¿Quiénes celebran la liturgia?
La liturgia como acción
La liturgia es fun-damentalmente una acción: la acción de proclamar y de escuchar la Palabra, la acción de bendecir, de rendir culto a Dios, de agradecer, de expiar por el pecado, de pedir favores de Dios, orando, cantando, leyendo, proclamando, escuchando, ofreciendo, danzando. Y, porque la liturgia es acción, necesariamente exige unos actores. Por eso hemos titulado este artículo preguntándonos ¿Quiénes celebran la liturgia?
Para responder a esta pregunta, abre el Catecismo de la Iglesia Católica en el Número 1187 y lee:
La liturgia es la obra de Cristo total, Cabeza y Cuerpo. Nuestro Sumo Sacerdote la celebra sin cesar en la liturgia celestial, con la santa Madre de Dios, los apóstoles, todos los santos y la muchedumbre de seres humanos que han entrado ya en el Reino.
Y en el N.1188 el catecismo nos dice: En una celebración litúrgica, toda la asamblea es liturgo, cada cual según su función. El sacerdocio bautismal es el sacerdocio de todo el cuerpo de Cristo. Pero algunos fieles son ordenados por el sacramento del Orden sacerdotal para representar a Cristo como Cabeza del Cuerpo.
Vamos a tratar de analizar individualmente cada uno de estos actores y a situarlos en la función que a cada uno se le asigna.

La asamblea litúrgica
La asamblea litúrgica es un grupo de bautizados (y/o de catecúmenos) que se reúne para realizar una actividad religiosa. Personas que ordinariamente viven dispersas pero que se sienten unidos por diversos vínculos y que se reúnen para expresar su vinculación mediante una presencia física. Se destaca el sentido de pertenencia al grupo, es decir, se sienten reconocidos y aceptados como miembros de la comunidad. Ya en el A.T. aparece así: reúneme al pueblo, para que yo le haga escuchar mis palabras y ellos aprendan a respetarme por todo el tiempo que vivan sobre la tierra, y las enseñen a sus hijos (Dt 4,10)

Importancia de la asamblea litúrgica
La asamblea litúrgica debe ser considerada como uno de los signos litúrgicos más importantes. Desde las primeras comunidades cristianas, de las cuales nos habla el libro de los Hechos de los Apóstoles (2,42-46 y 4,32-35), la congregación o reunión de los fieles en asamblea para escuchar la palabra, recibir la instrucción de los Apóstoles, participar en la fracción del pan y compartir los bienes con los necesitados, es la base de la liturgia cristiana. A partir del siglo III la palabra griega para designar la asamblea es sinaxis (sunaxiz) que se transcribe al latín como ecclesia (ecclesia=iglesia, congregación). Esta palabra, que tiene un valor específicamente bíblico, se emplea para designar, no sólo la colectividad de los cristianos dispersos, sino también, la reunión periódica en torno de la palabra de Dios y de la Eucaristía.
La celebración litúrgica implica siempre una reunión de fieles, la supone ya realizada y debe provocarla mediante el esfuerzo pastoral. De aquí que todas las formas litúrgicas, aunque el sacerdote celebre solo, se pronuncian siempre en plural porque entrañan un diálogo con toda la Iglesia.
La asamblea litúrgica es un signo sagrado
En el Antiguo Testamento, la salida del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto, su paso por el Mar Rojo y su llegada al pie del Sinaí constituye una etapa decisiva de su historia. Fue la etapa de su iniciación en el proceso de su liberación y de la conquista de la tierra prometida. Hasta ese momento, Israel estaba constituido por una multitud de fugitivos desorganizados, dudosos y rebeldes. Todavía no constituían un pueblo organizado. Pero es al pie del Sinaí donde Israel es convocado por Dios, donde escucha su voz y recibe la ley, y es allí donde ellos se comprometen a observar la palabra y la Ley del Señor: Yo haré de vosotros un pueblo de sacerdotes y una nación consagrada. La Alianza se sella entonces, con la sangre de animales sacrificados por Moisés, Aarón y, luego, por los sacerdotes. En adelante, Israel constituirá un pueblo unido, el pueblo de Dios o la Asamblea de Yavé (Ex 19,24).

En el A.T. es Dios quien:
- Convoca a su pueblo a reunirse en asamblea (en iglesia),
- Es Él quien está presente en medio de ellos, (Ex 19, 17-18),
- Es Él quien les dirige su palabra (Dt 4,112-13) y
- Es Él quien renueva el sacrificio de la Alianza, por medio de Moisés, Aarón y los sacerdotes de la tribu de Leví.
Estos cuatro elementos aparecerán siempre en las asambleas de Israel cuando: debe renovar la Alianza, celebrar la Pascua, en la dedicación del Templo (1Re 8), al regreso del destierro en Babilonia y en muchas otras circunstancias especialmente solemnes cuando el Pueblo se congrega para celebrar los acontecimientos más importantes de su historia de salvación.
En la organización religiosa de Israel, después del destierro en Babilonia (s.VI a.C.), el tiempo estaba marcado por las grandes solemnidades celebradas en Jerusalén por los fieles venidos de todas partes en peregrinación y congregados en asamblea hasta cuando las multitudes reunidas para una de estas fiestas, la fiesta llamada de la cosecha de la cebada, (7 semanas después de los Acimos o Pascua, 50 días Cf Ex 34,22; dt 16,16) se encuentra con una nueva realidad: la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. En ese pentecostés (=50 días) se inaugura una nueva asamblea, la convocada por Jesús en el poder del Espíritu Santo.

