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ARRAIGADOS

Manuel José Jiménez R., Pbro.

Arraigados, es una palabra que puso de moda el sínodo de la Arquidiócesis de Bogotá. Como producto del discernimiento se llegó a la conclusión que como personas y comunidades, no estábamos arraigados en la Palabra de Jesús, que el Evangelio no nos daba consistencia ni esencia. De ahí la invitación, en la conclusiones y en el plan pastoral, de arraigarnos en Jesucristo. Lastima que a primera vista, esta necesidad pastoral, se haya vuelto para muchos nada mas que en un modo nuevo de llamar la pastoral profética o pastoral de la palabra, y non tanto en un llamado profundo a nuestra identidad, a nuestro ser y misión. Por eso, a lo mucho, este llamado a arraigarnos más en Jesucristo, nos llevo a la formulación de más cursos bíblicos y talleres de formación, como si de lo que se tratara fuera no más la simple suma de acciones. Pero dejando de lado el sentido más profundo de la misma: Arraigarnos en Cristo como fundar y constituir más y profundamente nuestra identidad; identidad, que por otra parte, está cada vez más desdibujada y descuadernada.

El reto mayor frente al cual tenemos que enfrentarnos hoy día es nuestra falta de identidad. Si bien es un reto que puede ser explicado y comprendido a partir de factores externos provenientes del contexto en el que vivimos, sin que lleguemos al extremo de decir que todo lo que nos rodea sea malo o dañino, también es un reto que es producto del modo como hacemos hoy las cosas en la Iglesia. O mejor aún: producto del modo como entendemos la Iglesia. Modo de entender y de hacer que en ocasiones, y diríamos muchas, no responden al ser y al hacer de la Iglesia. Y ahí radica, nuestra mayor falta o perdida de identidad, ya que no podemos, si se pueden usar esos términos, "echarle al culpa" a lo que esta fuera de nosotros, sino a lo que viene de nosotros y surge de nosotros mismos. Pues solo de nosotros depende que estemos verdaderamente arraigados en Cristo, como factor determinante de nuestra identidad.

Para comenzar, podríamos simplemente preguntarnos. ¿El modo como hacemos las cosas, no nos dice que a lo mucho lo que estamos haciendo es prestar servicios religiosos? ¿No será que nos estamos limitando a regular una religiosidad popular y de masas más cercana a la superstición que a la fe en Cristo? Podría decirse que son preguntas extremas, pero son las que tocan nuestra identidad. Pues si lo que hacemos no genera identidad es porque hemos perdido nuestra identidad. En otras palabras: si lo que hacemos no genera ningún tipo de arraigo en Cristo, es porque nosotros hemos perdido nuestro arraigo. Por eso decimos que el problema del arraigo no es un problema de sumar acciones, así sean estas formativas. Es un problema que nos lleva a pensar en nuestro ser y en nuestro hacer, para tratar de pensar hasta que punto estamos perdiendo o sesgando o deformando la identidad de lo que somos y de lo que estamos llamados a ser.

La verdad, así suene nuevamente a cosas extremas, es que no somos y no tenemos comunidades. O de que otra manera se explica que a los ojos de muchos, muchos de ellos "creyentes" o "feligreses" o "fieles", la Iglesia no sea más que una institución que regula lo religioso, que sirve a lo religioso, que presta servicios de carácter religioso. Si esta fuera la visión de los "están fuera", aunque equivocada y desvirtuada, podríamos decir que es producto del desconocimiento, de la ignorancia o del prejuicio. Y así y todo no dejaría de ser preocupante el modo como nos conciben desde fuera, porque nos está diciendo también lo que estamos mostrando a los ojos de muchos. Pero como además es también como nos perciben, conciben y buscan muchos de los "son de los nuestros", o de los que están cerca, el asunto se torna mucho más preocupante. Y lo es porque significa que hemos perdido identidad, y más profundamente de lo que imaginamos. Pero lo peor del cuento es que esta perdida de identidad, recordémoslo, no es solamente "culpa" de factores externos y hasta ajenos a nosotros, lo es también producto de los "servicios" que prestamos. No de otra manera se explica que muchas de las personas que nos perciben así y nos tratan de este modo, han recibido catequesis, van a misa regularmente, han tenido contactos con nosotros en distintos ámbitos de formación, se sienten Iglesia.

Si nos limitamos a la catequesis valdría la pena preguntarnos los efectos e impactos de la misma sobre la identidad cristiana de quienes participan, cuando sobre sus tareas se nos dice que es su fin formar y estructurar la personalidad del discípulo de Jesucristo en la Iglesia. Preguntémonos si lo que llamamos hoy catequesis forma, primero discípulos, y segundo, con una personalidad estructurada. Si lo hiciera, no estaríamos cuestionándoos hoy como nos estamos cuestionando. Es que el asunto es que no contamos con creyentes ni con comunidades con personalidad, y otra vez volvemos a las afirmaciones extremas que se nos están volviendo un deporte como los deportes extremos, porque la catequesis y la demás pastoral en la Iglesia ha perdido su personalidad. Y así, ni modo.

La invitación es que nos salgamos de afirmaciones genéricas y nos cuestiones de fondo. Y lo decimos porque podemos correr el riesgo de asumir lo que se nos va a venir como consecuencia de la próxima conferencia de obispos de América Latina como lo que sucedió con e sínodo de la Arquidiócesis de Bogotá: como una cuestión más de formas que fondo, lo que nos lleva a pensar que el problema es de acciones o de cursos, pero no del modo de ser y de hacer las cosas. A así, repitámoslo, ni modo.

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Actualizado: 8/8/08- webmaster