¿Dónde celebramos la liturgia?
El espacio litúrgico
Has visto en las lecciones anteriores que la celebración litúrgica es una realidad que encierra en sí aspectos espirituales-sobrenaturales y aspectos puramente humanos; signos materiales y misterio. Viste que en la celebración está inmerso el ser humano en toda su realidad, de modo que en ella intervienen: la inteligencia de quienes celebran expresada en la palabra leída, proclamada, comentada y cantada; la voluntad que lleva a las personas a tomar decisiones definitivas en su vida; los sentimientos más íntimos y sus manifestaciones a través de gestos, actitudes, procesiones, cantos , arreglos florales, etc. Pero, desde luego, el elemento básico de toda celebración es la reunión de un grupo de personas en un lugar y en un espacio específico. Ya estudiaste lo que es la reunión o asamblea litúrgica; ocupémonos ahora del espacio o lugar propio donde la asamblea se congrega para la celebración.
A lo largo de la historia de la Iglesia, la liturgia se ha celebrado desde el Cenáculo (Última Cena) y las casa de familia, hasta las catacumbas, las cárceles, los campos y las plazas, lo mismo que en chozas humildes de la selva, en barcos y en aviones, lo mismo que en grandes y suntuosas catedrales. Lo importante de ésto, según la Sacrosanctum Concilium (n. 14) es que todo en la celebración lleve a los fieles a aquella participación plena, consciente y activa que exige la naturaleza misma de la liturgia. Según ésto, digamos que el espacio celebrativo de la liturgia es el conjunto de elementos que conforman el ambiente litúrgico total. Y cuando nos preguntamos: ¿Dónde celebramos la liturgia?, la respuesta se refiere al lugar y a todo lo que este lugar contiene: la arquitectura, el arte, y todos los objetos y elementos que lo integran, tanto fuera como dentro del edificio.

El arte
En la liturgia, el arte desempeña una función privilegiada por su capacidad de brindar mayor comprensión a la palabra. El arte ilustra la palabra, mientras la palabra revela y explica la imagen. Al respecto el Catecismo nos dice: La iconografía cristiana transcribe mediante la imagen el mensaje evangélico que la Sagrada Escritura transmite mediante la palabra. Imagen y palabra se esclarecen mutuamente (n. 1160).
Hoy, en la postmodernidad, no es fácil definir qué cosa es el arte. Los artistas anteriores al Renacimiento, decían que arte es la expresión de la belleza y que bello es lo que agrada a la vista y al oído. Posteriormente se dijo que el arte es la expresión de la sabiduría práctica de una persona que, uniendo conocimientos y habilidad comunica a la realidad una especial belleza expresada en un lenguaje perceptible por la vista y el oído. Para nuestro propósito digamos que el arte es la forma como se expresa el talento que Dios concede al ser humano para que, con su esfuerzo manifieste, en forma bella y armónica, una realidad material o inmaterial.
El arte tiene cierta semejanza con la actividad creadora de Dios cuando se inspira en la verdad y en el amor. El arte sagrado es verdadero y bello cuando contribuye, por su forma y su esplendor, a evocar y a glorificar, en la fe y en la adoración, a Dios que es Belleza invisible,Verdad y Amor. Cristo, esplendor de la gloria del Padre, en quien reside toda la plenitud de la divinidad, es la manifestación de la belleza, de la verdad y del amor de Dios. Esta belleza, amor y verdad de Cristo se reflejan en la Santísima Virgen María, en los ángeles y en los santos y debe reflejarse también en el lugar santo donde celebramos la liturgia.
El hombre, creado a imagen de Dios, expresa su relación con su Creador mediante la belleza de sus obras. Como cualquier otra actividad humana, el arte no es un fin en sí mismo, sino un medio para conducir al hombre a su fin último que es la Belleza, la Verdad y el Amor infinito.
Con las bellas artes: la arquitectura, la pintura, la talla, la orfebrería, la poesía, la música, el canto y en fin, todas las posibles expresiones artísticas, los hombres y las mujeres hemos pretendido hacer visible la infinita belleza de Dios. Buscamos, con estas obras del ingenio humano, orientar hacia Dios los sentimientos de las personas, elevando sus mentes y sus corazones hacia la fuente de toda verdad y de toda belleza.
La Iglesia siempre ha procurado cultivar el arte en los objetos destinados al culto, estableciendo talleres y escuelas de arte y patrocinando el estudio y la actividad artísticos. Por esta razón la Iglesia ha sido siempre amiga y promotora de las bellas artes. Más aún, se ha constituido, Ella misma, a través de los siglos, en el árbitro del arte universal al seleccionar, entre los artistas, aquellas expresiones suyas que más estén de acuerdo con la fe, la piedad y las normas divinas y religiosas.
Sin embargo, la Iglesia nunca ha considerado como propio ningún estilo artístico; por el contrario, se acomoda siempre al carácter y a las condiciones de los diversos pueblos valorando todas las expresiones religiosas de los artistas, en la variedad de sus estilos y culturas. Por ésto, aceptando las formas y los recursos de cada tiempo, ha llegado a crear un tesoro artístico de inmensas proporciones, admirado por todos y digno de ser conservado con el mayor cuidado en los templos, museos, pinacotecas y galerías de arte, lo mismo que en las casas de quienes aprecian verdaderamente el arte.