En el N.T. es Dios es quien convoca a su pueblo
Por mucho que los pastores de la Iglesia se esfuercen por convocar a los fieles, no son ellos sino Dios quien convoca a su pueblo y lo congrega. Es el sacrifico de Cristo, realizado una vez para siempre en el Calvario y que se hace actual en cada Eucaristía, lo que funda la Iglesia convocando a los bautizados en asamblea. La asamblea es presidida por el obispo o por un presbítero quienes tienen este poder por el carácter sacerdotal que los configura con Cristo Sumo Sacerdote, pero es Dios quien convoca y quien congrega.
De lo anterior se debe concluir que convocar a los fieles para celebrar la Eucaristía con el pretexto de realizar una reunión de orden político, exclusivamente cívico o un evento de carácter económico, es una profanación del sentido litúrgico de convocación y de celebración de la fe.

La Iglesia de Cristo, asamblea del nuevo pueblo de Dios.
El misterio de la salvación en Cristo se realiza en el pueblo de la Nueva Alianza. Por ello, constituyó en Cristo un pueblo que lo reconociera en la verdad y lo adorara santamente (LG 9). En la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, los creyentes en Cristo, nacidos de la Palabra de Dios y del Bautismo, son hechos linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, que en un tiempo no era pueblo y ahora es pueblo de Dios. (Cf. 1Pe 3.9-10; LG 9)
El primero y más fundamental signo litúrgico de la Iglesia de Cristo es, pues, la asamblea de los fieles congregados para celebrar su fe. La asamblea es la manifestación más expresiva del nuevo pueblo de Dios, es una verdadera epifanía en la que se revela lo que es la Iglesia: una, santa, católica y apostólica. Así nos la presenta el libro de los Hechos de los Apóstoles cuando reitera con notable insistencia la mención de la comunidad reunida para la oración, la enseñanza de los apóstoles, la acción de gracias y la fracción del pan.
Para Pablo, la asamblea litúrgica es también el espacio, en medio del cual Cristo está presente para dar prescripciones y tratar asuntos concernientes a la comunidad, a fin de que los fieles se eduquen en la fe y en el amor. (1Cor 11 y 14).
La asamblea litúrgica como pueblo de Dios convocado por la Palabra y unificado por el Espíritu Santo en la fe y en el amor, es el espacio de la presencia viva del Señor Resucitado. La fe nos atestigua que la presencia de Cristo en la Iglesia siempre ha estado íntimamente ligada al signo de la reunión de los bautizados para orar, celebrar la Palabra, partir el pan y compartir los bienes (Hech 2,42-47; 4,32-35). Así lo garantiza el mismo Señor Jesús cuando nos dice: donde hay dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. (Mat 18,20)

La asamblea se reúne para celebrar su fe
El hecho de celebrar responde a una necesidad o exigencia natural de toda persona: somos seres en relación. Tenemos necesidad de festejar los aconte-cimientos más significativos para darle valor a la vida y para estrechar las relaciones interpersonales. Celebrar es propio del ser humano. La celebración es una realidad que no pertenece exclusivamente al ámbito de lo religioso: celebramos un cumpleaños, un nacimiento, un grado, el regreso de un miembro de la familia; celebramos las fiestas patrias; la fiesta de la cosecha, la fiesta del campesino; celebramos el año nuevo, las ferias y los carnavales; celebramos con gran preparación y mucho sentido religioso, político, económico, cultural, el paso del siglos XX al siglo XXI, la entrada al tercer milenio; celebramos, pués, acontecimientos familiares, políticos, agrícolas, populares. Por la experiencia de lo que celebramos o nos han celebrado, nos damos cuenta que en toda celebración hay:
- Un grupo de personas que celebra;
- Actitudes, vestidos, comidas, protocolos, decoración de ambientes que no son los de todos los días;
- Un motivo por el cual se hace la celebración.
La celebración litúrgica, en cuanto tal, no añade ningún elemento nuevo a los que son propios de las demás celebraciones humanas. Lo que da el carácter propiamente cristiano a la celebración litúrgica es el conocimiento de lo que se celebra y la motivación de fe que congrega.

La asamblea litúrgica: una fiesta para la inculturación de la fe
La asamblea se reúne, además, para celebrar, en la alegría pascual, los acontecimientos del misterio de la salvación. Pero, la fiesta de la asamblea litúrgica está llamada a proyectarse más allá de la asamblea misma, en celebraciones familiares y locales que logran alcanzar, a veces, muy alta calidad de expresión constituyendo el patrimonio cultural de un pueblo. San Jerónimo, al respecto, afirma que no es la fiesta lo que provoca la asamblea, sino al contrario, es la asamblea la que crea la fiesta.
En la vida de la Iglesia la fiesta litúrgica inspiró siempre representaciones o dramas sagrados y continúa suscitando los más grandes regocijos en las ciudades, en los campos y en las familias. La Iglesia que por su universalidad debe subsistir en condiciones muy variadas, se vale de los valores de las diversas culturas para expresar y difundir el mensaje de Cristo a todas las naciones. Esto lo hace particularmente y de manera más plena en las celebraciones litúrgicas y en la vida multiforme y pluricultural de las comunidades cristianas (Cf. SC 37 a 40).

