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CATEQUESIS Y FAMILIA

Manuel José Jiménez R.

La relación catequesis – familia puede ser abordada desde muy variadas, pero complementarias perspectivas. Desde las que se detienen a pensar modos de catequesis familiar, particularmente los llevados a cabo con ocasión de la preparación a la eucaristía de los niños por parte de los padres, hasta los que se preguntan sobre como lograr mayor protagonismo y participación de los padres en la catequesis presacramental que organizan las parroquias. No faltan quienes se detienen a considerar la educación religiosa de los niños en la familia, y estudian su importancia, sus modalidades y contenidos. Lo interesante de todas estas miradas hoy es que ya comienzan a asumir, así sea poco a poco, los cambios culturales del momento como situaciones que inciden fuertemente en la educación de los hijos por parte de la familia, como en la preparación presacramental de los niños y la participación que se le solicita a las familias, como y en la pastoral matrimonial y familiar. Lo que lleva a muchos a pedir fuertes cambios en la catequesis frente a la situación cambiante de la familia.

En los documentos sobre la catequesis se habla de lugares de la catequesis. Tradicionalmente se menciona dentro de ellos a la familia, la parroquia y la escuela católica, sin desconocer otros como las comunidades de base y los movimientos y asociaciones de fieles. Detrás de la doctrina o del pensamiento acerca de los lugares de la catequesis esta el principio que acepta y reconoce en la comunidad cristiana, una función particular en relación con la catequesis. Principio que afirma que la comunidad cristiana es el origen, el lugar y la meta de la catequesis. Y todos estos lugares, de alguna u otra forma, han de cumplir y cubrir ese principio. Ya sea porque lo explican por sí mismas y de modo "autosuficiente" como el caso de la parroquia pero sin caer en el parroquialismo, o ya sea porque hacen referencia a la comunidad cristiana más amplia y de referencia, como en el caso de los otros. Los cambios culturales del momento exigen, no el cambio del principio, sino la asunción del mismo de un modo más acorde y quizás menos conservador, en el sentido de "mantenimiento" o de conservación". Pues es un hecho que todos estos lugares, con las particularidades de cada uno y en el respeto de su especificidad en relación con la catequesis y la evangelización, han de ser repensados y revisados, si queremos hacer de ellos lugares de una auténtica iniciación cristiana.

El problema, hoy día es que todas estas bases se encuentran en profunda crisis, lo que ha puesto en crisis la transmisión de la fe en la sociedad de hoy. Primero, dado los procesos de secularización, las actuales sociedades plurales, laicas y democráticas, la elección por la fe y por la vida cristiana ya no encuentra los apoyos sociales externos, sino que se ha convertido en un asunto de opción personal. Esto se conoce como el paso de ese estado de cristiandad a una situación misionera, como lo señalan diversos estudios. Lo que pide de nosotros un serio esfuerzo por asumirlo y comprenderlo, así como plantearnos de un modo nuevo y bien distinto el modo de transmitir la fe hoy día, dándole mayor importancia a la primera evangelización. Lo que nos lleva a colocar en el centro de la gravedad de nuestra acción en lo que se considera el quicio de la evangelización: la predicación del evangelio en vistas de la fe en Jesucristo.

Segundo, la familia también se ha fuertemente secularizado, lo que igualmente ha debilitado, e incluso hasta dejado de lado, su labor de socialización religiosa. Y ello debido a que diferente a otras épocas, lo religioso deja de ser relevante o se convierte en un asunto privado y poco regulado por la institución religiosa. En este contexto, son muchas las familias para quienes el vínculo con la comunidad cristiana es casi nulo, incluso hasta conflictivo. Pero lo paradójico es que así y todo no dejan de solicitar, e incluso hasta exigir a la Iglesia preparación sacramental para sus hijos, particularmente con ocasión del bautismo y la primera comunión, así como, no tanto como en el pasado, la celebración del matrimonio mediante el sacramento.

