FE Y DEBATE DEMOCRATICO
Manuel José Jiménez R.
Los últimos acontecimientos en torno a la vida hacen necesaria una reflexión muy seria acerca del modo de vivir como creyentes, de ser Iglesia y de anunciar el Evangelio en las actuales sociedades plurales y democráticas. Con el propósito de suscitar y de alimentar dicha reflexión, ofrecemos a los lectores de PRENSA CATÓLICA un resumen de algunos estudios al respecto, sin la pretensión de abarcar toda la complejidad del problema. Se hace con la idea de continuar pensando el modo de ser cristianos y de ser Iglesia hoy, fieles y coherentes con el Evangelio, al servicio del mundo de hoy.
La diversidad y la pluralidad, en este actual contexto de universalidad o de globalización, son los valores más defendidos y proclamados. Y lo es porque en ambos se pone una atención especial al modo de vivir la diferencia hoy día, situación en la que los conflictos, sean regulados de modo no violento. En donde el reto es además impulsar una diferencia que no sea desigualdad, y una universalidad que sea liberadora y respetuosa de la particularidad, contraria a todo tipo de fanatismo, sectarismo y fundamentalismo (Xabier Etxberria 2000, 11-12). En el fondo, es la pregunta por la convivencia pacífica y justa en las actuales sociedades plurales, democráticas y laicas. Pregunta que toca también a las religiones. De ahí el esfuerzo por tratar de encontrar desde la construcción de una ética mundial o una ética de mínimos, la superación de cualquier forma de violencia o de intolerancia producto del pluralismo y de la diferencia religiosa.
En la base de este reconocimiento, se encuentra la valoración del pluralismo en general, y del axiológico en particular. Situación que hace que la sociedad entienda la tolerancia como sincero respeto a la diversidad ideológica, y no como la actitud de resignada aceptación del diferente por impotencia para eliminarlo o convertirlo. El pluralismo lleva igualmente a rechazar dos posiciones contrarias a la convivencia desde las diferencias: el monismo axiológico, que consiste en imponer por la fuerza una única mirada a toda la población, y el politeísmo axiológico, por las que cada grupo, e incluso cada individuo, defendería su propia visión sin aceptar ningún tipo de principios comunes vinculantes para todos. (Emilio Martínez Navarro 2005,60).
Precisamente, contrario a estas dos posiciones igualmente intolerantes, por ética mundial intercultural o ética de mínimos o ética cívica básica compartida se entiende ese conjunto de principios generales que se perciben como aceptables desde diferentes morales locales, y que no implican la desaparición de estas últimas, llamadas también ética de máximos o éticas comprensivas. Esta distinción muestra que en una sociedad pluralista todos estamos parcialmente en desacuerdo (puesto que cada cual se adscribe a alguna cosmovisión con sus correspondientes máximos morales no compartidos por toda la sociedad), pero al mismo tiempo todos estamos parcialmente de acuerdo (puesto que en la cosmovisión de cada uno también se recogen, unos mínimos morales que son compartidos por toda la sociedad). (Emilio Martínez Navarro 2005, 16.56-57).
Las éticas comprensivas o de máximos son las diversas propuestas de vida buena presentes en una sociedad plural. Algunas de ellas contienen elementos religiosos explícitos. Otras se muestran independientes de toda religión. Pero cada una es afirmada por algún grupo social que pretende hacerla extensiva al completo de la sociedad. Cada ética comprensiva es un discurso completo acerca del sentido de la vida humana, y pretende abarcar en su seno todos los aspectos relevantes de la misma, con objeto de orientar las decisiones de las personas en todos los campos de actuación, tanto pública como privada, tanto individual como social. La ética mínima básica o ética o de mínimos, no se entiende como el resultado de una renuncia de cada ética comprensiva a sus propios principios, sino más bien como el espacio común que resulta de la coincidencia de diversas éticas comprensivas en unos valores que acepta cada una de ellas desde el principio. Razón por la cual, hay que entender que la ética cívica no es una ética global y completa, sino modular. En el sentido que es un módulo de valores que no pertenece en exclusiva a ninguna de las éticas comprensivas, sino que aparece como una parte de cada una de ellas que se repite, con estilo propio, en todas ellas. (Emilio Martínez Navarro 2005, 60).
Desde esta lógica de mínimos y máximos, se piensa que el único modo en que puede subsistir la ética cívica consiste en que los grupos que sostienen cada una de las éticas comprensivas se comprometan a potenciarla desde su punto de vista. Y solo así podrá servir de marco para la convivencia pacífica. Lo que, para el caso de la ética cristiana, conduce a hacerse la pregunta de su relación con la ética cívica y con las demás éticas comprensivas o de máximos en un mundo plural, diverso e intercultural.