La cultura de un pueblo se expresa y se celebra en la asamblea litúrgica
De acuerdo con lo dicho anteriormente, la liturgia debe asumir formas de celebración de la fe propias de las diferentes culturas fomentando la creatividad y la pedagogía de los signos, pero respetando siempre los elementos esenciales de la liturgia (Cf. S. Domingo 117). Por ello, la piedad popular, con su gran riqueza simbólica y expresiva, está llamada a proporcionar a la liturgia un dinamismo creador. Este dinamismo, con el debido discernimiento, puede servir para encarnar más y mejor la fe y la oración de la Iglesia en nuestra cultura (Puebla 465).
Piénsese, al respecto en los atuendos típicos, instrumentos musicales propios de la región, bailes y representaciones folklóricas, productos del campo, etc. en la presentación de ofrendas para el sacrificio.
La asamblea litúrgica, una reunión fraterna en la diversidad
Cristo reconcilió a judíos y paganos destruyendo la barrera que los separaba, el odio (Ef 2,14). El nuevo pueblo de Dios es la congregación de todos los bautizados, sin discriminación de ninguna clase. La Iglesia nace en Pentecostés que es lo opuesto a Babel (dispersión). El día de Pentecostés, gentes de todas las regiones del mundo escuchan la voz de Dios que los convoca (Hech 2, 6-11) al Banquete del Reino. Desde entonces, ya no hay circunciso ni incircunciso, judíos ni gentiles, griegos o bárbaros, esclavos ni libres, sino que todos somos Uno en Cristo, porque no hay sino un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo, un solo pan que partimos y un solo caliz de la sangre de Cristo.
La asamblea litúrgica está hecha, no para dividir a los congregados sino para unir a los que están divididos.

La asamblea litúrgica, participación activa de todos los congregados
La Constitución Sacrosanctum Concilium que estamos estudiando, en el N.14 nos dice: La santa Madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones que exige la naturaleza misma de la liturgia y a la cual tiene derecho y obligación el pueblo cristiano.
Por tanto, la participación plena, consciente y activa comprende: las actitudes corporales, los gestos, la ofrenda de los dones y la colecta, las respuestas al celebrante, la participación en el canto o en el diálogo, los tiempos de silencio, la comunión sacramental y todos los oficios o ministerios que tienen derecho a realizar los bautizados o que les haya confiado el que preside. El derecho y el deber que tienen los fieles de tomar parte activa en la liturgia se funda en el bautismo que los hace participes del sacerdocio de Cristo.

Diferenciación de funciones en la asamblea
La asamblea es la reunión fraterna y unánime de los bautizados para celebrar su fe. Pero en ella no todo puede ser ejecutado por todos. Las funciones son diferenciadas. Esto en virtud de lo que Cristo mismo instituyó y de la naturaleza de la Iglesia. Existen las funciones propias del celebrante que preside y las de los diferentes ministerios. Entre los ministros laicos que ejercen algún servicio en la asamblea litúrgica, hay quienes se ocupan de la proclamación de la palabra (lectores), otros los que acompañan al celebrante (acólitos y ministros de la comunión), otros están al servicio directo del pueblo al que guían o por el que velan. Lo veremos en la lección siguiente.
La asamblea litúrgica, anticipo de la asamblea de los bienaventurados
En la liturgia terrena pregustamos y participamos de aquella liturgia celestial que se celebra en la Jerusalén del cielo donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero hacia la cual nos dirigimos como peregrinos (Ap 21; Hebr 8, 2).
En la liturgia terrena cantamos al Señor himnos de gloria con todo el ejército celestial; veneramos la memoria de los santos y esperamos tener parte con ellos gozando de su compañia mientras aguardamos la plena manifestación de Nuestro Señor Jesucristo, cuando se manifieste El, nuestra vida y nosotros nos manifestemos también gloriosos con El. (Fil 3,20). (Cf SC 8).
La liturgia es la obra de Cristo total, Cabeza y Cuerpo. Nuestro Sumo Sacerdote la celebra sin cesar en la liturgia celestial, con la santa Madre de Dios, los apóstoles, todos los santos y la muchedumbre de seres humanos que han entrado ya en el Reino.

Diversos actores en la asamblea litúrgica
Jesucristo, el Sumo y Eterno sacerdote
El primer actor en toda celebración litúrgica es Cristo. El es el único mediador entre Dios y los hombres, el Sumo y Eterno Sacerdote. Y si en la obra de la redención Cristo es el centro y Señor de la historia, lo es de manera especial en la acción litúrgica. El está presente y actuante en la asamblea porque, como él mismo dijo: donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18, 20).
Cristo está presente en su Palabra pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla; está presente en las sagradas especies eucarísticas; en la persona del celebrante que preside la celebración en nombre y en representación suya; está presente con la fuerza de su Espíritu en los demás sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza (Cf. SC 7).
En la liturgia, lo mismo que en toda la historia de la salvación, Cristo es el señor y centro, el principio y el fin de todo y, por consiguiente, el protagonista de la liturgia y su actor principal. Él es el Sumo, el Único y el Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza.
El sacerdocio ministerial que procede del sacramento del Orden y el sacerdocio bautismal de todos los fieles son sólo participación del Sumo Sacerdocio de Jesucristo porque nadie se da a sí mismo este título sino el que ha sido llamado por Dios. Al respecto, en la carta a los Hebreos el Espíritu Santo nos dice: Teniendo un Sumo Sacerdote que penetró los cielos, Jesús el Hijo de Dios, mantengamos firme la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados por estar, también él, envuelto en flaqueza...Y nadie se arroga tal dignidad sino el llamado por Dios... Así como tampoco Cristo se apropió la gloria del Sumo Sacerdocio sino que la tuvo de quien le dijo: Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy. Tú eres Sacerdote eterno según el rito de Melquisedec (Hb 4,14-16; 5,1-7).
Sentado a la derecha del Padre, es decir, glorificado con la misma gloria del Padre, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. De aquí que pueda salvar perfectamente a los que por él llegan a Dios, por cuanto está siempre vivo para interceder en su favor (Hb 7,25). Como Sumo Sacerdote de los bienes futuros (Hb 9,11), Cristo es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos. (Cf Catecismo N. 662). Es esto lo que maravillosamene canta la liturgia en el Prefacio de la Misa de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote:
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno.
Que constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.
El no sólo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión.
Ellos renuevan, en nombre de Cristo, el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos.
Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por tí y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y han de darte así testimonio constante de fidelidad y amor.
Por eso nosotros, Señor, con los ángeles y los santos cantamos tu gloria diciendo, Santo, Santo, Santo es el Señor Dios del universo.
Y porque Cristo es el Sumo y Eterno Sacerdote, por quien se tributa a Dios Padre todo honor y toda gloria, en el momento cumbre de la celebración litúrgica de la Eucaristía, el ministro que hace las veces de Cristo, elevando las especies sacramentales, dice:
Por Cristo, con El y en El,
a Tí Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria,
por los siglos de los siglos.