Por último, en lo que respecta a la comunidad cristiana, hay que reconocer que el vínculo vital y existencial con ella no existe, no se da y mucho menos es buscado por muchos de nuestros bautizados y por muchas de nuestras familias (muchas, pero no tantas como las de antes, unidas por el sacramento). A ello habría que agregar la crisis comunitaria y de identidad por la que atraviesa no solo las comunidades, sino la Iglesia toda, como lo expresaba en su momento el sínodo de la Arquidiócesis de Bogotá, los llamados de renovación de la parroquia y los actuales esfuerzos de trabajar por pequeñas comunidades.

Constatados estos hechos que nos invitan ya desde ahora a replantearnos en profundidad los modos educar en la fe y a hacerlo desde un paradigma más misionero, hay que añadir que no obstante el hecho de que aún en algunas familias se lleve a cabo cierta iniciación en la fe cristiana, que mantengan algún vinculo comunitario, como por ejemplo la participación en la eucaristía dominical (muchas veces no en familia, sino como miembros aislados) o la participación en la preparación sacramental (en las reuniones de padres a las que convocamos intentando generar cualquier posible enganche y continuidad comunitaria), permanece, dado el contexto secular y plural de hoy, el hecho de que el contexto ya no asegura desde el exterior la opción cristiana, sino que más bien en ocasiones la dificulta, y mucho. De lo que resulta que la primera evangelización en la familia cuando se es niño no es suficiente por sí sola, aunque sea absolutamente necesaria y determinante. En otras edades de la vida, a medida que la persona va creciendo en autonomía y libertad, se presenta la urgencia de realizar una y otra vez la primera evangelización en orden a la opción libre, madura y responsable por el ser cristiano en la Iglesia. Lo que a su vez explica la opción de la Iglesia de hoy por la catequesis de adultos, en la que la mayoría de los casos toma más bien un tinte misionero y de reiniciación. Por lo demás permite hacer otra opción: realizar la pastoral matrimonial, familiar y las acciones educativas en la fe de la familia (despertar religioso, catequesis familiar y educación permanente), desde una clara óptica y orientación comunitaria. La función socializadora y educadora de la familia no puede hacerse hoy día aislada de la comunidad, como tal vez si era posible hacerlo y mantenerlo en otros contextos de "catecumenado social". La comunidad cristiana ha de favorecer la articulación de acción con la de la familia, y con los demás agentes educativos, especialmente la escuela católica, en donde sea posible.

Se trata de superar la mentalidad de delegación imperante, que conlleva a alimentar el poco o nulo sentido de pertenencia en la comunidad cristiana. En el pasado era la Iglesia la que delegaba a los padres esta función, y dada la poca complejidad de la situación bastaba con alguna iniciación familiar y con la asistencia a la preparación presacramental. Era como si la familia se bastase sola para esta función. Luego ha sido la familia, la que al verse cada vez más incapacitada y desbordada para el cumplimiento de esta tarea, debido a la complejidad y pluralidad de la sociedad de hoy, ha delegado esta tarea a agentes expertos en la escuela o en la parroquia. Pero ni lo uno ni lo otro favorece que la familia se sienta miembro vivo y activo de una comunidad cristiana, así como tampoco hace que la comunidad cristiana, fuera de una que otra reunión de padres en los momentos presacramentales (bautismo, eucaristía y matrimonio), se preocupara por hacer familias cristianas. Si bien es cierto que algunos movimientos familiares y matrimoniales alivian en mucho esta crisis de pertenencia y de educación, el hecho es que son muchas las familias las que viven bajo la mentalidad de la delegación, otras más las que quedan por completo fuera de cualquier vinculo con la Iglesia en razón de sus situaciones particulares (divorciados vueltos a casas, por ejemplo, pero por desconocimiento en el manejo de su situación). El camino, además de la dimensión misionera ya señalada, es que la catequesis sea de toda la comunidad, para todos y por todos.

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Actualizado: 8/11/08- webmaster