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OTRAS RAZONES

Manuel José Jiménez R.

En números anteriores dimos inicio a una serie de reflexiones aproximativas a las razones para que en catequesis, y vale decir para muchas cosas de la pastoral en la Iglesia, no cambien, ya que es mejor que sigan igual. Hay que decir que no son las únicas. A nuestro parecer existen otras, algunas más de forma, otras más de fondo. Además cada uno y cada grupo tendrán otras. Aquí hablamos de algunas hemos tenido oportunidad de constatar gracias al intercambio permanente con obispos, párrocos, catequistas, familias, formadores de catequistas, investigadores, teólogos y pastoralistas en diferentes lugares del país y de América Latina. No esperamos que todos estemos en un acuerdo absoluto y definitivo con estas razones. Esperamos más bien aportar algo a la reflexión, donde se hace, pues una de las razones para no cambiar y dejar de las cosas como están es porque no "razonamos", no nos preguntamos acerca de la pertinencia y validez de lo que venimos haciendo. En ocasiones ni siquiera encontramos razones para argumentar o defender lo que se hace, fuera de la tradición o la costumbre, porque siempre se ha hecho así y basta.

En el orden de las razones nos adentramos en asunto que toca uno de los argumentos para entender el porqué no se cambia, a pesar de los esfuerzos existentes de renovación. La verdad es que no nos hemos hecho la pregunta adecuada en relación con los problemas de la catequesis. Nos hacemos otras preguntas, sobre todo por las técnicas y el orden de los contenidos, y no sobre el porqué es necesario cambiar la forma de entender y de hacer la catequesis, para que ella acompañe efectivamente los procesos de iniciación cristiana. Seguimos creyendo el problema está en como hacer mejor cada catequesis presacramental, desarticulada la una de la otra. Asumimos que el problema está en como dar una catequesis previa a los sacramentos a modo de curso o de encuentro.

Que difícil es ampliar la mirada y ubicarnos en un panorama más amplio y más extenso. El problema no son ni los bautismos de los niños, ni la primera comunión de los niños, ni la confirmación de los adolescentes. Si este fuera el problema, la verdad es que no habría problema. Sería más bien un problema inventado por nosotros, ahí si como dice la gente, para molestarlos e incomodarlos llenándolos de requisitos y de cursos y de horas de encuentros. Bastaría con hacer campañas, con convocar a la gente que no haya bautizado sus hijos a hacerlo, a los niños que no han hecho la primera comunión a hacerlo, a los adolescentes y a los que no que se han confirmado a hacerlo. Hacer algo parecido a lo que equivocadamente hacemos hoy con los cursos de confirmación para novios próximos al matrimonio. Citarlos un fin de semana, hacer alguna charla media simpática y cautivadora (más no motivadora), confesarlos (porque la confesión previa es un requisito más, como lo es el curso) y en la tarde o al día siguiente hacer la ceremonia sacramental. Y este esquema se puede repetir, así como lo hacemos, y vale pena repetir, equivocadamente con los novios, cada quince días. Incluso hasta repartirlo entre parroquias para que la gente cuente con más posibilidades.

Pensando así no hay problema. Si el asunto es que los niños hagan la primera comunión, aprovechemos ahora, no sea que después no se pueda. Si el asunto es que los niños se bauticen, aprovechemos cualquier momento, no sea que después no vuelvan más y se queden sin el sacramento y, claro, motivos teológicos dirán algunos, sin la vida eterna. No necesitamos desgastarnos seis meses, ni un año. Pues esto si que desgasta la gente, las parroquias y hasta los mismos catequistas. Que mejor que actuar a modo de campañas y de promociones, y si es en combo mucho mejor (matrimonio de los papás y bautismos de los niños).

Pensando así no hay razones para cambiar. Ni siquiera vemos que la pregunta no sólo tiene que ver como el modo de anunciar el Evangelio, ni de acompañar a otros a hacerse cristianos, sino con algo más profundo y de peso: la pregunta por el modo de ser Iglesia hoy. No se trata de inventarnos uno nueva Iglesia. Se pide es fidelidad al Evangelio de Cristo. Pero también se pide que seamos conscientes de los profundos cambios acontecidos en todas las dinámicas sociales y culturales, al menos durante los últimos cincuenta años para no ir más lejos. Nos negamos a preguntarnos por nosotros mismos. Por el modo de ser Iglesia. Por la Iglesia que hemos construido. Por la Iglesia del pasado, del presente y del futuro.

El problema es que no vemos el problema. Parece más bien que nos hemos inventado problemas donde no los hay. Pues al no ver el problema nos hemos llenados de problemas de formas que no cambian nada, ni ayudan para nada. Y todas nuestras discusiones giran en torno a problemas artificiales, cuando al no ver el problema podemos salir de él con campañas promocionales, como de hecho ya se hacen. Y esto si que se va a convertir en un verdadero problema y de alcances insospechados para el futuro. Pues todo lo reducimos a campañas. Esperamos no exagerar, pero incluso aunque hagamos primeras comuniones una o dos veces al año, y bautismos una vez al mes, no dejan de ser campañas, aunque más extensas en el tiempo. Pero son campañas, nada más que campañas.

Como dirían lo estudiosos del pensamiento complejo: nos hace falta hacernos la pregunta pertinente. Por eso no encontramos razones para cambiar. Más bien nos llenamos de razones para seguir igual.

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Actualizado: 8/11/08- webmaster