El Espíritu Santo, unificador y santificador de la asamblea litúrgica
La acción sacerdotal y la presencia de Jesucristo en la liturgia exigen la fuerza del Espíritu Santo. Es el Espíritu quien realiza la acción salvadora de Cristo como Anámnesis , memorial o recuerdo.
El Espíritu Santo es la memoria viva de la Iglesia. Es Él quien realiza de nuevo el misterio de la salvación cada vez que lo celebramos. (Cf Catecismo 1104 y 1112).
El pedagogo de la fe
El Espíritu Santo es el pedagogo de la fe. Él nos trae permanentemente a la memoria lo dicho por Cristo actualizando en nosotros el misterio salvador su Evangelio y de la Pascua. (Leer Catecismo 1091 y 1092). Así, Él nos prepara con los hechos y la palabra para seguir a Cristo.
- El Espíritu Santo es quien da vida a la Palabra de Dios
- Él anuncia la Palabra y hace que adquiera vida en la liturgia. (Ver Catecismo 1100 a 1102).
- Desde el día de Pentecostés, el Espíritu Santo es, en todos los aspectos de la vida de la Iglesia, la fuerza transformadora: en la evangelización, en la catequesis, en la construcción de la fraternidad, pero lo es de modo particular en la celebración litúrgica (Cf SC 6).
- El Espíritu Santo es quien edifica la Iglesia.
- El templo vivo de Dios que es la Iglesia, construido sobre la piedra fundamental que es Cristo, es obra del Espíritu Santo quien actúa en la liturgia, culmen de la vida cristiana.
- El Espíritu Santo es quien unifica la asamblea litúrgica.
- El templo de piedras vivas con sus características de unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad es obra del Espíritu Santo.
- El Espíritu Santo es el revelador del designio salvador del Padre.
- Él es el intérprete auténtico de las palabras y los acontecimientos de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, El Espíritu Santo es el revelador pleno del designio del Padre y de la obra de Cristo.
La epiclesis
Es la súplica al Padre para que el Espíritu Santo transforme, santifique o divinice las cosas y las personas. Es la invocación o intercesión mediante la cual el sacerdote suplica al Padre que envíe el Espíritu Santificador para que las ofrendas colocadas sobre el altar se coviertan en el Cuerpo y en la sangre de Cristo y para que los fieles, al recibirlas, se conviertan ellos mismos en ofrenda viva para Dios.
La Epiclesis se realiza en los demás sacramentos cuando el sacerdote impone las manos sobre el bautizando para que sea regenerado por el agua y el Espíritu; en la Confirmación cuando el ministro impone las manos sobre la cabeza del confirmado pidiendo que el Espíritu Santo le conceda sus dones; en la Penitencia, para que el Señor perdone; en el Orden (episcopado, presbiterado y diaconado), Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Toda la Iglesia representada en la asamblea
Después de haber realizado la obra de la redención y glorificado a la diestra del Padre, Cristo continúa comunicando su Espíritu Santo a su Cuerpo que es la Iglesia por medio de los sacramentos y de los demás momentos celebrativos de la comunidad. Así nos lo enseña el Catecismo en el N.1348 cuando dice: Los cristianos acuden a un mismo lugar para la asamblea eucarística. A su cabeza está Cristo mismo que es el autor principal de la Eucaristía... Es a través de Cristo como la asamblea litúrgica y cada persona tributa al Padre el verdadero culto en espíritu y en verdad de que hablaba Jesús a la Samaritana (Cf. Jn 4, 22-23).
La Iglesia de Dios que existe en la comunidad universal, en la comunidad particular o diócesis, y en la comunidad local o parroquia, es asamblea litúrgica cuando se congrega para celebrar la Eucaristía o los demás sacramentos. Al afirmar que la liturgia es celebración de la Iglesia nos referimos a la Iglesia en su totalidad. Esto quiere decir que toda celebración litúrgica, así sea la celebrada por el sacerdote solo, es celebración de toda la Iglesia.
El apóstol san Pablo nos explica ésto cuando nos presenta a la Iglesia como una comunidad de culto diciendo a los Corintios: Ustedes son templo de Dios vivo, según lo dijo Dios: Yo habitaré y andaré en medio de ustedes, yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo (2Co 6,16). Y el apóstol san Pedro lo afirma también al presentarnos a la Iglesia como un edificio construido con piedras vivas para la celebración del culto: Ustedes como piedras vivas, son edificados en casas espirituales para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por Jesucristo (1 Pe 2,4-5).

