasar, de este modelo del río, cuyo desenlace se ha hecho incierto, a otro modelo.

En las nuevas condiciones, que son ahora las nuestras, lo que nos importa es remontar hasta allí donde la fe tiene su fuente: es decir, hasta el corazón de la experiencia de la gente. La fuente está en las personas, en los momentos esenciales de su vida, en las experiencias más básicas en que se dieron las primeras vibraciones, los primeros rumores de la fe. Esta fuente es la que está en el punto de partida de todos los caminos y es la que hay que volver a buscar continuamente, abrirla, canalizarla.

(...). Esta misma imagen de la fuente es la que inspira a Jesús en el diálogo con la samaritana (...). Volver, pues, a la fuente. Olvidarse de aquel esquema de canales y acueductos pastorales que ya no dan apenas agua. Buscar las fuentes de la fe, siempre subterráneas y que, tarde o temprano, afloran a ras de la vida. Están allí donde la gente, cansada recupera las ganas de beber, las aguas de agua, as ganas de vivir y revivir.

Volver a la fuente, como puede ya adivinarse, es más que volver a las creencias y que introducir en un sistema. Es, ante todo, tratar de extraer la experiencia espiritual que brota de la vida, que sorprende, que hace presentir lo esencial, que despierta, que pone en camino que hace vivir. Es aprender a reconocer, en las diversas edades de la vida, esa fuente que el Espíritu hace nacer en el corazón de las personas como un don, como una nueva fecundidad (...). En la educación en la fe, la cuestión no es ante todo acumular recursos, sino más bien, descubrir la fuente.

La actual situación cultural nos obliga igualmente a realizar otro desplazamiento: hay que pasar de los cursos a los itinerarios personales. ¿Qué quiere decir esto? La palabra curso evoca inmediatamente la idea de programa, de una serie de lecciones sobre la doctrina cristiana, de verdades que se enseñan. Los cursos, actualmente, conllevan a veces el miedo a la repetición y al indoctrinamiento. La palabra itinerario indica que se aprende la verdad, pero dejando espacio para la persona, para su autonomía, para su caminar. Nos transporta de la idea de verdad que se aprende a la verdad que se experimenta. Una verdad de la nos apropiamos, verificándola en la experiencia y convirtiéndola en convicción personal. (...) Proponer hoy la fe a los jóvenes no es tanto pretender darles cursos cuento sugerirles itinerarios de vida, invitarles a dar algunos pasos en el sentido del Evangelio, como quien hace un trecho del camino, como quien descubre poco a poco un país, un territorio nuevo, desconocido. Y todo ello con acompañamiento (...). Un itinerario personal es algo más que un conjunto de actividades o de estrategias pedagógicas; es una inmersión en la realidad, de la que se sale en parte transformado (...). El modelo de itinerario está perfectamente ilustrado en la página del Evangelio de los discípulos de Emaús (...) tal vez lo ilustra mejor aún el bello pasaje del camino que hacen juntos el diácono Felipe y el funcionario etíope (...).

Si sentimos este doble desplazamiento, si aceptamos pasar del río a la fuente y de los cursos a los itinerarios personales, muchas cosas pueden cambiar, y en especial la primera pregunta que debe abordar un documento de orientación como éste. En un pasado todavía no muy lejano, esa primera pregunta era cómo distribuir la doctrina a proponer a los jóvenes, durante su infancia y adolescencia, los contenidos que correspondían a cada curso escolar. De modo espontáneo, se pensaba en una enseñanza, en unos cursos, en un conjunto doctrinal que debía ir presentándose de un modo progresivo y completo. En esta nueva perspectiva que indicamos, la primera pregunta es otra: ¿qué caminos o itinerarios de iniciación hay que proponer a los jóvenes? ¿Y qué elementos de la tradición católica, qué historias, qué parábolas y páginas de la Escritura, qué símbolos y ritos litúrgicos, qué pasajes de la historia de la Iglesia y qué hechos actuales podrían ser para ellos especialmente significativos y nutritivos de dichos itinerarios?"

Hasta lo dicho por el documento de Québec en algunos de sus apartes. Esperamos que esta reflexión nos lleva también a nosotros a replantearnos varias cosas de nuestra práctica aún estancada en un esquema que no responde más a la situación cultural y religiosa de hoy. Particularmente en la práctica tan común de vincular los sacramentos a las edades de las personas (primeras comuniones para niños, confirmación para jóvenes) y no a los procesos de crecimiento de las personas, independientemente de la edad. Por ahora, pues este elemento es algo que hemos de profundizar, preguntémonos desde el documento expuesto en consiste para nosotros eso de pasar del río a la fuente, de los cursos a los itinerarios.

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Actualizado: 8/11/08- webmaster