El arte en los principales lugares y objetos de culto
El templo
De la misma manera que Jesús es el templo en que el Verbo de Dios establece su morada entre los hombres y en quien mora la plenitud de la divinidad (Jn 1,14), así también el templo parroquial debe ser considerado como el lugar a que tienen acceso todas las personas (1Cor 3,10-17) para su encuentro cultual con Dios en el Espíritu. Basada en esta fe, la Iglesia siempre ha entendido que los templos materiales no son simples lugares de reunión, sino verdaderos signos y manifestación de la Iglesia y morada de Dios en medio de las casas de los fieles.
Se entiende por templo o iglesia, como espacio material, un edificio sagrado destinado al culto divino, al que los fieles tienen derecho a entrar para la celebración, sobre todo pública, del culto divino (Cf. Canon 1214). Habida cuenta de esta significación y de esta realidad, han de observarse diligentemente todas las normas que, al respecto, tiene establecidas la Iglesia en los cánones 1215 al 1222 y en particular, las siguientes:
- El templo tiene como uso exclusivo el culto divino. Por consiguiente, no debe realizarse en él lo que no esté en consonancia con la santidad del lugar. De manera excepcional, el templo puede ser utilizado para otros usos tales como actos académicos, promoción social de la cultura, conferencias de temas religiosos, conciertos musicales, etc.
- Pero como el templo material existe en función del templo espiritual que son los fieles, también las iglesias deben estar abiertas y disponibles en ocasión de las graves calamidades que puedan afligir a la población. En este caso, tanto la reserva de la Eucaristía, como los objetos valiosos de arte y de especial valor, deben ser retirados y debidamente custodiados en lugar aparte.
- No obstante la inseguridad que padecen nuestras ciudades y poblaciones por frecuentes robos y atentados, el templo debe quedar abierto, por lo menos algunas horas en el día, para que los fieles puedan hacer oración ante el Santísimo Sacramento.
Hay diversas categorías de templos:
La Catedral
Es la sede propia del Obispo diocesano; el lugar de su cátedra, es decir, desde donde desempeña su triple función de enseñar, santificar y gobernar a los fieles que le han sido encomendados. No es catedral un templo por la magnificencia del edificio en relación con los demás de la diócesis, sino por ser la sede episcopal y, por lo mismo el primero entre los demás templos de la diócesis.
Los santuarios
Con el nombre de santuario se designa una iglesia u otro lugar sagrado al que, por un motivo peculiar de piedad, acuden en peregrinación numerosos fieles (Canon 1230). En los santuarios se debe proporcionar abundantemente a los fieles los medios de salvación, predicando la Palabra de Dios y fomentando la vida litúrgica, principalmente mediante la celebración de la Eucaristía y de la Penitencia. Deben practicarse también, allí, diversas formas de religiosidad popular (Cf. Canon 1234.1) porque, si en los santuarios, la Iglesia no asume y reinterpreta la religiosidad popular, se producirá en los fieles un vacío que lo ocuparán las sectas, los mesianismos políticos secularizados, el consumismo, la indiferencia religiosa o el pensamiento pagano (Puebla 469).
Los oratorios
Con el nombre de oratorio se designa un lugar destinado al culto divino, en beneficio de una comunidad o grupo de fieles que acuden allí, al cual pueden tener acceso, también, otros fieles con el consentimiento del superior competente.

Disposición y ornato de las iglesias para la celebración de la Eucaristía
La ornamentación de las iglesias ha de tener una noble sencillez más que una pomposa ostentación. En la elección de los materiales ornamentales debe procurarse la autenticidad y la nobleza de los mismos para que reflejando la verdad y la belleza contribuyan a la formación de los fieles y a la dignidad de todo el lugar sagrado. Lo que no sea auténtico es falso y, por lo mismo, no puede ser bello ni digno del lugar sagrado.