No es este el espacio para ahondar en el mismo. Por ahora interesa notar que este diálogo, precisamente para que sea diálogo, ha de asumir características diferentes, que superen el absolutismo cristiano. Supone asumir más bien el paradigma y el talante para la misión y la inculturación, propio del Vaticano II: el diálogo como apertura a la alteridad, el diálogo como donación de la riqueza del Evangelio, diálogo en la búsqueda conjunta de la verdad y del amor, diálogo como servicio. Pues la Iglesia de Jesús, solo dialogando, de palabra y de obra, evangeliza, a la vez que es evangelizada al descubrir y acoger, en diálogo sincero, las riquezas que Dios ha distribuido de forma generosa en los pueblos, culturas y religiones. (Bartomeu Bennássar 1997, 19). Interesaría aquí tratar de descubrir cómo y de qué manera la ética cívica puede servir de mediación cultural entre las diversas éticas. Mejor aún, cómo y de qué manera la ética cívica es camino no sólo para la inculturación del evangelio, sino más aún para que la fe se haga cultura y realmente encarnada. Una pastoral pensada de este modo, dialoga sin pensar que ni la fe ni la moral cristiana se ven comprometidas, asume el dilema del pluralismo y la diferencia, ya no desde el unos sobre otros, o desde el unos contra otros, o desde el unos al margen a otros, sino unos junto con otros. Pues lo contrario sería más bien una actitud pre- conciliar, o mejor aún anti- conciliar, hablando del Concilio Vaticano II, contraria particularmente al espíritu de la Gaudium et Spes. (Bartomeu Bennássar 1997, 25).
Con esto no es que se niegue la importancia del anuncio, ni mucho menos que se olvide la relación señalada entre diálogo y anuncio. Más bien, y bajo el telón de fondo de lo ya dicho en su momento, se trata es de pensar modos nuevos de hacer el anuncio, más acordes a una pastoral misionera y en contexto misionero. Urge abandonar actitudes de supuesta superioridad del saber de los creyentes como si el cristianismo tuviera respuestas para todo y recetas cristianas para todos los problemas (
). Más respeto se inspira en la sociedad pluralista cuando se ofrecen modestamente argumentos sensatos y propuestas razonadas. Por eso es urgente que los cristianos se tomen en serio las reglas del juego democrático y las llamadas éticas aplicadas, donde queda mucho por averiguar y poner en práctica: no se trata de colonizar esos saberes éticos emergentes para convertirlos en feudos casi confesionales, como algunos cristianos erróneamente están haciendo, sino de aportar en ellos propuestas de veras que promuevan los valores que dicen promover. Las éticas aplicadas desarrollan los principios de la ética cívica en los ámbitos concretos de la vida social, de modo que en ellas nos jugamos mucho. Por eso, de lo que se trata es de dejar de hacer moralinas seudoreligiosas y aceptar el reto de comprometerse a vivir la fe en la intemperie, esto es, participar como ciudadanos en las tareas ciudadanas, impulsando la ética cívica y las éticas aplicadas por ellas mismas, y al mismo tiempo anunciar la buena noticia desde el testimonio de una vida consecuente con la alegría de saberse amado. (Emilio Martínez Navarro 2005, 111).
Concluyendo, la pregunta acerca de la relación y diálogo entre ética cívica y éticas comprensivas, entre las que cabe la cristiana naturalmente, tiene como telón de fondo un problema de gran calado sobre las relaciones de las pluralidades en las sociedades democráticas, asunto que ha sido estudiado particularmente por Jonh Rawls, a quien se hace necesario acudir para profundizar no sólo en este diálogo necesario, sino también en el modo como el cristianismo puede asumir ese tipo de presencia más humilde, razonada y democrática. La pregunta fundamental de Rawls puede ser más o menos formulada en estos términos: ¿Cómo pueden los ciudadanos, que se entienden desde la perspectiva de sus respectivas tradiciones comprensivas, ejercer su poder político dentro de la democracia? En este contexto, el ideal de la ciudadanía impone el deber moral de la civilidad, que consiste en que los ciudadanos han de poder explicarse unos a otros en los valores políticos de la razón pública. Es decir, para poder ofrecer su aporte a la construcción de la concepción política compartida por una pluralidad de doctrinas compresivas razonables, los principios de estas doctrinas requieren de un fuerte trabajo de mediación a través de la razón pública, para que la información que presuponen se haga disponible para todos los ciudadanos, de manera que éstos puedan hacer una evaluación imparcial de los argumentos. Si se evade este esfuerzo de argumentación y evaluación razonable, se está de vuelta a los contextos en que prima la verdad total o la revelación en que se cree aún sin entender. (John Rawls 1996, 160-162).
En últimas, se trata de pensar como todo esto incide en la presencia y en la Iglesia en la ciudad plural. A lo que va a responder el estudioso francés Paul Valadier: participando en el debate democrático, pues la sociedad plural es la sociedad del debate por excelencia. Y para hacerlo ha de conocer tanto las reglas de debate mismo como tomar una postura más abierta, real, positiva y propositiva frente al mundo de hoy. (Paul Valadier 1990).
BIBLIOGRAFIA:
XABIER ETXBERRIA, Ética de la diferencia. En el marco de la antropología cultural, Universidad de Deusto, Bilbao 2000.
EMILIO MARTINEZ NAVARRO, Ética y fe cristiana en un mundo plural, PPC, Madrid 2000.
BARTOMEU BENNÁSSAR, Ética civil y moral cristiana en diálogo, Ediciones Sígueme, Salamanca 1997.
JOHN RAWLS, Liberalismo político, FCE, Bogotá 1996.
PAUL VALADIER, La Iglesia en proceso. Catolicismo y sociedad moderna, Sal Térrea, Santander 1990
