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Espiritualidad y liturgia
¿Por qué celebramos la liturgia?
- Celebramos la liturgia porque celebrar es propio de nuestra condición humana y es en la liturgia donde celebramos lo más importante de nuestra vida que es la fe.
- Celebramos la liturgia porque es la fuente y la cima de todo el espíritu cristiano.
- Celebramos la liturgia porque necesitamos adorar a Dios nuestro Padre, darle gracias por cuanto nos regala en cada momento, pedirle perdón por la multitud de nuestros pecados y pedirle cuanto necesitamos.
- Celebramos la liturgia porque de ella brota la vida de Dios, la santidad para cada persona y para toda la Iglesia.
- Celebramos la liturgia porque en ella encontramos la escuela de la fe, el fundamento de la esperanza y el ejercicio de la caridad.
- Celebramos la liturgia porque allí encontramos a Jesucristo vivo: sabemos que El está presente en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos para comunicarnos su vida divina o hacernos crecer en ella yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia.
- Celebramos la liturgia porque de nuestro encuentro con Cristo obtenemos una profunda transformación y un fuerte impulso para comunicar a los demás las riquezas de la caridad experimentada en nuestro encuentro con Dios.
- Celebramos la liturgia porque la Iglesia, que vive de la presencia permanente y misteriosa de su Señor resucitado, tiene como centro de su misión llevar a todos los hombres al encuentro con Jesucristo. (Iglesia en América 68).
- Celebramos la liturgia porque es la fuente de toda la espiritualidad de la Iglesia. Sabemos, en efecto, que el seguimiento de Jesús se realiza de diversas maneras, cada una con distintos matices; que el Espíritu Santo enriquece siempre a los creyentes con multitud de carismas y que todos ellos, aunque diversos, unidos en el mismo objetivo nos conducen a la casa del Padre. Uno solo es el Espíritu que nos une a todos en Jesucristo, centro y Señor de la Historia, pero son diferentes los caminos por donde el Espíritu nos conduce para llegar al Padre. Esos diferentes caminos son conocidos como formas de espiritualidad.
- Celebramos nuestra fe porque la Liturgia es acción del Cristo total, participando, más alla de los signos, en la liturgia del cielo, donde la celebración es eternamente Comunión y Fiesta.

Formas de espiritualidad nacidas de la celebración litúrgica.
Conocemos la espiritualidad de los primeros cristianos basada en la oración común, en la escucha de la palabra, en la fracción del pan y en el compartir. Esta espiritualidad, con el correr de los años se fue enriqueciendo con la catequesis mistagógica de tiempos del catecumenado y dejó a la Iglesia tesoros que debemos rescatar. Siglos más tarde, en la Edad Media, san Francisco de Asís, santo Domingo de Guzmán, santa Teresa de Avila, y luego, san Ignacio de Loyola, san Francisco de Sales, santa Teresita de Liseux, y tantos otros miles de modelos de santidad han venido orientando la marcha de la espiritualidad de la Iglesia por caminos diferentes.
Tu, como catequista ESPAC tienes bien afirmada la espiritualidad propia de un catequista parroquial en la que te has venido formando desde cuando iniciaste tu proceso y que siempre has expresado así:
- A Cristo, centro y Señor de la Historia, (Cristocentrismo en el Ser y en el Hacer de la vida del catequista).
- Lo conocemos en las Sagradas Escrituras, (Revelación, Biblia, Lectio Divina, oración, contemplación, compomiso con la pastoral bíblica)
- Por ellas (las sagradas Escrituras) en El creemos,(La fe bíblica asumida, vivida, compartida, comprometida y difundida con los criterios de la Nueva Evangelización).
- Lo vivimos en la Eucaristía, (Vida eucarística, sacramentos, liturgia, apostolado litúrgico en la parroquia).
- Lo amamos y servimos en los hermanos. La caridad asumida como compromiso en la práctica de las obras de misericordia particularmente en la evangelización de todos y en especial de los más pobres en la fe.
- Lo anuciamos en comunidad. (Espíritualidad de comunión y de participación en la vida de la Iglesia familiar, parroquial, diocesana y universal, servicio de Iglesia).