El altar de la palabra o ambón
La reforma litúrgica adoptada por la Iglesia en su Constitución Sacrosanctum Concilium n. 51, establece que la mesa de la Palabra de Dios se prepare con más abundancia para los fieles y que en el altar de la Palabra se abran con mayor plenitud los tesoros de la Biblia de manera queen los tres ciclos litúrgicos: A, B y C, se lean las partes más significativas de la Biblia. Desde el ambón o altar de la palabra se proclaman las lecturas, el salmo responsorial y el pregón pascual; pueden también hacerse desde él la homilía y la oración universal u oración de los fieles.
El altar de la Eucaristía
En el A.T. el altar es el signo de la presencia divina. Moisés supone tal presencia cuando lanza la mitad de la sangre de las víctimas sobre el altar y la otra mitad sobre el pueblo que así entra en comunión con Dios (Cf Ex 24,6). En el libro del Génesis (28,18) vemos instituida la construcción de altares de piedra para los holocaustos. En el Nuevo Testamento Cristo no sólo da el verdadero sentido al culto antiguo, sino que pone fin al mismo. En el nuevo templo que es su cuerpo (Jn 2,21) no hay ya más altar que El mismo (Hbr 13,10). Cristo es el único altar como también es la única víctima y el único templo.
El altar es fundamentalmente una mesa para celebrar la Eucaristía instituida por Cristo como una cena. Pero para la liturgia el altar es imagen de Cristo y, por lo mismo, objeto de especial veneración especialmente durante las celebraciones litúrgicas. El altar, cuando está consagrado, tiene grabadas cinco cruces, en representación de las cinco llagas de Cristo. El Apocalipsis (6, 9-11) sugiere la relación que hay entre el altar y los cuerpos de los mártires. Por esto, los altares consagrados son sepulcro de reliquias de mártires.
El altar debe estar cubierto con manteles, no sólo porque en toda mesa se colocan cuando se reúnen las personas para cenar, sino porque los manteles representan a los fieles, vestidura de Cristo glorificado. Es aconsejable un paño cubre-altar, del color litúrgico del ornamento, durante las celebraciones más solemnes adornado con motivos alusivos al hecho litúrgico que se celebra.
Catequéticamente es necesario destacar el significado del altar y pastoralmente se le debe tributar gran respeto haciendo una venia cuando se pasa frente a él y evitando que, durante la celebración de la Eucaristía, se coloque encima cualquier objeto diferente del corporal, la patena, el cáliz y los copones que han de contener la Eucaristía para la comunión de los fieles. Aunque no está prohibido, es preferible que la cruz, los candeleros, expresión de veneración, lo mismo que los floreros signo de celebración festiva, estén fuera del altar.

El sagrario
Es muy recomendable que el lugar destinado para la reserva de la Sagrada Eucaristía sea una capilla adecuada para la oración y adoración privada de los fieles. En cada iglesia no habrá más que un sagrario inamovible y sólido, no trasparente, cerrado de tal manera que se evite el peligro de profanación.
Los santos óleos
El aceite tiene un sentido catequético muy elocuente ya que en la vida humana es empleado para suavizar, para dar agilidad, para alimentar, como combustible para dar luz y calor. Ser ungido con aceite es estar consagrado para una misión: Cristo es el crismado de Dios para ser Mesías, es decir salvador de los hombres.
Los Santos Óleos que se consagran cada año en la Misa Crismal celebrada por el Obispo y todos los sacerdotes de la Diócesis, en ocasión del Jueves Santo en la Catedral, remplazan a los del año anterior y deben guardarse en lugar digno y seguro (Canon 849).
Acerca de la ceremonia de recepción de los santos Oleos en la Parroquia antes del Sábado Santo Cf. Módulo 6.4. Pag. 44.

La cruz
Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi (Jn 12,32). Jesucristo, el sacerdote de la Alianza Nueva y Eterna, no penetró en un santuario hecho por manos de hombre, sino en el mismo cielo a fin de presentarse ante Dios para interceder por nosotros (Cf. Hebr. 9,24. Como sumo sacerdote de los bienes futuros, Cristo es, desde la cruz, el centro y el oficiante principal de la liturgia (Cf. Hbr 9, 11).
Desde los primeros años de la Iglesia, la cruz, imagen de Cristo muerto y resucitado, preside la celebración de la Eucaristía. Por ello, cerca del altar o en lugar visible debe estar siempre la santa cruz como elemento litúrgico.