Los ministerios litúrgicos
En la celebración litúrgica toda la asamblea es liturgo cada cual según su función propia (Cf. Catecismo1188); en ella interviene todo el pueblo sacerdotal como asamblea, dentro de los distintos ministerios o servicios que requiere la comunidad (Leer SC 26 y 83).
La participación de los fieles en la liturgia no es una concesión ni una acción pastoral para alimentar la piedad de los fieles, es un derecho y un deber de cada uno en virtud de su pertenencia a la Iglesia (SC14). Es algo propio de la naturaleza misma de la Iglesia que es Cristo y de la liturgia que es la oración de Cristo, al Padre, juntamente con su cuerpo (Leer SC 84).
Ministerios procedentes del Sacramento del Orden
Los ministerios ordenados
De acuerdo con lo ya estudiado, en la asamblea litúrgica todos sus miem-bros deben ser celebrantes activos; pero las funciones de cada uno son diferenciadas. En efecto, la asamblea tiene un presidente, el celebrante principal. Entre el celebrante principal y el pueblo, diversos intermediarios realizan diferentes servicios. Esta distinción de funciones hace de la asamblea un cuerpo orgánico, expresión del Cuerpo Místico de Cristo (1 Cor 12, 12-30) y, de la liturgia, un acto en el que cada uno desempeña un oficio propio en la armonía ordenada de toda la acción. De aquí que el Concilio Vaticano II y el Magisterio posterior de la Iglesia se interesen tanto por promover la participación de los laicos en los diferentes campos de la misión pastoral de la Iglesia (LG 33 - 34 y ChrL)

El celebrante principal o presidente
Actuando en nombre y representación de Cristo, el celebrante que preside es el primer actor visible de la celebración litúrgica. En virtud del sacerdocio ministerial de que está investido, su función es indispensable para la existencia misma de la comunidad como Iglesia y como asamblea oficial de culto. El sacerdocio ministerial, por el cual el celebrante preside la asamblea, es anterior a la comunidad por lo que la asamblea no puede existir sin el sacerdocio (Cf Pastores dabo vobis 16).
El celebrante principal es el presidente de la asamblea no por designación de la asamblea o en razón de sus cualidades humanas, sino porque actuando en representación de Cristo, representa también a la asamblea como intérprete de sus sentimientos ante Dios. Es él quien ora, quien realiza las acciones sagradas de partir el pan de la Palabra de Dios y el pan de la Eucaristía; es él quien orienta la oración y la dimensión evangelizadora y catequética a través de la homilía, los comentarios, el canto y la música.

Actividades propias del celebrante principal o presidente
Presidir no es hacerlo todo solo en detrimento de la función de los demás. Quien preside debe coordinar los servicios de todos, lo cual exige que la celebración sea debidamente preparada. Son funciones propias de quien preside:
- Acoger a la asamblea saludando a los fieles para hacerlos sentir bienvenidos y reconocidos dentro de la casa de la comunidad. Así, quien preside, debe transformar un grupo disperso en asamblea unida.
- Coordinar la celebración de tal manera que quienes van a ejercer un ministerio, lo puedan prestar sin interferencia de nadie,
- Abrir y cerrar la celebración.
- Dar el ritmo de la celebración.
- Orar por la Iglesia en nombre de Cristo.
- Servir a la Palabra con la homilía.
- Realizar los signos sacramentales.
En nombre de Cristo y por mandato suyo, ejercen la función de celebrante principal o presidente en la liturgia:
El Obispo
La función de santificar que la Iglesia cumple mediante los sacramentos, la ejerce en primer término el Obispo quien, por tener la plenitud del sacerdocio, es el principal dispensador de los misterios de Dios. (Canon 834). En desempeño de su función de santificar, el obispo, tomado de entre los hombres y constituido en favor de los hombres en las cosas que se refieren a Dios para ofrecer los dones y sacrificios por los pecados, goza de la plenitud del sacramento del Orden para promover la santidad de los clérigos, de los religiosos y de los laicos.
El Presbítero
Bajo la autoridad del Obispo, los presbíteros, consagrados para la celebración del culto divino, son sus inmediatos cooperadores en la función litúrgica de santificar al Pueblo de Dios.
El Diácono
Partícipe del sacramento del Orden, colaborador del obispo y del presbítero, es también celebrante y preside el culto divino en muchas funciones excepto en aquellas que están exclusivamente reservadas al Obispo o al Presbítero (Canones 834 y 835).
Los colaboradores del celebrante principal
Las acciones litúrgicas deben manifestar con claridad la unidad de la Iglesia. Ésto se da cuando todos los participantes en la celebración desarrollan con fe y devoción la acción propia de cada uno de acuerdo con quien preside. (Canones 834 y 835).
Según este principio, el Obispo o el Presbítero no son, en modo alguno, los únicos responsables de todos los actos de la celebración. Entre el ministro ordenado y las personas que ejercen algún servicio en la asamblea litúrgica, hay quienes están al servicio de la Palabra de Dios encargados de proclamar las lecturas y de hacer los comentarios; otros asisten al celebrante y le sirven como acólitos en el altar o como ministros extraordinarios en la distribución de la comunión; otros solemnizan la celebración con la música y el canto y otros están al servicio directo del pueblo a quien guían y por quien velan.