La espiritualidad ESPAC es un don de Dios y una respuesta del catequista.
La espiritualidad cristiana, cualquiera sea su modelo, siempre será un cúmulo de dones que Dios nos comunica en Jesucristo por el Espíritu Santo presente en la Iglesia, vivificándola y solicitando la participación de los creyentes. Son muchos los medios que se nos ofrecen para vivir una espiritualidad que tenga como base, centro y cúlmen la persona de Jesucristo. Al respecto, la Constitución Lumen Gentium del Vaticano II, (LG) en los Numerales 39 a 49 nos habla de las diversas formas de espiritualidad. Lee también, por tu cuenta, el N. 42 de la LG.

Los sacramentos, fuentes de la espiritualidad
Todos los sacramentos son a un tiempo memorial de la pasión de Cristo y signos que presagian la vida eterna.
- Por los sacramentos somos liberados del poder de las tinieblas y traspasados al reino del Hijo amado del Padre (Col 1,13).
- Por los sacramentos tenemos la certeza de que Cristo, fundamento de nuestra esperanza, habita en nosotros (Col 1,27).
- Por los sacramentos sabemos que seremos resucitados con Cristo y que podremos sentarnos con El en el trono de la gloria celestial (Ef 2,6; Col 2,12).
Celebrando la Eucaristía nos unimos a la liturgia de la Jerusalén celestial, con la Iglesia de los primogénitos cuyos nombres están inscritos en el cielo (Hbr 12,22). Cuando en los sacramentos, y principalmente en la Eucaristía, anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva (1Cor 11-26), la fe y la esperanza nos dicen que nuestra Patria es el cielo donde esperamos como salvador al Señor Jesucristo (Fil 3,20) quien por los sacramentos nos prepara para configurarnos con su cuerpo glorioso (Fil 3,21).
Por los sacramentos, Dios Uno y Trino fortalece esta esperanza:
- El Padre, quien después de habernos creado a su imagen y de habernos destinado a unirnos con El, nos ha restaurado de manera aún más maravillosa.
- El Hijo quien después de habernos rescatado de la esclavitud del pecado, nos invita a participar en la gloria de su Resurrección y nos hace miembros de su Reino Glorioso por los sacramentos.
- El Espíritu Santo quien como don personal del Padre y del Hijo es para nosotros la garantía de que Dios nos ama y de que nos encamina al gozo eterno de su Reino Glorioso.
Dios es caridad, y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él (1Jn 4,16). Dios difundió la caridad en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5,5). Por consiguiente, el primero y más imprescindible don es la caridad con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por El. Pero a fin de que la caridad crezca en nosotros como una buena semilla y fructifique, el catequista debe:
- Escuchar devotamente la palabra de Dios y poner por obra su voluntad con la ayuda de la gracia.
- Participar de la vida sacramental de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía y en las demás funciones sagradas.
- Dedicarse asiduamente a la oración, a la abnegación de sí mismo, al servicio de los hermanos y al ejercicio de todas las virtudes. Pues la caridad, como vínculo de perfección y plenitud de la ley (Col. 3,14) dirige todos los medios de santificación y los conduce a su fin. De ahí que la caridad para con Dios y para con el prójimo sea el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo.
Dado que Jesús es nuestro modelo y Él manifestó su amor entregando su vida por nosotros, nadie ama tanto como el que entrega su vida por El en servicio de sus hermanos (1 Jn 3,16 Jn 15,131). Algunos, ya desde los primeros tiempos de la liturgia cristiana, fueron llamados a seguir a Jesús dando este supremo testimonio de amor, especialmente ante los perseguidores.
La santidad de la Iglesia también se fomenta de una manera especial con los múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio para que los observen sus discípulos. Entre ellos se destaca la gracia concedida a algunos para que se consagren a Dios en la virginidad o en el celibato, estados en los cuales la persona se mantiene más fácilmente indivisa para mejor servir a Dios y a sus hermanos. Esta perfecta continencia por el Reino de Dios siempre ha sido tenida en la más alta estima por la Iglesia como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritualidad fecunda en el mundo.
Quedas, pues, invitado, querido catequista, y aún obligado, a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro de tu propio estado atento a encauzar rectamente tus afectos. (Cf. Constitución Lumen Gentium 42).

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