La campanas
La Liturgia ha empleado siempre la campana como signo para convocar a los fieles a los oficios litúrgicos. La campana es considerada como la voz de Dios y su uso llegó a ser tan importante, que no puede concebirse una catedral o una iglesia parroquial sin las campanas y sin torre para las campanas. Pero no solamente la campana es la voz de Dios para convocar a la asamblea, también ha sido considerada por la liturgia como una especie de sacramental cuyo tañido aleja las tempestades, expulsa los demonios e invita a los ausentes a unirse a la oración. Tal es el origen del toque del Ave María o Ángelus el medio día. El sonido de la campana es también una invitación a prestar la máxima atención en el momento de la consagración del pan y del vino en la Eucaristía, en el momento del sanctus, al canto solemne del Gloria en la Vigilia Pascual. Los carillones o juegos de muchas campanas, cada una con el sonido de las notas de la escala musical, llegaron a un desarrollo técnico tan perfecto que desde las torres de algunas iglesias se daban y se siguen dando verdaderos conciertos musicales.
Las imágenes
Las imágenes del Señor, de la Santísima Virgen María y de los santos se exponen legítimamente a la veneración de los fieles en los lugares sagrados. Pero hay que tener cuidado de que no se presenten en número excesivo y que en su disposición haya un justo orden para que no distraigan la atención de los fieles durante la celebración de la Eucaristía. No debe haber más que una sola imagen del mismo santo, ni deben multiplicarse las imágenes de las diferentes advocaciones de la Santísima Virgen. De la calidad arística de la imagen y de la nobleza de sus materiales se deduce la calidad cultural y artística del párroco y de sus feligreses.

Los ornamentos y vasos sagrados
Aparte del significado y utilidad de los diferentes ornamentos y vasos sagrados, la Nueva Evangelización, a través de la liturgia, exige que estos elementos del culto sean elaborados con materiales nobles y conservados con el mayor esmero. De la manera como se tengan y se traten los elemenentos destinados a la celebración de los sagrados misterios, el pueblo cristiano deduce la fe de sus pastores. Por ello, sea el orden, el aseo y la delicada custodia de estos elementos una preocupación constante del párroco y de los colaboradores parroquiales.

El canto y la música
La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado es una parte necesaria e integral de la liturgia solemne. En diferentes lugares de la Sagrada Escritura (Cf. Salmo 150) encontramos que el canto de salmos, acompañados de instrumentos musicales, era de uso común en las celebraciones litúrgicas de el Antiguo Testamento. La Iglesia continúa desarrollando esta tradición guiada por la exhortación de san Pablo: Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor. (Ef 5,19).
El canto y la música cumplen su función de signos de una manera tanto más significativa cuanto más estrechamente estén vinculados a la acción litúrgica, según tres criterios principales:
- La belleza expresiva de la oración y de la melodía,
- La participación unánime de la asamblea en los momentos previstos, y
- El carácter solemne de la celebración.
La gran ley que debe regir la música y el canto en la liturgia es su subordinación a las finalidades del culto. De ahí la urgencia de evitar que se dé más importancia a la música que a la asamblea, a la Palabra de Dios o al Sacramento, haciendo que los fieles se conviertan en espectadores mudos de un evento musical.
La armonía de los signos (canto, música, palabras y acciones) es tanto más expresiva y fecunda cuanto más se exprese en la riqueza cultural propia del pueblo que celebra. Por ello, el catequista ESPAC, sabiendo que, en su dimensión evangelizadora y catequética, el canto da a la palabra mayor fuerza e inteligibilidad para el crecimiento en la fe, debe fomentar el canto religioso con melodías populares.
De este modo los ejercicios piadosos y las mismas acciones litúrgicas, lograrán mayor eficacia en la formación de la comunidad de fe. Para ello debe procurar que los textos destinados al canto estén de acuerdo con la doctrina católica y se inspiren en la Sagrada Escritura y en las fuentes litúrgicas.
La luz
La luz tiene gran variedad de simbolismos:
- Es el sol cuya salida y puesta nos recuerdan, en la Biblia, a Cristo, el sol de justicia. Con esta imagen, como ya lo sabes, la Iglesia pudo luchar contra el culto que los paganos rendían al sol en la fiesta llamada por los romanos, del sol invictus de la cual surgió la Navidad.
- Lámparas, candelabros y cirios. Ya en el Antiguo Testamento, en el templo de Jerusalén ardía la llama del aceite nuevo y el candelabro de oro de los siete brazos para significar la presencia de Yaveh (Cf. Ex 27, 20; Lev 24 2-4; Ex 25, 31-40). Juan en el Apocalipsis ve arder siete lámparas delante del que está sentado en el trono (Ap 4,5) y siete candelabros de oro en torno del Hijo del hombre (Ap 1, 12-13).
La presencia de muchas lámparas en una de las primeras celebraciones de la Eucaristía (leer Hch 20,8), nos permite pensar en la costumbre judía de prender lámparas durante los oficios cultuales en la sinagoga.
- Pero el signo de la luz llega a tener especial sentido litúrgico en la primitiva Iglesia de Jerusalén durante la celebración del bautismo en la noche pascual. De entonces procede La luz de Cristo o cirio pascual tan significativo en nuestra liturgia actual.
- Las luces y las antorchas contituyen una escolta de honor inspirada en ceremonias de los romanos. Los candelabros o ciriales que llevan los acólitos son una forma reducida de esta costumbre romana.