Ministerios instituidos o laicales
El sacerdocio de los laicos
El Concilio Vaticano II en su Constitución sobre la Iglesia (LG), en el N. 31 nos dice: Con el nombre de laicos se entiende aquí los fieles cristianos que por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos participes, a su manera, de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo según la parte que les corresponde. (Cf Catecismo 897)
- El Papa Paulo VI en su Motu Proprio titulado Algunos ministerios (Ministeria quaedam) estableció los ministerios instituidos conferidos a laicos sin que dejen su condición de laicos.
- En el documento de Puebla, al final del capítulo sobre los laicos, después de hablar de la misión del laicado en la Iglesia y en el mundo leemos:
Para el cumplimiento de su misión la Iglesia cuenta con diversidad de ministerios. Al lado de los ministerios jerárquicos la Iglesia reconoce un puesto a ministros sin orden sagrado. Por tanto, también los laicos pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera concederles.
Los ministerios que pueden conferirse a laicos son aquellos servicios referentes a aspectos realmente importantes de la vida eclesial (v.gr. en el plano de la Palabra, de la Liturgia o de la conducción de la comunidad), ejercidos por laicos con estabilidad y que han sido reconocidos públicamente y confiados por quien tiene la responsabilidad en la Iglesia (Puebla 804 - 805).
Pero el fundamento de los ministerios laicales, instituidos o no ordenados reside en el sacerdocio común de los fieles o sacerdocio bautismal y en los carismas. Este sacerdocio común de los fieles no es una participación del sacerdocio ministerial o jerárquico del sacramento del Orden.

