RAZONES PARA NO CAMBIAR NI MEJORAR
Manuel José Jiménez R.
Desde que se dio inicio a esta aventura editorial de Prensa católica, la he venido acompañando con una serie de escritos alrededor de la catequesis, en donde he abordado sus avances, sus posibilidades, sus límites y sus problemas. Hay que reconocer que en ocasiones he sido más crítico que propositivos. Aunque en el fondo creo que es lo mismo. Pues se trata de asumir una postura, no de hablar para destruir, sino para generar inquietudes, despertar deseas de mejorar, llamar las cosas por su nombre, invitar a transformar. Por eso considero que no me he limitado a quejarme de la situación de la catequesis en nuestra Iglesia. Lo que he buscado es suscitar preguntas no hechas, abrir horizontes no imaginados. No dar recetas, porque nadie las tiene.
En diversos cursos y encuentros de formación en los que he tenido últimamente la ocasión de participar, me ha llamado la atención que todos sabemos que algo no funciona y que lo hacemos no responde a la situación actual ni de la Iglesia, ni del país, ni de la ciudad, ni de América Latina, por circunscribirme a los espacios más o menos conocidos. Todos sentimos un llamado profundo hacia la renovación. Pero siempre ocurre lo mismo. Se cree que es imposible hacerlo. Y son varias las razones. Enunciemos por ahora dos. No es que sean las más importantes ni las más recurrentes. Están ahí, y basta para reconocerlas.
La primera de ellas, es la falta de voluntad. Estamos demasiado acomodados a nuestra situación, a privilegios ganados, a modos de hacer las cosas. Lo que hace también que lo nuevo lo intentemos hacer desde lo antiguo. Sin perder nada de eso. Nos quedamos así en remiendos, pero nada más. Todo sigue igual, aunque decimos cambiar. La verdad es que no queremos cambiar nada, y si decimos que si, pero que no resulte demasiado incomodo, ni nos incomode. Tenemos un miedo inmenso al cambio. A diferencia de los demás profesionales que han tenido que aprender a vivir y a trabajar en este mundo de la incertidumbre y del cambio permanente, nosotros somos formados para dejar las cosas como están. Al fin y al cabo, para el caso de los sacerdotes, son más las certezas que las incertezas las caracterizan nuestra vida. Y no lo digo desde el punto de vista de la fe o de confianza en Dios y en su providencia. Lo digo en relación con nuestro modo de vivir. Todo lo tenemos asegurado desde el principio: casa, trabajo, alimentación, salud, cierto prestigio y reconocimiento social. Y si nos trasladan no es tan traumático como solemos pensar. A donde vayamos encontramos lo mismo. Nos movemos pues en medio de muchos seguridades, que la gran mayoría de la población no tiene. Y ello, aunque suene extraño, nos impide vivir de modo creativo y más productivo en la sociedad del cambio y de la educación permanente. Todo lo hacemos igual a como se hacían las cosas hace muchos años. El mundo ha cambiado a pasos agigantados y nosotros seguimos atrasados. Nos cuesta un trabajo inmenso soltar esas amarras mentales y existenciales. Aún seguimos pensando que somos los únicos en el mundo, los que tenemos el monopolio sobre lo divino y hasta sobre lo humano. Cuando en realidad hace mucho no somos más unos pocos entre muchos.
La segunda de ellas tiene que ver con el manejo de las fechas. Ellas son las que nos dominan. Como suelo decir: son las fechas las que controlan lo que hacemos y no somos nosotros los que controlamos las fechas. Nada sacamos con hablar de procesos, cuando el modo de manejar las fechas precisamente lo que impiden es hacer procesos. Cual proceso puede hacerse en orden al discípulado y la vida comunitaria cuando las fechas han convertido a los cursos en fines, olvidando que son medios. Seamos honestos y reconozcamos que lo que a hoy llamamos procesos no lo son. Es a lo mucho un modo de organizar los cursos y sus temas. La palabra proceso tiene que ver más bien con crecimiento personal, con conversión permanente. Y esto no puede ser encasillado ni encarrilado, ni mucho menos manipulado por unas fechas.
¿Deberían entonces desaparecer de nuestra programación parroquial las fechas finales de los cursos de bautismo, de confirmación, de primera comunión y de matrimonio? Si. Mientras mantengamos la situación actual de bautismos cada quince días, de primeras comuniones los ocho de diciembre, de una o dos tandas de confirmaciones, no vamos poder nunca hacer de la catequesis procesos de iniciación a modo de un verdadero catecumenado. Serán cursos y nada más. No se trata de caer en la anarquía ni en el desorden total. Se trata de darle a cada persona y cada comunidad el alimento adecuado. De acompañarlo en su situación frente a la fe. No es que no nos organicemos ni planeamos. Es darle más importancia a la persona que educamos que a los contenidos. Pues se trata de acompañar un proceso de conversión y de crecimiento continuo, no de fabricar empanadas ni mucho menos de contentarnos con llenar estadísticas. Como lo dije hace mucho tiempo: se trata de hacer cristianos en serio, no cristianos en serie.