Ejercicio del sacerdocio de los fieles laicos
En orden a ejercer las funciones del sacerdocio común de los fieles existen otros ministerios particulares, no consagrados por el sacramento del Orden, y cuyas funciones son determinadas por los obispos y según las tradiciones litúrgicas y las necesidades pastorales. Los acólitos, lectores, comentadores y los que pertenecen a la schola cantorum desempeñan un auténtico ministerio litúrgico.(SC 29)
La importancia litúrgica de estos ministerios depende de su mayor o menor proximidad al celebrante principal o presidente: en primer lugar, los acólitos y los ministros extraordinarios de la comunión; luego, quienes se ocupan de la liturgia de la palabra: los comentadores y los lectores; en tercer lugar, los que sirven al canto y a la música y, luego, los que se ocupan de otros ministerios en servicio de la asamblea.
Los acólitos
Los acólitos prestan un servicio litúrgico muy destacado en las parroquias. Deben ser un grupo de niños, niñas o jóvenes ejemplares por su conducta, por su respeto al párroco y a la comunidad, por su piedad y por su amor a Jesús sacramentado. La formación de los acólitos es deber del párroco o de quien él designe de manera que llegando a conocer la Eucaristía, la amen de verdad sirviendo dignamente en la celebración litúrgica y así vayan descubriendo y cultivando también su posible vocación sacerdotal o religiosa.
El ministro extraordinario de la Comunión
El Señor Jesús, verdadero pan bajado del cielo (Jn 6,35) nos dejó en el Misterio Eucarístico para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (Jn 10,10). Al instituir en la Ulima Cena ese admirable sacramento, el Señor nos ordenó comer el pan y beber el caliz para anunciar su muerte y su resurrección hasta que vuelva (Cf 1 Cor 11,26)
La Iglesia siempre ha considerado de su obligación llevar la comunión a los enfermos, ancianos o impedidos que no pueden asistir a la celebración. A su vez, la Iglesia nunca ha aceptado que los comulgantes tomen directamente el pan consagrado, por lo que ha mantenido la función de un ministro que entregue el Cuerpo y la Sangre del Señor.
El ministerio extraordinario de la Sagrada Comunión es un servicio litúrgico destinado sobre todo a los enfermos y a la asamblea litúrgica cuando el número de fieles que desean comulgar es muy numeroso, por lo que la celebración tomaría innecesariamente demasiado tiempo.
El Concilio Vaticano II nos enseña que no se edifica ninguna comunidad si no tiene como raíz y quicio la celebración de la Sagrada Eucaristía, porque es en la comunión fraterna de la mesa del Señor en la que nos nutrimos sacramentalmente con los frutos del sacrificio de la cruz.
De aquí que, los laicos, hombres o mujeres que sobresalen en su comunidad cristiana por su vida ejemplar, por su fe y sus buenas costumbres pueden ser admitidos a prestar este servicio a sus hermanos en la fe. De esta manera, los fieles no ordenados colaboran con los ministros sagrados a fin de que el don inefable de la Eucaristía sea siempre más profundamente conocido y se participe de su eficacia salvadora cada vez con mayor intensidad.
Quien sea elegido para este nobilísimo encargo debe ser persona ejemplar en todos los aspectos, cultivar la devoción a la Sagrada Eucaristía y dar ejemplo ante los demás fieles de respeto al Santísimo Sacramento.
Las causas que justifican la actuación de un ministro extraordinario de la sagrada comunión, son:
- La falta del sacerdote o del diácono.
- La imposibilidad por ausencia, enfermedad o vejez del sacerdote.
- El número de personas que desean comulgar es tan grande que se prolongaría demasiado tiempo la distribución de la comunión.
- El número de enfermos es tan numeroso que el sacerdote no puede atenderlos a todos.
- La espiritualidad propia de un ministro extraordinario de la comunión podría expresarse en estas palabras dichas por el obispo en el momento de la ordenación de un sacredote: conoce lo que haces, imita lo que tratas.
En estos dos mandatos (conoce e imita) se encierra toda la espiritualidad del sacerdote: conocer e imitar a Cristo reproduciendo en sí todo lo que es Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. El sacerdote cuando celebra la Eucaristía, reproduce ante los fieles la persona de Jesús.
Según ésto, el ministro extraordinario de la comunión:
- Debe conocer e imitar a Jesús en la ofrenda e inmolación de sí mismo.
- Debe saber que todos los fieles de la Nueva Alianza somos templo de Dios, lugar donde él habita y donde Cristo celebra su misterio Pascual.
- Debe actuar en la certeza de que en Cristo, con él y en él, todos los miembros de la Iglesia estamos llamados a ofrecer el sacrificio espiritual de nuestra propia existencia.
Para ello, Cristo nos consagró por el don de su Espíritu Santo (Cf, Jn 17,19) a fin de ser hostia viva según la enseñanza de san Pablo: Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa y agradable a Dios. Tal es vuestro culto espiritual (Rom 12,1), ya que como piedras vivas todos entramos en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios por medio de Jesucristo (1Pe 2,5).
Corresponde al párroco elegir a quienes considere aptos para desempeñar este ministerio teniendo en cuenta, además, la edad mínima que es veinte años cumplidos. El mismo párroco presenta los candidatos al Señor Obispo quien tiene establecidos, en la diócesis, criterios precisos acerca de la idoneidad, de la preparación que han de tener y de la manera como han de ser constituidos ministros dentro de una celebración litúrgica propia.
El catequista ministro extraordinario de la Comunión debe proponerse como meta:
Formar su espiritualidad según los principios anteriormente establecidos para el ejercicio de los ministerios confiados a laicos, particularmente en una espiritualidad eminentemente eucarística.
- Conformar con los demás ministros de la comunión un equipo comprometido en la promoción de la comunión eclesial de la parroquia.
- Constituir un equipo para la atención pastoral de los enfermos.
- Fomentar, por todos los medios, el culto a la Sagrada Eucaristía.
Celebración de la Palabra para la distribución de la Sagrada Comunión.
- Canto inicial.
- Saludo (en lugar diferente de la Sede)
- + En el nombre del Padre + y del Hijo + y del Espíritu Santo. R/. Amen.
- Saludo: El Dios de la esperanza, que con la acción del Espíritu Santo nos colma de su alegría y de su paz, permanezca siempre con todos vosotros. R/. Amen
- Acto penitencial.
- Luz del mundo, que vienes a iluminar a todos los que viven en las tinieblas del pecado: Señor ten piedad. R/. Señor, ten piedad.
- Buen pastor, que vienes a guiar a tu rebaño por las sendas de la verdad y la justicia: Cristo, ten piedad. R/. Cristo, ten piedad.
- Hijo de Dios, que volverás un día para dar cumplimiento a las promesas del Padre, Señor, ten piedad. R/. Señor, ten piedad.
- Dios todopoderoso tenga piedad de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
- Oración. La correspondiente al domingo o a la fiesta que se celebra o la que se considere más conveniente.
- Liturgia de la Palabra: (se eligen lecturas acordes con el tema de la celebración. A partir de las lecturas se hace una reflexión en la que todos participen.
- Profesión de fe.
- Oración de fieles.
- Rito de Comunión.
- V/. Antes de participar en el banquete de la Eucaristía, signo de reconciliación y vínculo de unión fraterna, oremos juntos como el Señor nos lo enseñó.
- (Tomados de la mano recitan o cantan el Padre Nuestro.)
- Oración por la paz y la unidad.
- Señor Jesucristo que dijiste a tus apóstoles, la paz os dejo, mi paz os doy, no mires nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia y conforme a tu Palabra, concédenos la paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
- Rito de paz o signo de fratenidad.
- Comunión. El ministro presenta el pan consagrado diciendo:
- Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a la cena del Señor.
- R/. Señor, no soy digno de que entres en mi casa
- Con toda libertad comulgan quienes estén bien dispuestos a recibir al Señor sacramentado.
- Acción de gracias. Después de un breve tiempo de interiorización, se puede cantar el magnificat, el gloria o un salmo de acción de gracias o el tema más acorde con lo celebrado
- Conclusión.
Rito para constituir ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión
Después de la homilía se instruye a la asamblea sobre el sentido que tiene este ministerio para la comunidad de los fieles, el Obispo o su delegado presenta al pueblo las personas elegidas, con estas palabras:
Queridos hermanos:
Vamos a entregar a nuestros hermanos NN un ministerio por el cual pueden administrar la Sagrada Comunión dentro de la celebración de la Sagrada Eucaristía o llevarla a los enfermos.
Vosotros a quienes vamos a encomendar un ministerio tan importante en la Iglesia, debéis llevar una vida cristiana ejemplar animada por una fe firme y una caridad a semejanza de Cristo que tanto nos amó hasta entregarse a sí mismo por nosotros. Debéis procurar vivir tan fervientemente de este ministerio de unidad y de caridad que los que participamos de un mismo pan y de un mismo caliz, aunque seamos muchos, lleguemos a formar un solo cuerpo en Cristo. Por consiguiente, al distribuir a los demás la Eucaristía debéis ejercer la caridad fraterna, según el mandato del Señor, que dijo a sus discípulos cuando les dió su cuerpo como comida: Esto os mando, que os améis unos a otros como yo os he amado.
Después de la oración, los elegidos se sitúan de pie frente al celebrante que les dirige las siguientes preguntas:
¿Queréis aceptar el ministerio de distribuir a vuestros hermanos el cuerpo del Señor para servir y edificar su Iglesia?
R/. Sí, quiero.
¿Estáis dispuestos a administrar la Eucaristía diligentemente, con todo cuidado y reverencia?
R/. Sí, estoy dispuesto.
Luego los elegidos se ponen de rodillas y el celebrante invita a los fieles a orar.
Hermanos, pidamos a Dios Padre que bendiga a estos hermanos nuestros elegidos para administrar la Eucaristía.
Todos oran en silencio durante unos minutos. Luego el celebrante continúa:
Dios misericordioso, que gobiernas y diriges a tu Iglesia. Dígnate bendecir a estos hermanos nuestros para que distribuyendo el Pan de Vida a sus hermanos, se vean confortados con la fuerza de este sacramento y lleguen a participar del banquete eterno. Por Nuestro Señor Jesucristo.
R/. Amén.
En la oración de fieles se pide por los ministros que acaban de ser instituidos.
En la procesión de las ofrendas, uno de los ministros lleva el copón con el pan y otro el caliz. En la comunión reciben la Eucaristía bajo las dos especies.
Los comentadores
Introducir los diferentes momentos de la celebración litúrgica por medio de breves y oportunos comentarios, constituye un oficio litúrgico que por su riqueza y alcance debe ser objeto de atención y de especial cuidado en la comunidad parroquial.
Los lectores
Los lectores deben ser personas idóneas, que se destaquen dentro de la comunidad por la autenticidad de su vida cristiana, sepan leer con fluidez y tengan buena vocalización. Además, deben ser personas con una formación espiritual, bíblica y litúrgica suficientes para comprender y proclamar la Palabra de Dios en forma clara, fluida y fiel. Corresponde al párroco cuidar de la formación de lectores a través del estudio, la lectura y la meditación de la Palabra de Dios; de su capacitación para la locución, y la proclamación solemne y digna de la Palabra en las celebraciones.
Los cantores y los músicos
La música sacra, como la vas a estudiar en la Lección Tercera del Módulo 6.3., constituye una parte necesaria e integral de la liturgia solemne. Es una función ministerial en el culto divino que cumple la doble finalidad de glorificar a Dios y fomentar la piedad de los fieles. En la celebración litúrgica los cantos y la música deben corresponder a cada parte de la celebración y su contenido debe ajustarse a las normas litúrgias establecidas. Para ello se debe procurar que en las celebraciones litúrgicas solo se ejecute música religiosa y cantos con letra que tenga coherencia y relación con los hechos salvíficos de la fe. Por ello, no es aceptable que se interpreten canciones propias de ambientes profanos o que conduzcan la mente y la emotividad de las personas a revivir experiencias que nada tienen que ver con lo que se está celebrando. Hay que tener presente que no corresponde al sentido y valor de la litúrgia la ejecución o interpretación de serenatas, de música para baile en celebraciones fúnebres, canciones de protesta, etc. Pero como antes se dijo, es de gran valor para la necesaria inculturación de la liturgia, la interpretación de cantos religiosos con melodías propias de la cultura del país o de la región.
Cómo programar una celebración de la Palabra
Teniendo ya claro lo que es una celebración y quienes son sus actores, el catequista debe saber cómo se estructura. Toda celebración litúrgica, como lo hemos venido diciendo, consta de dos componentes fundamentales: símbolos y palabras.
Palabras:
- Moniciones y enseñanzas.
- Oración.
- Proclamación de un texto de la Escritura que motiva y orienta la celebración.
- Lectura de los textos bíblicos.
- Comentarios y homilía.
- Recitación de plegarias y oraciones.
- Cantos de arrepentimiento, de alabanza, de alegría por lo que se celebra, de acción de gracias, etc.
Realidades simbólicas:
- Naturales: luz, agua, fuego, flores, frutos.
- Artificiales: libro, elementos decorativos, balones, herramientas de trabajo, etc.
Acciones simbólicas:
- Ritos,
- Gestos.
- Posturas.
- Movimientos.
- Danzas.
Cuestiones prácticas para tener en cuenta en una celebración.
- La celebración debe ser el punto de llegada de todo un proceso catequístico que desemboca naturalmente en la celebración.
- Hacer una convocatoria bien motivada con las finalidades de la celebración.
- Disponer lo necesario para que todos participen tanto en la preparación como en la celebración.
- Hacer que la celebración sea experimentada como una vivencia y no como una obligación que hay que cumplir.
- Procurar que todo corresponda a la edad, al grado de madurez en la fe y a las características propias del grupo celebrante.
- Disponer todo de manera que se logre una experiencia realmente agradable y festiva.
- Procurar que sea un momento de oración auténtica, de verdadera escucha de la Palabra y de compartir la fe con los demás.
- Que signifique un paso más en el crecimiernto en la fe.
- Llevar a un compromiso personal y comunitario.
En relación con los sacramentos es prudente tener en cuenta:
- Las celebraciones no deben multiplicarse excesivamente; se debe respetar el ritmo de cada grupo.
- Debe desarrollarse mucha creatividad.
- Insistir en la importancia de la celebración en ocasión de los sacramentos para la vida personal y la construcción de la comunidad cristiana.
- Las celebraciones deben estar precedidas de una adecuada catequesis sobre el contenido doctrinal y sobre el significado de los signos y de los ritos.
Cómo organizar una celebración de la Palabra
El procedimiento para organizar una celebración de la Palabra puede ser el siguiente:
- Establecer claramente qué acontecimiento se quiere celebrar teniendo en cuenta que no se celebran las ideas sino los acontecimientos: no celebramos la amistad sino el hecho de ser amigos. Hacer que los participantes tomen conciencia de dicho acontecimiento mediante información adecuada. Al efecto es conveniente hacer carteleras o emplear cantos, slogans, etc.
- Establecer la relación del acontecimiento que se celebra con la historia de la salvación y con la realidad personal de quienes celebran. Esto debe hacerse antes de seleccionar los textos bíblicos que van a poner en evidencia dicha relación.
- Buscar o crear signos y gestos que sean expresivos de lo que se celebra. Es importante que estos elementos sean sencillos, fáciles de entender y muy significativos.
- Hacer el esquema general de la celebración cuidando del equilibrio que debe existir entre la palabra y el signo, entre el silencio y el canto, entre la escucha y la respuesta, entre la acción y la contemplación.
- Evaluar la celebración después de efectuada.
